A las ocho de la tarde, Frida y yo decidimos arreglarnos. Ellos
también. Nos vestimos por separado para sorprendernos y eso me gusta. Quiero
sorprender a Pedro. Frida se ofrece a maquillarme, algo que yo no hago muy a
menudo, así que la dejo. Ella es mi esteticista. Me aplica una base oscura en
los parpados y mil potingues más en el rostro. Y cuando me miro en el espejo mi
cara de sorpresa es increíble. ¿Esa mujer con esos ojazos soy yo?
Frida se ríe y me anima a que nos continuemos vistiendo. Ella se ha comprado
un vestido rojo, escotado y lleno de flecos, y yo uno plateado de lentejuelas y
suelto hasta la cadera. Ambos llegan por la rodilla y son sexys y sugerentes. A
los vestidos los acompañan unos increíbles zapatos de taco, collares
larguísimos, plumas en el pelo y, finalmente, unos guantes que sobrepasan el
codo. En cuanto acabamos, nos miramos en el espejo y Frida dice divertida:
-
¡Oh… parecemos unas verdaderas flappers!
-
¿Flappers?
¿Qué es eso?
-
Paula, en los años veinte la imagen de la mujer
cambió radicalmente y se volvió más loca… más atrevida. Las flappers, o las chicas del charlestón,
eran las mujeres que se vestían de manera diferente, jovial y alocada. Justo
como nosotras, vamos. Listas para volver locos a los hombres.
Eso me hace reír. Frida es graciosa y tiene un sentido del humor
maravilloso. Una vez nos vestimos, agarramos las dos boquillas de medio metro
que hemos comprado y salimos al salón donde ellos nos esperan.
Antes de entrar, veo a Pedro y me deja sin habla. Lleva un traje
blanco, una camisa negra y un gorro de la época, a lo Al Capone. Esta sexy y
guapísimo. Andrés va igual, pero su traje es gris y su camisa roja. Cuando
siento los ojos de Pedro sobre los míos sonrío. Veo que le gusta mi disfraz y,
acercándose a mí, me agarra de la mano y me hace dar una vuelta ante él.
-
Estás despampanante.
-
¿Te gusto?
-
Me encantas, tanto que creo que no te voy a
dejar salir de casa.
Eso me hace reír. Me alejo de él mientras muevo las caderas para que
el vestido se mueva.
-
¡Soy una flapper!
– Por su cara puedo ver que no sabe de lo que hablo y aclaro –: Una chica loca
del charlestón.
Pedro sonríe, viene hacia mí, me toma por la cintura y mientras
seguimos a Frida y Andrés hacia su auto, me murmura en el oído:
-
Muy bien, flapper…
vayamos a pasarlo bien.
A las nueve y media entramos en una preciosa mansión decorada al más
puro estilo años veinte. Encantada, miro a mi alrededor y me sorprendo al ver
al fondo de un enorme salón a un grupo tocando. Los músicos van de blanco, como
en las famosas películas de gánsteres que veía cuando era pequeña.
Pedro me presenta a los anfitriones y éstos, encantados, alaban mi
disfraz. Yo sonrío, feliz. Andrés y Frida los saludan también. Tras pasar al
salón veo que la gente habla animada y que todos conocen a Pedro y lo saludan.
Mientras me presenta a los asistentes, estoy asombrada. Saber que es una fiesta
donde todos buscan sexo me sorprende. Allí hay gente de todas las edades.
Jóvenes y maduros.
Acabadas las presentaciones, escucho la música durante un rato junto a
Pedro. Frida, una experta en esos años, es la que me indica si suena un boogie-woogie, un charlestón o un foxtrot.
Yo en todo eso estoy pez. Soy más del rock and roll. Y, cuando llevamos varias
copas, me entero de que Frida es quien ha ayudado a Maggie, la dueña de la
casa, a organizar la fiesta. Según pasa la noche soy consciente de cómo los
hombres se acercan a nosotros y me devoran con la mirada. Sé lo que piensan,
pero estoy tranquila. Nadie, absolutamente nadie, dice nada que me pueda
incomodar. Todos son muy educados.
Tras varias bebidas, voy al baño junto a Frida. Nuestras vejigas van a
explotar. Al llegar hay dos aseos libres y rápidamente entramos en ellos.
Mientras estoy allí, la puerta del lavabo se abre y entran otras mujeres. Oigo
el cotorreo de muchas de aquellas mujeres que no conozco pero, al escuchar el
nombre de Pedro, presto atención.
-
Qué alegría volver a ver a Pedro, ¿verdad?
-
Oh sí… estoy encantada de que esté de nuevo
aquí. Está guapísimo.
-
¿Cuánto tiempo hace que no venía a una de
nuestras fiestas?
-
Dos años.
-
Realmente se le ve muy bien. Tan atractivo y
sexy como siempre.
