A las nueve de la noche, tras la estupenda ducha que nos hemos dado y
de la que estoy convencida que se ha enterado todo el mundo, ajamos de la mano
al salón. Allí, Frida y Andrés se están besando, pero dejan de hacerlo cuando
nosotros aparecemos.
Pasamos al comedor y nos sentamos alrededor de una maravillosa mesa.
Pedro me retira la silla y se sienta a mi lado. Lo veo feliz. Ése es su
ambiente y se le nota que está más cómodo. El servicio entra en la estancia y
nos sirve un buen vino y después una maravillosa langosta. Pedro me pide una
Coca-Cola. Entre risas y confidencias acabamos con el primer plato y nos sirven
el segundo, una exquisita carne. Cuando acabamos el rico helado que nos sirven
de postres, Frida propone salir al jardín.
Pedro, tras atender una llamada de teléfono, se sienta a mi lado.
Siento sus continuas caricias en mi piel y lo noto más pensativo que minutos
antes. Aun así, charlamos hasta bien entrada la madrugada, momento en que nos
vamos a dormir.
Al día siguiente cuando me despierto, el sol entra por el gran
ventanal. Estoy sola en la habitación y me estiro en la cama. Las sábanas
huelen a Pedro y eso me hace sonreír. Recordar cómo me hizo el amor la noche
anterior me excita, me pone a cien, pero, convencida de que no es momento de fantasear,
me levanto, voy al baño y me aseo.
Mientras me visto, un ruidito me hace mirar a mi alrededor. Es el
celular de Pedro. Lo localizo sobre la mesita y leo que pone el nombre de
“Betta”. De nuevo aquel nombre.
Cuando llego al salón, oigo las risas de Andrés, Frida y Pedro y me
sorprendo al ver a un señor y a una señora junto a ellos. Cuando me acerco, me
presentan a los padres de Frida, que han venido para llevarse al pequeño Glen
de vacaciones con ellos. Le entrego el celular a Pedro y le indico que ha
recibido una llamada de una tal Betta. Él asiente, lo guarda en el bolsillo del
pantalón y prosigue tan normal. Los padres de Frida y el pequeño Glen se van
esa misma noche.
A la mañana siguiente, cuando me despierto, vuelvo a estar sola en la
cama. Tras lavarme los dientes, me acerco hasta la pileta y rápidamente Andrés
me agarra y me tira al agua. Todos nos reímos y pasamos un rato divertido.
Sobre las dos de la tarde, los cuatro nos vamos de compras a Cádiz en el auto
de Andrés. Acabamos de recibir la invitación para una fiesta temática
ambientada en los años veinte y hay que ir a comprarse algo.
Por la noche, tras una divertida tarde de compras, decidimos cenar en
la playa. Acabada la cena en un precioso restaurante de Zahara, tomamos unas
copas en un bar y sobre la una regresamos a la casa.
Al llegar salimos a la bonita terraza y nos sentamos. Me gusta sentir
a Pedro tan cercano, receptivo, tan pendiente de mí. Andrés va a la cocina y
trae una botella de champán. Tras esa primera botella, llega una segunda de la
que bebo más lentamente pero que disfruto de todos modos.
Frida y Andrés son unos anfitriones maravillosos. Intentan que nos
sintamos como si estuviéramos en nuestra casa y lo consiguen con su actitud.
Disfruto del momento sentada en aquel precioso lugar mientras mis ojos miran la
pileta oval y el jacuzzi que hay al lado. Sobre las tres de la madrugada hace
mucho calor y Frida propone darnos un chapuzón en la pileta.
Sin pensarlo un segundo, acepto y subo a mi habitación a ponerme el
biquini. Cuando bajo, Frida ya está en el agua con Andrés y Pedro me espera en
el borde. En cuanto me acerco a él, me agarra a traición y los dos caemos en el
agua. Entre risas y cachondeo, nos bañamos un rato, hasta que, más adelante,
Frida y yo nos sentamos en la ancha escalera de la pileta y Pedro y Andrés se
hacen unos largos.
Cuando los chicos llegan hasta nosotras, Andrés toma a su mujer de un
pie y la arrastra hacia la pileta. Ella protesta pero, dos segundos después,
ríe a carcajadas. Pedro divertido se acerca a mí, me agarra en brazos y me
sienta a horcajadas sobre él.
El agua nos llega hasta la cintura y pronto sus manos se meten por
debajo de la bombacha de mi biquini y me comienza a tocar. Asustada por
aquello, lo miro con reproche y él ríe.
-
¡Pedro! – le regaño –. No hagas eso. Nos pueden
ver.
Su contestación es un tórrido beso que rápidamente consigue calentarme
el alma y la vida. Su boca y sus manos ya me tienen en el punto de partida que
él siempre quiere y, cuando se separa de mí, murmura mientras señala con la
vista:
-
Tranquila, pequeña. Ni Andrés ni Frida van a
asustarse.
Curiosa, miro hacia donde él señala y veo que la otra pareja se besa
apasionadamente. Incluso veo que Andrés le desabrocha el biquini a Frida y éste
queda flotando sobre la pileta. Rápidamente miro a Pedro en busca de una
contestación.
-
Sí, morochita… a ellos también les gusta el
morbo.
Comienzo a temblar, y no es de frío, cuando siento que los otros dos
se acercan a nosotros. Frida está juguetona y sale de la pileta. Se sienta en
el borde junto a nosotros con los pechos húmedos y resbaladizos mientras Andrés
se pone detrás de mí y posa sus manos sobre mi cintura. Pedro, al ver cómo lo
miro, mueve la cabeza y Andrés me suelta en seguida, sale de la pileta y, tras
besar a su mujer, ambos desaparecen en el interior del chalet.
Estoy nerviosa. ¡Histérica!
No sé dónde meterme, pero siento que mi vagina se lubrica y se deshace
por dentro.
Pedro, al notarme tensa, se levanta de la ancha escalera y, sin
soltarme, se mete conmigo hacia el interior de la pileta. Me agarro a él con
desesperación.
-
Tranquila, pequeña. Conmigo nunca harás nada que
vos no quieras.
Boqueo como un pez. Me falta aire y consigo susurrar:
-
Ellos… ¿juegan a los mismos juegos que vos?
-
Sí.
-
¿Y…?
-
Pau, te tiene que quedar claro lo que te dije
hace poco. El sexo es sólo sexo. Frida y Andrés son una pareja muy sólida que
tienen claro qué es lo que les gusta en el plano sexual. Hemos ido en varias
ocasiones juntos a club de intercambio de parejas y allí han disfrutado de
tríos y orgías y, cuando han regresado a su casa, han continuado siendo ellos
mismos. Andrés y Frida. Una pareja.
-
¿Vos has… has estado con ellos?
-
Sí. Nosotros dos para ella. A mí los hombres no
me van – bromea y sonrío –. Escucha, Pau, debes entender que tanto Frida, como
Andrés y como yo tenemos las ideas claras y sabemos diferenciar entre sexo y
los sentimientos. A los tres nos gusta disfrutar del morbo del juego pero, una
vez acaba, nos respetamos como personas. Por cierto, la fiesta a la que estamos
invitados mañana es…
-
Una fiesta donde todo el mundo juega, ¿verdad?
Pedro asiente.
-
Si vos no quieres, no tenemos por qué ir.
Durante un rato, los dos permanecemos callados hasta que me lleva
hasta la escalera, me toma de las manos y me dice:
-
Ven. Entremos en el jacuzzi.
Lo sigo hasta allí.
-
Qué calentita – murmuro al entrar en él.
-
Demasiado caliente. – Pedro aprieta unos botones
y, segundos después, el agua se enfría.
Permanecemos callados mientras las burbujas explotan a nuestro
alrededor, hasta que él me atrae de nuevo hacia sí y me sienta de nuevo a
horcajadas sobre él.
-
¿Ves cómo me tienes? – dice mientras aprieta mi
vagina contra su pene.
-
Sí. – Sonrío y, sin poder evitarlo, pregunto –:
¿Qué te hubiera gustado que hubiera pasado en la pileta?
Echa la cabeza hacia atrás.
-
Ah… cariño. Me hubiera gustado que hubiera
pasado muchas cosas.
-
Cómo por ejemplo… – insisto.
Pedro levanta el mentón y me mira.
-
Aún recuerdo cómo te estremecías aquella tarde
en mi hotel cuando Frida se metió entre tus piernas y te hizo todo lo que le
pedí.
-
¿Era Frida?
-
Sí. – Darme cuenta de eso me deja asombrada –.
Mmmmm… me gusta la delicadeza que muestran las mujeres. Me excita mirarlas.
¡Son exquisitas!
-
¿Y los hombres?
Noto su mirada alerta y añade:
-
Cielo, ya te he dicho que los hombres no me van.
Eso me hace gracia.
-
Me refería a que si en tus fantasías sólo
incluyes a mujeres.
-
No, mis fantasías son más amplias. Adoro ver a
dos mujeres poseyéndose, aunque luego me gusta compartirlas con otros hombres.
-
¿Y te vez compartiéndome a mí con otro hombre?
-
Si vos quieres, sí – responde con una sonrisa.
Sólo decirlo me excita. Me excita mucho más que imaginarme con otra
mujer. Pedro clava su mirada en mí.
-
Tu places es mi placer y, si vos me lo pides, te
compartiré. Pero, llegado el momento, seré yo quien mande en ese juego. Sos mía
y quiero que quede claro.
Ardo. Me caliento. Voy a explotar. Me aviva ese comentario de posesión
y murmuro inquieta:
-
Has dicho que vos y Andrés han jugado con Frida.
-
Sí. – Y acercando su boca a mí oído me pregunta
–: ¿Quieres que te comparta con otro hombre?
Imaginarlo me excita, me inquieta, me estimula.
-
Pedro…
-
Ah… morochita, creo que te voy a tener que atar
en corto. Sos más curiosa de lo que yo imaginaba, pero me gusta tu curiosidad,
me vuelve loco.
Eso me hace reír. Le ofrezco mi boca, que él toma con avidez.
-
Si vamos mañana a esa fiesta, ¿qué ocurrirá?
-
Lo que vos quieras.
-
Pero… pero allí…
-
Allí la gente va a lo que va, pequeña. Todos
buscan lo mismo: sexo. Si vos quieres, lo tendrás. Puedes mirar o puedes
participar, todo depende de vos.
-
Y vos… ¿qué quieres vos?
Pedro pasea su boca por mi cuello.
-
Tras la conversación tan interesante que
acabamos de tener y que me tiene duro como una piedra, lo que voy a querer es follarte
y que te follen. Adoro ver tu gesto cuando te corres. Y como ahora sé qué es lo
que te excita, quiero ofrecer tus pechos, tu vagina, y observar el momento. Eso
me proporcionará un gran placer.
Todo lo que me dice consigue de mí el efecto deseado y siento que
ahora soy yo la que quiere cumplir cualquiera de esas fantasías. Mi respiración
se acelera, Pedro sonríe.
-
Tu cuerpo me dice que te pida lo que quiera. Y
sé que ahora mismo cualquier cosa que te propusiera lo harías, porque estás tan
excitada, tan caliente que lo deseas, ¿verdad?
-
Sí – admito.
Pedro se levanta y me da la mano.
-
Ven, acompáñame.
No lo dudo. Le doy la mano y salimos del jacuzzi.
Agarra una toalla y la pone alrededor de mi cuerpo. Me seca con mimo.
-
Pau… te tiene que quedar claro que yo nunca haré
nada sin tu consentimiento. No me perdonaría que me reprocharas nada. Sos
demasiado importante para mí.
-
No te voy a reprochar nada, Pedro. Es sólo que
me asusta lo desconocido, pero quiero experimentar a tu lado.
Mi respuesta parece agradarle y me besa. Me besa con pasión y juntos
caminamos hacia el interior de la casa. Pero en vez de llevarme hacia la
habitación me hace girarme en otro pasillo. De pronto escucho jadeos y, al
llegar frente a una puerta que está entreabierta, me mira y dice:
-
Andrés y Frida están dentro, ