martes, 29 de julio de 2014

Capítulo 41

A las ocho de la tarde, Frida y yo decidimos arreglarnos. Ellos también. Nos vestimos por separado para sorprendernos y eso me gusta. Quiero sorprender a Pedro. Frida se ofrece a maquillarme, algo que yo no hago muy a menudo, así que la dejo. Ella es mi esteticista. Me aplica una base oscura en los parpados y mil potingues más en el rostro. Y cuando me miro en el espejo mi cara de sorpresa es increíble. ¿Esa mujer con esos ojazos soy yo?

Frida se ríe y me anima a que nos continuemos vistiendo. Ella se ha comprado un vestido rojo, escotado y lleno de flecos, y yo uno plateado de lentejuelas y suelto hasta la cadera. Ambos llegan por la rodilla y son sexys y sugerentes. A los vestidos los acompañan unos increíbles zapatos de taco, collares larguísimos, plumas en el pelo y, finalmente, unos guantes que sobrepasan el codo. En cuanto acabamos, nos miramos en el espejo y Frida dice divertida:

-          ¡Oh… parecemos unas verdaderas flappers!
-          ¿Flappers? ¿Qué es eso?
-          Paula, en los años veinte la imagen de la mujer cambió radicalmente y se volvió más loca… más atrevida. Las flappers, o las chicas del charlestón, eran las mujeres que se vestían de manera diferente, jovial y alocada. Justo como nosotras, vamos. Listas para volver locos a los hombres.

Eso me hace reír. Frida es graciosa y tiene un sentido del humor maravilloso. Una vez nos vestimos, agarramos las dos boquillas de medio metro que hemos comprado y salimos al salón donde ellos nos esperan.

Antes de entrar, veo a Pedro y me deja sin habla. Lleva un traje blanco, una camisa negra y un gorro de la época, a lo Al Capone. Esta sexy y guapísimo. Andrés va igual, pero su traje es gris y su camisa roja. Cuando siento los ojos de Pedro sobre los míos sonrío. Veo que le gusta mi disfraz y, acercándose a mí, me agarra de la mano y me hace dar una vuelta ante él.

-          Estás despampanante.
-          ¿Te gusto?
-          Me encantas, tanto que creo que no te voy a dejar salir de casa.

Eso me hace reír. Me alejo de él mientras muevo las caderas para que el vestido se mueva.

-          ¡Soy una flapper! – Por su cara puedo ver que no sabe de lo que hablo y aclaro –: Una chica loca del charlestón.

Pedro sonríe, viene hacia mí, me toma por la cintura y mientras seguimos a Frida y Andrés hacia su auto, me murmura en el oído:

-          Muy bien, flapper… vayamos a pasarlo bien.

A las nueve y media entramos en una preciosa mansión decorada al más puro estilo años veinte. Encantada, miro a mi alrededor y me sorprendo al ver al fondo de un enorme salón a un grupo tocando. Los músicos van de blanco, como en las famosas películas de gánsteres que veía cuando era pequeña.

Pedro me presenta a los anfitriones y éstos, encantados, alaban mi disfraz. Yo sonrío, feliz. Andrés y Frida los saludan también. Tras pasar al salón veo que la gente habla animada y que todos conocen a Pedro y lo saludan. Mientras me presenta a los asistentes, estoy asombrada. Saber que es una fiesta donde todos buscan sexo me sorprende. Allí hay gente de todas las edades. Jóvenes y maduros.

Acabadas las presentaciones, escucho la música durante un rato junto a Pedro. Frida, una experta en esos años, es la que me indica si suena un boogie-woogie, un charlestón o un foxtrot. Yo en todo eso estoy pez. Soy más del rock and roll. Y, cuando llevamos varias copas, me entero de que Frida es quien ha ayudado a Maggie, la dueña de la casa, a organizar la fiesta. Según pasa la noche soy consciente de cómo los hombres se acercan a nosotros y me devoran con la mirada. Sé lo que piensan, pero estoy tranquila. Nadie, absolutamente nadie, dice nada que me pueda incomodar. Todos son muy educados.

Tras varias bebidas, voy al baño junto a Frida. Nuestras vejigas van a explotar. Al llegar hay dos aseos libres y rápidamente entramos en ellos. Mientras estoy allí, la puerta del lavabo se abre y entran otras mujeres. Oigo el cotorreo de muchas de aquellas mujeres que no conozco pero, al escuchar el nombre de Pedro, presto atención.

-          Qué alegría volver a ver a Pedro, ¿verdad?
-          Oh sí… estoy encantada de que esté de nuevo aquí. Está guapísimo.
-          ¿Cuánto tiempo hace que no venía a una de nuestras fiestas?
-          Dos años.
-          Realmente se le ve muy bien. Tan atractivo y sexy como siempre.
-          Sí… parece estar recuperado tras lo ocurrido. Pobrecillo.

¿Recuperado? ¿Qué le ha pasado a Pedro?

Convencida de que quiero saber más, pongo la oreja pero, entonces, oigo la voz de Frida:

-          Chicas, ¡están guapísimas! ¿Dónde compraron esos trajes?

En seguida cambian de conversación y se centran en hablar de las compras. Salgo del baño y me uno a ellas. Frida me presenta a las mujeres y todas son encantadoras conmigo. Cuando salgo del baño, una de ellas, Marisa de la Rosa, camina a mi lado y me pregunta:

-          Has venido con Pedro, ¿verdad?
-          Sí.
-          ¿De dónde sos?
-          De Madrid.
-          ¡Oh, me encanta la capital! Mi marido y yo somos de Huelva, aunque viajamos mucho a Madrid. Tenemos un departamento allí, en plena calle Princesa.

Saber eso me sorprende.

-          Pues yo vivo en Serrano Jover.
-          En esa calle hay un gimnasio, ¿verdad?
-          ¿El Holiday Gim? – La mujer hace un gesto afirmativo –. A ese gimnasio voy yo.

Marisa sonríe y murmura:

-          El mundo es un pañuelo, chica. Mi departamento está cerca y a ese gimnasio es al que vamos Mario y yo cuando estamos en Madrid.

Ambas sonreímos por la coincidencia.

-          Pues entonces seguro que nos vemos por allí.
-          Segurísimo.

Charlamos sobre mil cosas más, mientras observo a Pedro hablar con una mujer y un hombre al fondo de la sala. Parece divertido. Su gesto está relajado y veo que sonríe. Marisa es simpática, salta de un tema a otro, y pronto me presenta a varias mujeres más. Cuando de nuevo nos quedamos solas agarra dos copas de champán de una mesa y se me acerca.

-          ¿Te gustaría pasar un agradable rato conmigo en la sala de al lado?

Me pongo colorada, azul y verde. La mujer, al verlo, sonríe.

-          Si lo piensas mejor, avísame, ¿de acuerdo?

Cuando se aleja, me guiña el ojo y yo camino hacia Pedro. Él, al verme llegar, me da un beso en los labios y continúa hablando con la pareja que lo acompaña.

Hay un buffet libre y los comensales comenzamos a degustar los ricos manjares. Siento las miradas de los hombres sobre mí y también las de muchas de las mujeres, aunque, cuando veo cómo muchas de ellas miran a Pedro, me molesta. Mi instinto de posesión se alerta y, al final, Pedro, consciente de lo que me pasa, me tranquiliza y me recuerda dónde estamos. Pero las mujeres que se acercan a nosotros se lo comen con la mirada y la gata que hay en mí vuelve a resurgir.

Pedro me mira divertido y, tras disculparnos, me agarra del brazo y me aleja hacia una ventana. Una vez solos me besa en la boca.

-          Tus ronchones en el cuello te delatan. ¿Qué ocurre?
-          Nada.

Inconscientemente me voy a rascar pero Pedro me sujeta la mano y me sopla el cuello.

-          No, morochita… no. Si te rascas lo empeorarás.

Eso me hace sonreír. Recuerdo lo que acabo de escuchar en el baño y decido preguntarle, pero se me adelanta.

-          Escucha, cielo. Esta gente y yo nos conocemos des hace años. Tranquilízate.

Miro hacia las mueres y siento que nos observan. A Pedro le suena el celular y al mirarlo leo: “Betta”.

Ya son varias veces las que he leído ese nombre en el celular, así que pregunto:

-          ¿Quién es Betta?

Pedro se guarda el celular y me mira.

-          Alguien de mi pasado. Nada importante.

Doy un trago a mi copa, deseo seguir preguntando sobre esa mujer pero, al final, cambio de tema.

-          Cuando estaba en el baño oí a algunas hablar sobre vos.
-          Ah, sí… Espero que cosas buenas y excitantes – murmura divertido.

Su gesto de pícaro me hace abrir los ojos.

-          Gilipollas.

Mi contestación lo divierte y, mientras me acaricia la espalda, susurra:

-          Nena… son mujeres que conozco desde hace tiempo.
-          Decían algo sobre que parecer estar recuperado.

Se tensa. Detiene su jugueteo en mi espalda.

-          Los cotilleos de los baños de mujeres no me interesan.
-          Ni a mí, listillo – insisto –. Pero al oír eso, pensé que…

Pedro me corta y me hace un gesto que denota incomodidad.

-          Ya te he dicho que no me interesa hablar sobre lo que se comente en el baño de mujeres.

Su fría contestación me deja sin palabras. Ha cortado toda probabilidad de seguir hablando del tema, como siempre que surge algo suyo personal. Al final, deseosa de que la comunicación vuelva a ser fluida entre nosotros, me acerco.

-          Me molesta cómo te miran algunas mujeres.

Pedro sonríe. Da un trago a su copa y se vuelve hacia mí.

-          ¿Te has fijado cómo te miran a vos los hombres? – Asiento –. La diferencia entre ellas y ellos es que ellas están deseando que yo las desnude y ellos están deseando desnudarte a vos. Ellas quieren que yo les dé placer y ellos quieren dártelo a vos. ¿No crees que yo puedo estar más molesto?

Sus palabras hacen que me sonroje. Lo miro y entonces se acerca más a mí.

-          Recuerda, Pau, tu placer es mi placer y, hoy por hoy, mi único placer sos vos. Sólo deseo desnudarte y…
-          Calla…

Sorprendido, frunce el ceño.

-          ¿Qué ocurre?
-          Me excitas con lo que dices, Pedro.

La risotada que suelta hace que yo me relaje. Me besa. Me atrae hacia él.

-          Es lo que quiero, morochita. Que te excites.

Dicho esto, el grupo comienza a tocar una sugerente canción y Pedro me agarra por la cintura y me invita a bailar. Mientras bailamos, nos miramos. Sin necesidad de hablar, sólo con la mirada me dice cuánto me desea. Eso me agita y noto cómo mi interior comienza a revolotear. Después me toma de la mano y caminamos por un amplio pasillo de la casa. Una puerta se abre y de ella sale un hombre que nos saluda al vernos:

-          Hombre, Pedro, ¡qué alegría verte!

Se dan las manos y Pedro dice:

-          Lo mismo digo, amigo. No sabía que estuvieras por aquí.

El hombre moreno sonríe y, tras pasar su mirada por mi cuerpo, murmura:

-          Estoy de vacaciones en Cádiz, además, ya sabes que no me pierdo ninguna fiesta de Maggie y Alfred… ¡Son apoteósicas!

Ambos sonríen y entonces Pedro se vuelve hacia mí.

-          Paula, te presento a Björn, un buen amigo. Björn, ella es Paula, mi chica.

¡Vaya! Ha dicho que soy su chica.

Sonrío y le doy dos besos al recién llegado, pero, al separarme de él, éste dice:

-          Encantado, Paula. Mmmm… tienes una piel muy suave.

Bajo la cabeza, como una tonta, y entonces oigo a Pedro decir:

-          Toda ella es suave y exquisita.

Me contraigo mientras siento que los dos hombres se miran. ¿Me está ofreciendo? Instantes después, Björn abre la puerta que acaba de cerrar.

-          ¿Entramos?

Pedro me agarra y asiente.

Entramos en la espaciosa habitación, sólo iluminada con una luz roja. Björn cierra la puerta y veo que no estamos solos. Hay tres parejas liadas sobre una de las tantas camas que se encuentran en aquella habitación y me pongo nerviosa. Sé a qué hemos ido allá y me inquieta. Björn se acerca a una pequeña barra y comienza a servir tres copas de champán. Pedro me mira y susurra, poniéndome la piel de gallina:

-          ¿Qué te parece Björn para jugar? Sé que lo preferís a una mujer.

Lo miro. El mencionado es morocho y atractivo. Alguien en quien sin duda me hubiera fijado si lo hubiera conocido en otro momento. Pedro espera una contestación.

-          Bien.
-          ¿Te parece bien que te ofrezca a él?

Mi estómago se contrae pero, excitada, contesto afirmativamente.

-          Sí.
-          Perfecto. – Pedro sonríe y veo cómo le brillan los ojos.

Dos segundos después, Björn se acerca y nos entrega unas copas.

Charlan en alemán e intentan integrarme en la conversación. Se nota que se conocen y la complicidad que hay entre ellos. Pero yo estoy muy nerviosa y más aún cuando Björn se acerca para besarme en los labios. Pedro se lo impide.

-          Su boca y sus besos son sólo míos.

El corazón se me encoge al escucharlo y notar la posesión en su voz. Björn asiente. No le ha molestado lo que Pedro ha dicho.

-          ¿Qué tal si nos sentamos? Estaremos más cómodos.

Pedro me agarra de un brazo y me sienta en un sillón. Doy un trago a mi bebida y se colocan uno a cada lado. Estoy nerviosa. Me siento como un bombón bajo la atenta mirada de os depredadores. Oigo jadeos. Cerca de nosotros, otras personas juegan. Sus gemidos retumban en la habitación y no puedo apartar mi vista de ellos. Lo que hacen me inquieta, me activa y más cuando Pedro acerca su boca a mi oído y me chupa el lóbulo.

-          ¿Excitada?

Le digo que sí y Björn pone una de sus manos en mi rodilla. Comienza a subirla por la pierna.

-          Pedro tiene razón, sos muy suave.

Pedro mueve la cabeza. En ese momento la puerta se abre. Entran dos mujeres y un hombre y, tras mirarnos, se ponen al otro lado del salón. Sin preámbulos, una de las mujeres se sienta en uno de los sofás del fondo, se sube el vestido y la otra mujer, ante la mirada del hombre, pone su boca en su sexo.

-          Vaya… la fiesta se calienta – sonríe Björn.

Pedro me mira y me pide con voz neutra.

-          Pau… quítate la bombacha.

Al escuchar aquello estoy tan excitada por todo lo que ocurre a mi alrededor que no lo dudo. Me levanto y, en dos movimientos, hago lo que me dice. Luego vuelvo a sentarme entre ellos. Pedro me quita la bombacha de la mano y se la guarda en el bolsillo de su saco.

-          Abre las piernas, nena – ordena.

Lo hago. Björn comienza a tocarme. Posa su mano de nuevo en mi rodilla, pero esta vez su recorrido es lento y progresivo. Se adentra en la cara interna de mis muslos y, cuando sus dedos rozan mi vagina, murmura:

-          Me encanta tu humedad. Eso me indica que lo vamos a pasar muy bien, preciosa.

Dicho esto, siento que mete un dedo en mí y después dos. Me recuesto más sobre el sofá y suelto un gemido. Pedro acerca su boca a la mía y me besa mientras es otro quien saquea con sus manos mi cuerpo.

-          Así, cariño… Quiero que disfrutes para mí.

Björn continúa con su invasivo juego y pronto noto que toda mi vagina chorrea. Sentir su saqueo y los besos de Pedro me está volviendo loca.

-          ¿Te gusta, pequeña?
-          Sí.
-          ¿Quieres más?
-          Sí.

Björn nos escucha y pregunta:

-          ¿Qué más quieres, preciosa?
-          Pau… – añade Pedro –. Decile a Björn lo que quieres.

Estoy colorada como un tomate y ardo. Menos mal que la luz roja no lo deja ver. Mi boca está sea y Pedro se da cuenta de que no puedo hablar.

-          Si no lo dices, cariño… no haremos nada.
-          Quiero… quiero que me hagan lo que quieran.
-          Mmmm… ¿dispuesta a todo?  – murmura Björn –. ¿Qué tal una doble penetración?
-          No. De momento sólo tomaremos su vagina – aclara Pedro, y Björn acepta.

Excitada y abierta de piernas para ellos, jadeo cuando Pedro se incorpora.

-          Levanta y date la vuelta, Pau.

Lo hago e instantes después noto que me desabrocha la cremallera de mi vestido de lentejuelas y éste cae a mis pies. Estoy totalmente desnuda ante Björn y mi pecho sube y baja con inquietud. Pedro me besa el cuello.

-          Ofrécele tus pechos.

Instintivamente me acerco a él y Björn los toca y los chupa. Primero uno y después el otro. Pedro, que está detrás de mí, me empuja con delicadeza y caigo literalmente sobre la cara de Björn que me los agarra, los junta y se mete los dos pezones en la boca, mientras Pedro me masajea las nalgas y me da un chirlito. Luego pasa su mano por mi mojada hendidura y mete un dedo en mi interior.

El calor toma mi cuerpo y comienzo a arder. Esos dos me tocan a su antojo y me gusta. Cuando creo que voy a explotar, siento que Pedro deja de tocarme y se pone detrás del sillón.

-          Pau… súbete al sillón.

Obediente, hago lo que me pide.

-          Ahora quiero que le ofrezcas lo más íntimo de vos a Björn y dejes que te saboree.

Dicho y hecho. Björn recuesta su cabeza sobre el sofá y yo, con una pierna a cada lado de sus hombros, me agacho para que él me coja con posesión de los muslos y me  atraiga  hacia  él.  Mi  vagina  queda  totalmente  sobre  su  boca  y  él  comienza  a jugar con ella y con mi clítoris. Su boca se desliza de un lado a otro mientras noto cómo me mueve sobre ella y yo gimo de puro placer.

Pedro, que está frente a mí, me observa. En su mirada veo el brillo de la lujuria y eso me altera más. Disfruta con lo que ve y su respiración se vuelve inconstante.

Finalmente,  se  acerca  al  sofá,  me  agarra  de  la  cabeza  y  me  besa  mientras  Björn prosigue  su  saqueo  particular  a  mi  vagina.  Mete  un  dedo  en  ella  y,  mientras  su lengua juega con mi clítoris, éste entra y sale rápidamente de mí. El calor crece y crece  en  mi  interior,  mientras  me  siento  un  juguete  delicioso  entre  las  manos  de aquellos hombres. Pero me gusta lo que me hacen. Me gusta ser su juguete y más cuando pedro murmura en mi boca:

-          Sos mi placer… dame más pequeña.

Suelto un chillido devastador y me corro sobre la boca de Björn.

Mi vagina palpita. Succiona el dedo que Björn tiene en mi interior, y oigo que él me dice:

-          Así, preciosa. Chilla y córrete para nosotros.

En  ese  momento,  se  acerca  una  mujer  y  nos  mira.  La  reconozco.  ¡Marisa  de  la
Rosa! Durante unos minutos se limita a mirarnos mientras yo sigo moviendo mi sexo sobre la boca de Björn y éste, con un dedo en su interior, me hace jadear una y otra  vez.  La  mujer,  avivada  por  lo  que  hago,  se  tumba  en  un  diván  cercano  y comienza su propio juego.

Instantes  después,  pedro  le  indica  a  Björn  que  pare  y  agarra  mi  vestido.  Me  hace bajar  del  sillón  y  los  tres  caminamos  hacia  una  puerta  que  hay  en  el  fondo  del salón. Siento el martilleo de mi corazón mientras camino desnuda entre los dos y mi vagina palpita por lo sucedido. En mi camino observo a otras personas gritar de placer por sus juegos. En cuanto traspasamos la puerta, Pedro se detiene.

Estoy congestionada. Creo  que voy a explotar. Pedro abre una puerta y entramos en una pequeña habitación donde hay una cama y un sillón. Cada vez estoy más excitada. Pedro deja mi vestido en la cama y se sienta en el sillón. Me llama, me da la vuelta y me sienta sobre él. Me abre las piernas, me las flexiona y me ofrece. Björn, sin hablar, se arrodilla, se mete entre mis piernas y vuelve al ataque, mientras Pedro musita en mi oído:

-          Así, Pau… En la intimidad quiero que estés a mi disposición siempre. Soy tu dueño y vos, mi dueña. Sólo yo te puedo ofrecer. Sólo yo puedo abrir tus piernas a los demás. Sólo yo…
-          Sí… sólo tú. Juega conmigo —murmuro.

Me doy cuenta de que mi voz y mis palabras lo avivan, al mismo tiempo que a mí  me  estimulan. 

Lo  que  estoy  diciendo  es  una  auténtica  locura,  pero  es  lo  que deseo.  Quiero  que  él  me  ofrezca.  Quiero  sucumbir  a  lo  que  me  pida.  Lo  quiero todo.

-          Me vuelves loco, cariño, y escuchar tus gemidos y cómo te dejas llevar por mí es lo mejor que puedo imaginar. Estamos aquí. Estás desnuda entre mis brazos y otro  hombre  juega  contigo.  ¡Oh…  Dios…  ¡Me  gusta  sentirte  mía  en  todos  los sentidos. Quiero que disfrutes. Quiero que explores y explorarte. Quiero follarte y que te follen. Quiero tanto de vos, cariño, que me das miedo.

Eso  me  hace  jadear  y  retorcerme.  Tengo  calor.  Mucho  calor.  La  situación  me puede. Estoy sobre Pedro. Él me abre las piernas. Me ofrece a otro hombre. Siento la dureza de su sexo contra mi trasero mientras que un hombre del que sólo sé que se llama Björn barre mi sexo con su lengua de atrás hacia adelante.

El orgasmo está a punto de llegarme.

-          ¿Deseas más? —me dice Pedro.
-          Sí… oh sí…

Pedro, al escucharme, se mueve y se levanta. Yo me levanto también y Björn hace lo mismo. Pedro me ctoma de la mano y me sienta sobre la cama. Lo oigo hablar algo con Björn y entonces dice:

-          Voy a cumplir tu fantasía, cariño.

Esos  dos  adonis  de  inquietantes  y  jóvenes  cuerpos  quedan  completamente desnudos delante de mí y miro sus potentes erecciones. Pedro se queda a un lado y Björn se acerca a mí.

-          Túmbate en la cama y ábrete de piernas, preciosa.
Miro a Pedro, él asiente y lo hago. Desnuda y con los pezones duros me tumbo en el centro de la cama y observo que en el techo hay espejos.

Como un dios nórdico, Pedro se sube a la cama y acerca su boca a la mía.

-          Pídeme lo que quieras.

Estoy  confundida  y  sobreexcitada.  Él  me  besa  y yo  me  estremezco  cuando  sus manos vuelan por mis pezones. Björn nos observa y eso me estimula más. Entonces recuerdo algo que a Pedro le gusta.

-          Quiero que Björn me folle mientras vos me ofreces, me besas y miras. Sé que te gustará hacerlo. Y, cuando él se corra, quiero que me folles vos como sabes que me gusta.

A medida que lo voy diciendo, veo que a Pedro se le ilumina la cara. Los ojos le chispean. He entrado totalmente en su juego y él lo sabe. Me da un último y lascivo beso antes de levantarse de la cama. Después mira a Björn y dice:

-          Fóllatela.
-          Será un placer, amigo —murmura Björn, mientras sonríe.

En  su  rostro  se  ve  el deseo  y  su  pene  hinchado  refleja  las  ganas  que  tiene  por hacerlo.

Se sube a la cama y se pone a horcajadas sobre mí. Siento su pene erecto descansar sobre mi barriga y, cuando se agacha, me estira los brazos y se mete uno de  mis  pechos  en  la  boca,  jadeo  mientras  miro  a  Pedro.  Durante  varios  minutos, siento  cómo  Björn  chupa  y  succiona  mis  pezones  y  manosea  mi  trasero  bajo  la atenta  mirada  de  mi  dueño.  Me  estruja  las  cachas  del  culo  con  sus  manos  y  me gusta. Después, baja hacia mis piernas y, sin miramientos, me las agarra y se las pone sobre los hombros hasta dejar mi sexo frente a él.

Con los ojos muy abiertos, miro los cristales que hay en el techo y me estimulo más. Estoy desnuda en una habitación con dos hombres y abierta de piernas para un desconocido que me va a follar. Y lo mejor, Pedro está a mi lado, observando. Me anima  a  disfrutar  de  la  experiencia  y  yo  la  quiero  disfrutar.  Durante  varios segundos,  Björn  no  hace  nada  hasta  que  lo  oigo  decir,  mientras  siento  que introduce sus dedos en mí:

-          Estás empapada y tu coño me está volviendo loco.

De pronto vuelvo a sentir su boca invadiéndome y Pedro vuelve a colocarse a mi lado.

-          Así, pequeña… —me dice Pedro—. Es lo que querías, ¿verdad?
-          Sí.
-          Vamos, cariño, ábrete bien para que pueda disfrutar de vos y córrete para que te saboree bien. Después, yo te follaré como llevo horas deseando hacerlo.

Aquel  lenguaje  tan  soez  me  habría  provocado  rechazo  en  otras  ocasiones. Incluso me habría molestado, pero de pronto y en una situación como aquélla me gusta. Me estimula. Me altera.

Björn  me  agarra  las  nalgas  para  meterme  totalmente  en  su  boca.  Le  gusta,  me saborea, disfruta y yo jadeo. Gimo y me retuerzo. Con la lengua barre mi sexo una y otra vez, una y otra vez y entonces Pedro me agarra las manos sobre mi cabeza y no puedo evitar mirar su duro y ardiente sexo. Björn, sin darme tregua, llega hasta mi hinchadísimo clítoris. Está enorme, muy avivado. Siento que lo engancha con sus dientes y tira de él. Grito. Me retuerzo. Quiero más.

Miro  a  Pedro  y  vuelvo  a  observar  su  pene.  Él  sonríe  al  intuir  mis  intenciones  y, cuando  un  jadeo  sale  de  mi  boca,  se  agacha  y  lo  pone  entre  mis  labios.  Quiero metérmelo en la boca. Lo chupo, pero lo retira rápidamente.

-          No, pequeña —me dice, agachándose—. Si te dejo hacer lo que quieres, no voy a poder parar.

Mi vagina  se contrae y entonces Björn me baja las piernas. Veo que se pone un preservativo.

-          Te voy a follar, preciosa. Te voy a follar delante de tu hombre y él te va a abrir para mí, mientras te sujeta para que no te muevas.

Grito. Me sofoco.

Los ojos de Pedro brillan. Le gusta ver aquello. Le gusta tenerme así. Y entonces Pedro se agacha y me abre los pliegues de la vagina con sus manos. Björn me toma de los muslos, pone su pene en la entrada y poco a poco tira de mis muslos y me atrae hacia él. Mi húmeda  vagina lo atrapa y se contrae mientras siento cómo Pedro me encaja en Björn. Sus manos cierran mi vagina y su pene queda metido totalmente en mí.

¡Dios… esa sensación es deliciosa!

Pedro aparta sus manos de mi vagina, coge mis manos y me las sujeta por encima de  la  cabeza.  En  ese  momento,  Björn  mueve  las  caderas  en  busca  de  más profundidad y lo consigue.

Jadeo… Jadeo y Pedro atrapa mis jadeos con su boca. Se los come. Los disfruta y sé que lo vuelven loco.

Björn  continúa  su  baile  particular  dentro  y  fuera  de  mí.  Una…  y  otra… y  otra vez… Me folla como le ha pedido Pedro y yo lo gozo. Abro las piernas para él y dejo que me penetre una y otra vez hasta que mis jadeos se vuelven más seguidos, más sonoros. Exploto y me retuerzo entre las manos de ellos.

Björn me suelta. Pedro también me suelta y, cuando Björn saca su pene de mí, veo que cambian sus posiciones en la cama. Ahora, Pedro está entre mis piernas y Björn sobre  mi  cabeza. 

Mientras  normalizo  mi  respiración  veo  que  Pedro  se  pone  un preservativo;  después,  agarra  una  especie  de  jarra  de  agua  y  la  deja  caer  sobre  mi sexo. El agua fresquita me hace gritar de nuevo.

-          ¡Dios… te follaría otra vez! —dice Björn, mientras se quita el preservativo.

Pedro sonríe, mira a su amigo y, mientras me seca con una toallita, murmura:

-          Lo harás…

Cierro los ojos. Aún no puedo creer lo que estoy haciendo. Cuando los abro veo la cara de Pedro frente a la mía que me pide:

-          Bésame.
Abro la boca y lo beso mientras siento que desliza su erección desde mi clítoris hasta mi ano.  Juega conmigo. Me estimula y grito de frustración. Estoy mojada y resbaladiza y eso me excita y lo excita a él también. Mete su dedo en mi interior y, como estoy tan abierta, me mete tres de golpe.

-          Nena… estás muy abierta y receptiva. Te gusta, ¿verdad?
-          Sí… Sí…

Me  muevo  sobre  su  mano.  Imploro  lo  que  quiero,  mientras  Pedro  continúa  su juego sobre mí y Björn nos observa.

De  pronto,  siento  que  uno  de  sus  resbaladizos  dedos  se  para  en  mi  ano.  Con movimientos  circulares  lo  estimula  y,  cuando  me  quiero  dar  cuenta,  el  dedo  se mueve en mi  interior. Durante unos segundos, lo mueve mientras yo me arqueo para que no pare y entonces soy consciente de que el pene de Björn vuelve a estar erecto y cae sobre mi cara.

La vista se me nubla cuando Pedro saca su dedo de mi ano y de una estocada mete su maravilloso pene en mi vagina. Grito. Él se para y me mira. Se tumba sobre mí, pone una mano sobre mi cabeza y la otra en mi trasero.

-          Dios, nena… me estás volviendo loco. ¿Esto es lo que quieres?
-          Sí.

Mueve  sus  caderas  y  se  hunde  más  en  mi  interior,  mientras  siento  que  sus testículos están a punto de entrar también. Jadeo. Su enorme glande sobreexcitado es  mucho  más  ancho  y  largo  que  el  de  Björn.  Noto  cómo  mi  carne  se  abre  para recibirlo  y  eso  me  hace  gemir  y  retorcerme entre  sus  brazos.  Pedro  me  besa,  entra una…  dos…  tres…  cuatro  y  mil  veces  en  mí  con  posesión,  mientras  me  arranca gustosos gemidos de placer. Björn me agarra los hombros para que no me mueva.

Y entonces las embestidas de Pedro se vuelven más secas y posesivas, mientras Björn murmura:

-          Así, preciosa… disfruta…

Mis  gritos  no  tardan  en  aparecer  de  nuevo.  Agarro  a  Pedro  por  la cola  y  lo obligo  a  golpearse  contra  mí  una  y  otra  vez  mientras  veo  sobre  mi  cara  el  pene hinchado  y  duro  de  Björn.  Estoy  a  punto  de  pedirle  que  me  lo  meta  en  la  boca, cuando Pedro lee mi pensamiento.

-          No. Mírame.

Rápidamente le hago caso y siento que Björn me suelta los hombros y se baja de la cama. Pedro clava sus impresionantes ojos en mí y me da un azote que me escuece, mientras  me  embiste  con  fuerza.  Su  respiración  es  brusca,  inconstante  pero  sus acometidas  en  el  interior  de  mi  vagina  me  hacen  convulsionar  a  cada  nuevo ataque. Vuelve a azotarme. El calor me sube por el cuerpo y jadeo su nombre…

-          Pedro…

Me abrasa la excitación cuando vuelve a darme otro chirlo y noto que mete un dedo junto a su pene en mi vagina y vuelvo a jadear. Su dedo empapado de mis fluidos va directo a mi ano y, al notar que lo mete, grito. Esta vez, la invasión es más  fuerte.  Su  demoledor  dedo  entra  y  sale  de  mi  ano  mientras  que  su  pene  lo hace en mi vagina y esa nueva sensación me deja extenuada.

Con el cuerpo palpitándome, deseo lo que me exige y lo que me hace y casi rezo para que continúe y no pare nunca. Mis caderas se levantan en busca de más, hasta que el rostro de Pedro se contrae y yo, tras un demoledor grito, me dejo llevar.

Cuando todo acaba, Pedro cae sobre mí. Lo abrazo y él mete su cara en mi cuello. Permanecemos así unos minutos. Agotados. Rendidos. Consumidos. Hasta que se separa de mí y, sin mirarme, ordena con voz seca:

-          Vístete. Nos vamos.

Extasiada por lo vivido, hago un gesto afirmativo con mi cabeza. Tomo el vestido, que veo a un lado de la cama, y me lo pongo. Me siento en la cama y lo observo vestirse. Después, me doy cuenta de que estamos solos en la habitación.

-          ¿Dónde está Björn?

Eric me mira y, con un gesto que me descuadra, pregunta:

-          ¿Para qué quieres saberlo?
-          Para nada, Pedro —respondo, sin entender su pregunta—. Es simple curiosidad.

En  ese  instante  me  percato  de  que  algo  le  pasa  y  lo  agarro  del  brazo.  Pedro se suelta de mala gana.

-          ¿Por qué estás enfadado?

La furia de sus ojos me deja sin habla.

-          ¿Por qué querías meterte su polla en la boca?

Sus palabras me sorprenden. No sé que responder.

-          No lo sé, Pedro. El morbo del momento.

Al ver que él no me mira y se sigue abrochando la camisa, exploto:

-          ¡Perfecto!  Me  traes  acá.  Me  haces  abrirme  de  piernas  para  él  y  ahora,  ¿me vienes con reproches? Carajo, Pedro… no lo entiendo.
-          Vos has accedido. No lo olvides.
-          Por supuesto que he accedido. ¡Imbécil! He entrado en el juego. ¡Tu juego! Me he  dejado  lamer,  chupar  y  follar  por  una  persona  a  la  que  no  conozco  de  nada porque sé que a vos es lo que te gusta, y ahora, cuando ves que he disfrutado y me he dejado llevar por el morbo, me lo reprochas. ¡Vete a la mierda!

Dispuesta  a  largarme  de  allí,  me  encamino  hacia  la  puerta.  Pero  antes  de  que llegue, él me agarra y me tumba sobre la cama.

-          Tienes razón, nena… tienes razón.
-          ¡Gilipollas!… Eso es lo que sos, un auténtico gilipollas.
-          Entre otras muchas cosas. Perdóname.

Sus  ojos…  su  voz…  el  olor  a  sexo  y  todo  él  consigue  que  mi  enfado,  como siempre, desaparezca en décimas de segundo.

-          Perdóname, cariño. Me he dejado llevar por mi instinto de posesión y…
-          Pero vamos a ver, Pedro. ¡Soy tuya! ¿Todavía no te has dado cuenta de que sólo quiero hacer lo que tú quieras? ¿De verdad que todavía no te has dado cuenta de que el morbo y jugar me gusta, pero sólo con vos? Vos dijiste que mi placer es tu placer.  Pues  aplícate  el  cuento  porque  a  mí  me  pasa  lo  mismo.  Lo  que  acaba  de pasar  aquí,  ha  sido  ¡increíble!  ¡Maravilloso!  ¡Extenuante!  Me  ha  gustado  ver el brillo en tus ojos cuando te he pedido lo que quería. Has disfrutado el momento y yo  también.  ¿Dónde  está  el  mal?  Sólo  me  he  dejado  llevar  por  lo  que  vos  me  has enseñado  a  disfrutar,  el  morbo.  Y  ese  morbo,  vos  y  lo  que  me  hacías  me  hicieron querer hacer algo más. Pero si…

Pedro me besa. No me deja terminar.

Devora mi boca y juega con mi lengua mientras yo  adoro que lo haga. Durante un  rato  permanecemos  solos  y  abrazados  en  la  habitación.  Sólo  nos  abrazamos. Estamos agotados. Y cuando abandonamos la solitaria habitación y regresamos al salón general, Björn se acerca a nosotros, nos ofrece unas copas de champán bien frío, me coge de la mano y la besa.

-          Ha sido todo un placer, Pau.

Yo asiento. Björn mira a Pedro.

-          Gracias, amigo, por ofrecerme a tu mujer. Ha sido una delicia.

Pedro sonríe.

-          Me alegra saberlo.
-          Por cierto  —añade Björn—. Mañana por la noche vamos a jugar a la rueda en la villa que he alquilado. Marisa y Frida se han ofrecido, ¿se animan?

¿La rueda? ¿Qué es la rueda? Quiero preguntar. Pero Pedro responde mientras nos alejamos:

-          Gracias por la invitación, pero no. Quizá en otro momento.

Cuando  llegamos  a  la  pista  de  baile  y  comenzamos  a  movernos  al  son  de  la música, mi curiosidad no puede más y pregunto:

-          ¿Qué es la rueda?
-          Un juego para el que vos no estás preparada.
-          Vale… Pero ¿qué es?

Pedro sonríe y me acerca más a él.

-          De  entrada,  te  desnudarías  junto  a  las  otras  dos  mujeres.  Suele  haber  dos  o tres. Los hombres jugaríamos a las cartas mientras ustedes nos sirven las copas y satisfacen  nuestros  caprichos  más  inmediatos.  Una  vez  termina  la  partida,  los hombres hacemos un círculo alrededor de las mujeres que se han ofrecido y toda la rueda las folla. Eso sí… siempre con su consentimiento.

Asiento  y  trago  con  dificultad.  No.  Definitivamente  no  estoy  preparada  para ello.

Sobre las cuatro de la mañana, sin haber compartido  nada más que charla con otros, Pedro y yo decidimos regresar a casa. Frida y Andrés regresarán más tarde.

Cuando  nos  sentamos  en  la  limusina  que  los  dueños  de  la  casa  han  puesto  a nuestra disposición, me abraza y yo lo miro con picardía.

-          Estoy agotada, ¿por qué será?
-          Por el esfuerzo, morochita… no lo dudes.

Ambos nos reímos y Pedro me besa en el cuello.

-          ¿Lo has pasado bien?
-          Sí. Muy bien.
-          ¿Tanto como para repetir otro día?

Busco su mirada para responder:

-          Oh, sí… por supuesto que sí. Además, he visto cosas que quiero probar y…

Pedro sonríe y acerca su boca a la mía.

-          Dios mío, ¡he creado un monstruo!