-
Sí… parece estar recuperado tras lo ocurrido.
Pobrecillo.
¿Recuperado? ¿Qué le ha pasado a Pedro?
Convencida de que quiero saber más, pongo la oreja pero, entonces,
oigo la voz de Frida:
-
Chicas, ¡están guapísimas! ¿Dónde compraron esos
trajes?
En seguida cambian de conversación y se centran en hablar de las
compras. Salgo del baño y me uno a ellas. Frida me presenta a las mujeres y
todas son encantadoras conmigo. Cuando salgo del baño, una de ellas, Marisa de
la Rosa, camina a mi lado y me pregunta:
-
Has venido con Pedro, ¿verdad?
-
Sí.
-
¿De dónde sos?
-
De Madrid.
-
¡Oh, me encanta la capital! Mi marido y yo somos
de Huelva, aunque viajamos mucho a Madrid. Tenemos un departamento allí, en
plena calle Princesa.
Saber eso me sorprende.
-
Pues yo vivo en Serrano Jover.
-
En esa calle hay un gimnasio, ¿verdad?
-
¿El Holiday Gim? – La mujer hace un gesto
afirmativo –. A ese gimnasio voy yo.
Marisa sonríe y murmura:
-
El mundo es un pañuelo, chica. Mi departamento
está cerca y a ese gimnasio es al que vamos Mario y yo cuando estamos en
Madrid.
Ambas sonreímos por la coincidencia.
-
Pues entonces seguro que nos vemos por allí.
-
Segurísimo.
Charlamos sobre mil cosas más, mientras observo a Pedro hablar con una
mujer y un hombre al fondo de la sala. Parece divertido. Su gesto está relajado
y veo que sonríe. Marisa es simpática, salta de un tema a otro, y pronto me
presenta a varias mujeres más. Cuando de nuevo nos quedamos solas agarra dos copas
de champán de una mesa y se me acerca.
-
¿Te gustaría pasar un agradable rato conmigo en
la sala de al lado?
Me pongo colorada, azul y verde. La mujer, al verlo, sonríe.
-
Si lo piensas mejor, avísame, ¿de acuerdo?
Cuando se aleja, me guiña el ojo y yo camino hacia Pedro. Él, al verme
llegar, me da un beso en los labios y continúa hablando con la pareja que lo
acompaña.
Hay un buffet libre y los comensales comenzamos a degustar los ricos
manjares. Siento las miradas de los hombres sobre mí y también las de muchas de
las mujeres, aunque, cuando veo cómo muchas de ellas miran a Pedro, me molesta.
Mi instinto de posesión se alerta y, al final, Pedro, consciente de lo que me
pasa, me tranquiliza y me recuerda dónde estamos. Pero las mujeres que se
acercan a nosotros se lo comen con la mirada y la gata que hay en mí vuelve a
resurgir.
Pedro me mira divertido y, tras disculparnos, me agarra del brazo y me
aleja hacia una ventana. Una vez solos me besa en la boca.
-
Tus ronchones en el cuello te delatan. ¿Qué ocurre?
-
Nada.
Inconscientemente me voy a rascar pero Pedro me sujeta la mano y me
sopla el cuello.
-
No, morochita… no. Si te rascas lo empeorarás.
Eso me hace sonreír. Recuerdo lo que acabo de escuchar en el baño y
decido preguntarle, pero se me adelanta.
-
Escucha, cielo. Esta gente y yo nos conocemos
des hace años. Tranquilízate.
Miro hacia las mueres y siento que nos observan. A Pedro le suena el
celular y al mirarlo leo: “Betta”.
Ya son varias veces las que he leído ese nombre en el celular, así que
pregunto:
-
¿Quién es Betta?
Pedro se guarda el celular y me mira.
-
Alguien de mi pasado. Nada importante.
Doy un trago a mi copa, deseo seguir preguntando sobre esa mujer pero,
al final, cambio de tema.
-
Cuando estaba en el baño oí a algunas hablar
sobre vos.
-
Ah, sí… Espero que cosas buenas y excitantes –
murmura divertido.
Su gesto de pícaro me hace abrir los ojos.
-
Gilipollas.
Mi contestación lo divierte y, mientras me acaricia la espalda,
susurra:
-
Nena… son mujeres que conozco desde hace tiempo.
-
Decían algo sobre que parecer estar recuperado.
Se tensa. Detiene su jugueteo en mi espalda.
-
Los cotilleos de los baños de mujeres no me
interesan.
-
Ni a mí, listillo – insisto –. Pero al oír eso,
pensé que…
Pedro me corta y me hace un gesto que denota incomodidad.
-
Ya te he dicho que no me interesa hablar sobre
lo que se comente en el baño de mujeres.
Su fría contestación me deja sin palabras. Ha cortado toda
probabilidad de seguir hablando del tema, como siempre que surge algo suyo
personal. Al final, deseosa de que la comunicación vuelva a ser fluida entre
nosotros, me acerco.
-
Me molesta cómo te miran algunas mujeres.
Pedro sonríe. Da un trago a su copa y se vuelve hacia mí.
-
¿Te has fijado cómo te miran a vos los hombres?
– Asiento –. La diferencia entre ellas y ellos es que ellas están deseando que
yo las desnude y ellos están deseando desnudarte a vos. Ellas quieren que yo
les dé placer y ellos quieren dártelo a vos. ¿No crees que yo puedo estar más
molesto?
Sus palabras hacen que me sonroje. Lo miro y entonces se acerca más a
mí.
-
Recuerda, Pau, tu placer es mi placer y, hoy por
hoy, mi único placer sos vos. Sólo deseo desnudarte y…
-
Calla…
Sorprendido, frunce el ceño.
-
¿Qué ocurre?
-
Me excitas con lo que dices, Pedro.
La risotada que suelta hace que yo me relaje. Me besa. Me atrae hacia
él.
-
Es lo que quiero, morochita. Que te excites.
Dicho esto, el grupo comienza a tocar una sugerente canción y Pedro me
agarra por la cintura y me invita a bailar. Mientras bailamos, nos miramos. Sin
necesidad de hablar, sólo con la mirada me dice cuánto me desea. Eso me agita y
noto cómo mi interior comienza a revolotear. Después me toma de la mano y
caminamos por un amplio pasillo de la casa. Una puerta se abre y de ella sale
un hombre que nos saluda al vernos:
-
Hombre, Pedro, ¡qué alegría verte!
Se dan las manos y Pedro dice:
-
Lo mismo digo, amigo. No sabía que estuvieras
por aquí.
El hombre moreno sonríe y, tras pasar su mirada por mi cuerpo,
murmura:
-
Estoy de vacaciones en Cádiz, además, ya sabes
que no me pierdo ninguna fiesta de Maggie y Alfred… ¡Son apoteósicas!
Ambos sonríen y entonces Pedro se vuelve hacia mí.
-
Paula, te presento a Björn, un buen amigo.
Björn, ella es Paula, mi chica.
¡Vaya! Ha dicho que soy su chica.
Sonrío y le doy dos besos al recién llegado, pero, al separarme de él,
éste dice:
-
Encantado, Paula. Mmmm… tienes una piel muy
suave.
Bajo la cabeza, como una tonta, y entonces oigo a Pedro decir:
-
Toda ella es suave y exquisita.
Me contraigo mientras siento que los dos hombres se miran. ¿Me está
ofreciendo? Instantes después, Björn abre la puerta que acaba de cerrar.
-
¿Entramos?
Pedro me agarra y asiente.
Entramos en la espaciosa habitación, sólo iluminada con una luz roja.
Björn cierra la puerta y veo que no estamos solos. Hay tres parejas liadas
sobre una de las tantas camas que se encuentran en aquella habitación y me
pongo nerviosa. Sé a qué hemos ido allá y me inquieta. Björn se acerca a una
pequeña barra y comienza a servir tres copas de champán. Pedro me mira y
susurra, poniéndome la piel de gallina:
-
¿Qué te parece Björn para jugar? Sé que lo
preferís a una mujer.
Lo miro. El mencionado es morocho y atractivo. Alguien en quien sin
duda me hubiera fijado si lo hubiera conocido en otro momento. Pedro espera una
contestación.
-
Bien.
-
¿Te parece bien que te ofrezca a él?
Mi estómago se contrae pero, excitada, contesto afirmativamente.
-
Sí.
-
Perfecto. – Pedro sonríe y veo cómo le brillan
los ojos.
Dos segundos después, Björn se acerca y nos entrega unas copas.
Charlan en alemán e intentan integrarme en la conversación. Se nota
que se conocen y la complicidad que hay entre ellos. Pero yo estoy muy nerviosa
y más aún cuando Björn se acerca para besarme en los labios. Pedro se lo
impide.
-
Su boca y sus besos son sólo míos.
El corazón se me encoge al escucharlo y notar la posesión en su voz.
Björn asiente. No le ha molestado lo que Pedro ha dicho.
-
¿Qué tal si nos sentamos? Estaremos más cómodos.
Pedro me agarra de un brazo y me sienta en un sillón. Doy un trago a
mi bebida y se colocan uno a cada lado. Estoy nerviosa. Me siento como un
bombón bajo la atenta mirada de os depredadores. Oigo jadeos. Cerca de
nosotros, otras personas juegan. Sus gemidos retumban en la habitación y no
puedo apartar mi vista de ellos. Lo que hacen me inquieta, me activa y más
cuando Pedro acerca su boca a mi oído y me chupa el lóbulo.
-
¿Excitada?
Le digo que sí y Björn pone una de sus manos en mi rodilla. Comienza a
subirla por la pierna.
-
Pedro tiene razón, sos muy suave.
Pedro mueve la cabeza. En ese momento la puerta se abre. Entran dos
mujeres y un hombre y, tras mirarnos, se ponen al otro lado del salón. Sin
preámbulos, una de las mujeres se sienta en uno de los sofás del fondo, se sube
el vestido y la otra mujer, ante la mirada del hombre, pone su boca en su sexo.
-
Vaya… la fiesta se calienta – sonríe Björn.
Pedro me mira y me pide con voz neutra.
-
Pau… quítate la bombacha.
Al escuchar aquello estoy tan excitada por todo lo que ocurre a mi
alrededor que no lo dudo. Me levanto y, en dos movimientos, hago lo que me
dice. Luego vuelvo a sentarme entre ellos. Pedro me quita la bombacha de la
mano y se la guarda en el bolsillo de su saco.
-
Abre las piernas, nena – ordena.
Lo hago. Björn comienza a tocarme. Posa su mano de nuevo en mi
rodilla, pero esta vez su recorrido es lento y progresivo. Se adentra en la
cara interna de mis muslos y, cuando sus dedos rozan mi vagina, murmura:
-
Me encanta tu humedad. Eso me indica que lo
vamos a pasar muy bien, preciosa.
Dicho esto, siento que mete un dedo en mí y después dos. Me recuesto
más sobre el sofá y suelto un gemido. Pedro acerca su boca a la mía y me besa
mientras es otro quien saquea con sus manos mi cuerpo.
-
Así, cariño… Quiero que disfrutes para mí.
Björn continúa con su invasivo juego y pronto noto que toda mi vagina
chorrea. Sentir su saqueo y los besos de Pedro me está volviendo loca.
-
¿Te gusta, pequeña?
-
Sí.
-
¿Quieres más?
-
Sí.
Björn nos escucha y pregunta:
-
¿Qué más quieres, preciosa?
-
Pau… – añade Pedro –. Decile a Björn lo que
quieres.
Estoy colorada como un tomate y ardo. Menos mal que la luz roja no lo
deja ver. Mi boca está sea y Pedro se da cuenta de que no puedo hablar.
-
Si no lo dices, cariño… no haremos nada.
-
Quiero… quiero que me hagan lo que quieran.
-
Mmmm… ¿dispuesta a todo? – murmura Björn –. ¿Qué tal una doble
penetración?
-
No. De momento sólo tomaremos su vagina – aclara
Pedro, y Björn acepta.
Excitada y abierta de piernas para ellos, jadeo cuando Pedro se
incorpora.
-
Levanta y date la vuelta, Pau.
Lo hago e instantes después noto que me desabrocha la cremallera de mi
vestido de lentejuelas y éste cae a mis pies. Estoy totalmente desnuda ante
Björn y mi pecho sube y baja con inquietud. Pedro me besa el cuello.
-
Ofrécele tus pechos.
Instintivamente me acerco a él y Björn los toca y los chupa. Primero
uno y después el otro. Pedro, que está detrás de mí, me empuja con delicadeza y
caigo literalmente sobre la cara de Björn que me los agarra, los junta y se
mete los dos pezones en la boca, mientras Pedro me masajea las nalgas y me da
un chirlito. Luego pasa su mano por mi mojada hendidura y mete un dedo en mi
interior.
El calor toma mi cuerpo y comienzo a arder. Esos dos me tocan a su
antojo y me gusta. Cuando creo que voy a explotar, siento que Pedro deja de
tocarme y se pone detrás del sillón.
-
Pau… súbete al sillón.
Obediente, hago lo que me pide.
-
Ahora quiero que le ofrezcas lo más íntimo de
vos a Björn y dejes que te saboree.
Dicho y hecho. Björn recuesta su cabeza sobre el sofá y yo, con una
pierna a cada lado de sus hombros, me agacho para que él me coja con posesión
de los muslos y me atraiga hacia
él. Mi vagina
queda totalmente sobre
su boca y
él comienza a jugar con ella y con mi clítoris. Su boca
se desliza de un lado a otro mientras noto cómo me mueve sobre ella y yo gimo de
puro placer.
Pedro, que está frente a mí, me observa. En su mirada veo el brillo de
la lujuria y eso me altera más. Disfruta con lo que ve y su respiración se
vuelve inconstante.
Finalmente, se acerca
al sofá, me agarra de
la cabeza y
me besa mientras
Björn prosigue su saqueo
particular a mi
vagina. Mete un dedo en
ella y, mientras
su lengua juega con mi clítoris, éste entra y sale rápidamente de mí. El
calor crece y crece en mi
interior, mientras me
siento un juguete
delicioso entre las
manos de aquellos hombres. Pero
me gusta lo que me hacen. Me gusta ser su juguete y más cuando pedro murmura en
mi boca:
-
Sos mi placer… dame más pequeña.
Suelto un chillido devastador y me corro sobre la boca de Björn.
Mi vagina palpita. Succiona el dedo que Björn tiene en mi interior, y
oigo que él me dice:
-
Así, preciosa. Chilla y córrete para nosotros.
En ese momento,
se acerca una
mujer y nos
mira. La reconozco.
¡Marisa de la
Rosa! Durante unos minutos se limita a mirarnos mientras yo sigo
moviendo mi sexo sobre la boca de Björn y éste, con un dedo en su interior, me
hace jadear una y otra vez. La
mujer, avivada por
lo que hago,
se tumba en
un diván cercano
y comienza su propio juego.
Instantes después, pedro
le indica a
Björn que pare
y agarra mi
vestido. Me hace bajar
del sillón y
los tres caminamos
hacia una puerta
que hay en
el fondo del salón. Siento el martilleo de mi corazón
mientras camino desnuda entre los dos y mi vagina palpita por lo sucedido. En
mi camino observo a otras personas gritar de placer por sus juegos. En cuanto
traspasamos la puerta, Pedro se detiene.
Estoy congestionada. Creo que
voy a explotar. Pedro abre una puerta y entramos en una pequeña habitación
donde hay una cama y un sillón. Cada vez estoy más excitada. Pedro deja mi
vestido en la cama y se sienta en el sillón. Me llama, me da la vuelta y me
sienta sobre él. Me abre las piernas, me las flexiona y me ofrece. Björn, sin
hablar, se arrodilla, se mete entre mis piernas y vuelve al ataque, mientras
Pedro musita en mi oído:
-
Así, Pau… En la intimidad quiero que estés a mi
disposición siempre. Soy tu dueño y vos, mi dueña. Sólo yo te puedo ofrecer.
Sólo yo puedo abrir tus piernas a los demás. Sólo yo…
-
Sí… sólo tú. Juega conmigo —murmuro.
Me doy cuenta de que mi voz y mis palabras lo avivan, al mismo tiempo
que a mí me estimulan.
Lo que estoy
diciendo es una
auténtica locura, pero
es lo que deseo.
Quiero que él
me ofrezca. Quiero
sucumbir a lo
que me pida.
Lo quiero todo.
-
Me vuelves loco, cariño, y escuchar tus gemidos
y cómo te dejas llevar por mí es lo mejor que puedo imaginar. Estamos aquí.
Estás desnuda entre mis brazos y otro
hombre juega contigo.
¡Oh… Dios… ¡Me
gusta sentirte mía
en todos los sentidos. Quiero que disfrutes. Quiero
que explores y explorarte. Quiero follarte y que te follen. Quiero tanto de vos,
cariño, que me das miedo.
Eso me hace
jadear y retorcerme.
Tengo calor. Mucho
calor. La situación
me puede. Estoy sobre Pedro. Él me abre las piernas. Me ofrece a otro
hombre. Siento la dureza de su sexo contra mi trasero mientras que un hombre
del que sólo sé que se llama Björn barre mi sexo con su lengua de atrás hacia
adelante.
El orgasmo está a punto de llegarme.
-
¿Deseas más? —me dice Pedro.
-
Sí… oh sí…
Pedro, al escucharme, se mueve y se levanta. Yo me levanto también y
Björn hace lo mismo. Pedro me ctoma de la mano y me sienta sobre la cama. Lo
oigo hablar algo con Björn y entonces dice:
-
Voy a cumplir tu fantasía, cariño.
Esos dos adonis
de inquietantes y
jóvenes cuerpos quedan
completamente desnudos delante de mí y miro sus potentes erecciones.
Pedro se queda a un lado y Björn se acerca a mí.
-
Túmbate en la cama y ábrete de piernas,
preciosa.
Miro a Pedro, él asiente y lo hago. Desnuda y con los pezones duros me
tumbo en el centro de la cama y observo que en el techo hay espejos.
Como un dios nórdico, Pedro se sube a la cama y acerca su boca a la
mía.
-
Pídeme lo que quieras.
Estoy confundida y
sobreexcitada. Él me
besa y yo me
estremezco cuando sus manos vuelan por mis pezones. Björn nos
observa y eso me estimula más. Entonces recuerdo algo que a Pedro le gusta.
-
Quiero que Björn me folle mientras vos me
ofreces, me besas y miras. Sé que te gustará hacerlo. Y, cuando él se corra,
quiero que me folles vos como sabes que me gusta.
A medida que lo voy diciendo, veo que a Pedro se le ilumina la cara.
Los ojos le chispean. He entrado totalmente en su juego y él lo sabe. Me da un
último y lascivo beso antes de levantarse de la cama. Después mira a Björn y
dice:
-
Fóllatela.
-
Será un placer, amigo —murmura Björn, mientras
sonríe.
En su rostro
se ve el deseo
y su pene
hinchado refleja las ganas que
tiene por hacerlo.
Se sube a la cama y se pone a horcajadas sobre mí. Siento su pene
erecto descansar sobre mi barriga y, cuando se agacha, me estira los brazos y
se mete uno de mis pechos
en la boca,
jadeo mientras miro
a Pedro. Durante
varios minutos, siento cómo
Björn chupa y
succiona mis pezones
y manosea mi
trasero bajo la atenta
mirada de mi
dueño. Me estruja
las cachas del
culo con sus
manos y me gusta. Después, baja hacia mis piernas y,
sin miramientos, me las agarra y se las pone sobre los hombros hasta dejar mi
sexo frente a él.
Con los ojos muy abiertos, miro los cristales que hay en el techo y me
estimulo más. Estoy desnuda en una habitación con dos hombres y abierta de
piernas para un desconocido que me va a follar. Y lo mejor, Pedro está a mi
lado, observando. Me anima a disfrutar
de la experiencia
y yo la
quiero disfrutar. Durante
varios segundos, Björn no
hace nada hasta
que lo oigo decir,
mientras siento que introduce sus dedos en mí:
-
Estás empapada y tu coño me está volviendo loco.
De pronto vuelvo a sentir su boca invadiéndome y Pedro vuelve a
colocarse a mi lado.
-
Así, pequeña… —me dice Pedro—. Es lo que
querías, ¿verdad?
-
Sí.
-
Vamos, cariño, ábrete bien para que pueda
disfrutar de vos y córrete para que te saboree bien. Después, yo te follaré
como llevo horas deseando hacerlo.
Aquel lenguaje tan
soez me habría
provocado rechazo en
otras ocasiones. Incluso me
habría molestado, pero de pronto y en una situación como aquélla me gusta. Me
estimula. Me altera.
Björn me agarra
las nalgas para
meterme totalmente en
su boca. Le
gusta, me saborea, disfruta y yo
jadeo. Gimo y me retuerzo. Con la lengua barre mi sexo una y otra vez, una y
otra vez y entonces Pedro me agarra las manos sobre mi cabeza y no puedo evitar
mirar su duro y ardiente sexo. Björn, sin darme tregua, llega hasta mi
hinchadísimo clítoris. Está enorme, muy avivado. Siento que lo engancha con sus
dientes y tira de él. Grito. Me retuerzo. Quiero más.
Miro a Pedro
y vuelvo a
observar su pene.
Él sonríe al
intuir mis intenciones
y, cuando un jadeo
sale de mi
boca, se agacha
y lo pone
entre mis labios.
Quiero metérmelo en la boca. Lo chupo, pero lo retira rápidamente.
-
No, pequeña —me dice, agachándose—. Si te dejo
hacer lo que quieres, no voy a poder parar.
Mi vagina se contrae y entonces
Björn me baja las piernas. Veo que se pone un preservativo.
-
Te voy a follar, preciosa. Te voy a follar
delante de tu hombre y él te va a abrir para mí, mientras te sujeta para que no
te muevas.
Grito. Me sofoco.
Los ojos de Pedro brillan. Le gusta ver aquello. Le gusta tenerme así.
Y entonces Pedro se agacha y me abre los pliegues de la vagina con sus manos.
Björn me toma de los muslos, pone su pene en la entrada y poco a poco tira de
mis muslos y me atrae hacia él. Mi húmeda
vagina lo atrapa y se contrae mientras siento cómo Pedro me encaja en
Björn. Sus manos cierran mi vagina y su pene queda metido totalmente en mí.
¡Dios… esa sensación es deliciosa!
Pedro aparta sus manos de mi vagina, coge mis manos y me las sujeta
por encima de la cabeza.
En ese momento,
Björn mueve las
caderas en busca
de más profundidad y lo consigue.
Jadeo… Jadeo y Pedro atrapa mis jadeos con su boca. Se los come. Los
disfruta y sé que lo vuelven loco.
Björn continúa su
baile particular dentro
y fuera de
mí. Una… y
otra… y otra vez… Me folla como
le ha pedido Pedro y yo lo gozo. Abro las piernas para él y dejo que me penetre
una y otra vez hasta que mis jadeos se vuelven más seguidos, más sonoros.
Exploto y me retuerzo entre las manos de ellos.
Björn me suelta. Pedro también me suelta y, cuando Björn saca su pene
de mí, veo que cambian sus posiciones en la cama. Ahora, Pedro está entre mis
piernas y Björn sobre mi cabeza.
Mientras normalizo mi
respiración veo que
Pedro se pone un
preservativo; después, agarra
una especie de
jarra de agua
y la deja
caer sobre mi sexo. El agua fresquita me hace gritar de
nuevo.
-
¡Dios… te follaría otra vez! —dice Björn,
mientras se quita el preservativo.
Pedro sonríe, mira a su amigo y, mientras me seca con una toallita,
murmura:
-
Lo harás…
Cierro los ojos. Aún no puedo creer lo que estoy haciendo. Cuando los
abro veo la cara de Pedro frente a la mía que me pide:
-
Bésame.
Abro la boca y lo beso mientras siento que desliza su erección desde
mi clítoris hasta mi ano. Juega conmigo.
Me estimula y grito de frustración. Estoy mojada y resbaladiza y eso me excita
y lo excita a él también. Mete su dedo en mi interior y, como estoy tan
abierta, me mete tres de golpe.
-
Nena… estás muy abierta y receptiva. Te gusta,
¿verdad?
-
Sí… Sí…
Me muevo sobre
su mano. Imploro
lo que quiero,
mientras Pedro continúa
su juego sobre mí y Björn nos observa.
De pronto, siento
que uno de
sus resbaladizos dedos
se para en
mi ano. Con movimientos circulares
lo estimula y,
cuando me quiero
dar cuenta, el
dedo se mueve en mi interior. Durante unos segundos, lo mueve
mientras yo me arqueo para que no pare y entonces soy consciente de que el pene
de Björn vuelve a estar erecto y cae sobre mi cara.
La vista se me nubla cuando Pedro saca su dedo de mi ano y de una
estocada mete su maravilloso pene en mi vagina. Grito. Él se para y me mira. Se
tumba sobre mí, pone una mano sobre mi cabeza y la otra en mi trasero.
-
Dios, nena… me estás volviendo loco. ¿Esto es lo
que quieres?
-
Sí.
Mueve sus caderas
y se hunde
más en mi
interior, mientras siento
que sus testículos están a punto
de entrar también. Jadeo. Su enorme glande sobreexcitado es mucho
más ancho y
largo que el
de Björn. Noto cómo mi
carne se abre
para recibirlo y eso
me hace gemir
y retorcerme entre sus
brazos. Pedro me
besa, entra una… dos…
tres… cuatro y mil veces
en mí con
posesión, mientras me
arranca gustosos gemidos de placer. Björn me agarra los hombros para que
no me mueva.
Y entonces las embestidas de Pedro se vuelven más secas y posesivas,
mientras Björn murmura:
-
Así, preciosa… disfruta…
Mis gritos no
tardan en aparecer
de nuevo. Agarro
a Pedro por la
cola y
lo obligo a golpearse
contra mí una
y otra vez
mientras veo sobre
mi cara el
pene hinchado y duro
de Björn. Estoy
a punto de
pedirle que me
lo meta en
la boca, cuando Pedro lee mi
pensamiento.
-
No. Mírame.
Rápidamente le hago caso y siento que Björn me suelta los hombros y se
baja de la cama. Pedro clava sus impresionantes ojos en mí y me da un azote que
me escuece, mientras me embiste
con fuerza. Su
respiración es brusca,
inconstante pero sus acometidas en
el interior de mi vagina
me hacen convulsionar
a cada nuevo ataque. Vuelve a azotarme. El calor me
sube por el cuerpo y jadeo su nombre…
-
Pedro…
Me abrasa la excitación cuando vuelve a darme otro chirlo y noto que
mete un dedo junto a su pene en mi vagina y vuelvo a jadear. Su dedo empapado
de mis fluidos va directo a mi ano y, al notar que lo mete, grito. Esta vez, la
invasión es más fuerte. Su
demoledor dedo entra
y sale de
mi ano mientras
que su pene
lo hace en mi vagina y esa nueva sensación me deja extenuada.
Con el cuerpo palpitándome, deseo lo que me exige y lo que me hace y
casi rezo para que continúe y no pare nunca. Mis caderas se levantan en busca
de más, hasta que el rostro de Pedro se contrae y yo, tras un demoledor grito,
me dejo llevar.
Cuando todo acaba, Pedro cae sobre mí. Lo abrazo y él mete su cara en
mi cuello. Permanecemos así unos minutos. Agotados. Rendidos. Consumidos. Hasta
que se separa de mí y, sin mirarme, ordena con voz seca:
-
Vístete. Nos vamos.
Extasiada por lo vivido, hago un gesto afirmativo con mi cabeza. Tomo
el vestido, que veo a un lado de la cama, y me lo pongo. Me siento en la cama y
lo observo vestirse. Después, me doy cuenta de que estamos solos en la
habitación.
-
¿Dónde está Björn?
Eric me mira y, con un gesto que me descuadra, pregunta:
-
¿Para qué quieres saberlo?
-
Para nada, Pedro —respondo, sin entender su
pregunta—. Es simple curiosidad.
En ese instante
me percato de
que algo le
pasa y lo agarro
del brazo. Pedro se suelta de mala gana.
-
¿Por qué estás enfadado?
La furia de sus ojos me deja sin habla.
-
¿Por qué querías meterte su polla en la boca?
Sus palabras me sorprenden. No sé que responder.
-
No lo sé, Pedro. El morbo del momento.
Al ver que él no me mira y se sigue abrochando la camisa, exploto:
-
¡Perfecto!
Me traes acá.
Me haces abrirme
de piernas para él y
ahora, ¿me vienes con reproches?
Carajo, Pedro… no lo entiendo.
-
Vos has accedido. No lo olvides.
-
Por supuesto que he accedido. ¡Imbécil! He
entrado en el juego. ¡Tu juego! Me he
dejado lamer, chupar
y follar por
una persona a
la que no
conozco de nada porque sé que a vos es lo que te gusta,
y ahora, cuando ves que he disfrutado y me he dejado llevar por el morbo, me lo
reprochas. ¡Vete a la mierda!
Dispuesta a largarme
de allí, me
encamino hacia la
puerta. Pero antes
de que llegue, él me agarra y me
tumba sobre la cama.
-
Tienes razón, nena… tienes razón.
-
¡Gilipollas!… Eso es lo que sos, un auténtico
gilipollas.
-
Entre otras muchas cosas. Perdóname.
Sus ojos… su
voz… el olor
a sexo y
todo él consigue
que mi enfado,
como siempre, desaparezca en décimas de segundo.
-
Perdóname, cariño. Me he dejado llevar por mi
instinto de posesión y…
-
Pero vamos a ver, Pedro. ¡Soy tuya! ¿Todavía no
te has dado cuenta de que sólo quiero hacer lo que tú quieras? ¿De verdad que
todavía no te has dado cuenta de que el morbo y jugar me gusta, pero sólo con
vos? Vos dijiste que mi placer es tu placer.
Pues aplícate el
cuento porque a
mí me pasa
lo mismo. Lo
que acaba de pasar
aquí, ha sido
¡increíble! ¡Maravilloso! ¡Extenuante!
Me ha gustado
ver el brillo en tus ojos cuando te he pedido lo que quería. Has
disfrutado el momento y yo también. ¿Dónde
está el mal?
Sólo me he dejado llevar
por lo que
vos me has enseñado
a disfrutar, el
morbo. Y ese
morbo, vos y
lo que me
hacías me hicieron querer hacer algo más. Pero si…
Pedro me besa. No me deja terminar.
Devora mi boca y juega con mi lengua mientras yo adoro que lo haga. Durante un rato
permanecemos solos y
abrazados en la
habitación. Sólo nos
abrazamos. Estamos agotados. Y cuando abandonamos la solitaria
habitación y regresamos al salón general, Björn se acerca a nosotros, nos ofrece
unas copas de champán bien frío, me coge de la mano y la besa.
-
Ha sido todo un placer, Pau.
Yo asiento. Björn mira a Pedro.
-
Gracias, amigo, por ofrecerme a tu mujer. Ha
sido una delicia.
Pedro sonríe.
-
Me alegra saberlo.
-
Por cierto
—añade Björn—. Mañana por la noche vamos a jugar a la rueda en la villa
que he alquilado. Marisa y Frida se han ofrecido, ¿se animan?
¿La rueda? ¿Qué es la rueda? Quiero preguntar. Pero Pedro responde
mientras nos alejamos:
-
Gracias por la invitación, pero no. Quizá en
otro momento.
Cuando llegamos a
la pista de
baile y comenzamos
a movernos al
son de la música, mi curiosidad no puede más y
pregunto:
-
¿Qué es la rueda?
-
Un juego para el que vos no estás preparada.
-
Vale… Pero ¿qué es?
Pedro sonríe y me acerca más a él.
-
De
entrada, te desnudarías
junto a las
otras dos mujeres. Suele
haber dos o tres. Los hombres jugaríamos a las cartas
mientras ustedes nos sirven las copas y satisfacen nuestros
caprichos más inmediatos.
Una vez termina
la partida, los hombres hacemos un círculo alrededor de
las mujeres que se han ofrecido y toda la rueda las folla. Eso sí… siempre con
su consentimiento.
Asiento y trago
con dificultad. No.
Definitivamente no estoy
preparada para ello.
Sobre las cuatro de la mañana, sin haber compartido nada más que charla con otros, Pedro y yo
decidimos regresar a casa. Frida y Andrés regresarán más tarde.
Cuando nos sentamos
en la limusina
que los dueños
de la casa
han puesto a nuestra disposición, me abraza y yo lo miro
con picardía.
-
Estoy agotada, ¿por qué será?
-
Por el esfuerzo, morochita… no lo dudes.
Ambos nos reímos y Pedro me besa en el cuello.
-
¿Lo has pasado bien?
-
Sí. Muy bien.
-
¿Tanto como para repetir otro día?
Busco su mirada para responder:
-
Oh, sí… por supuesto que sí. Además, he visto
cosas que quiero probar y…
Pedro sonríe y acerca su boca a la mía.
-
Dios mío, ¡he creado un monstruo!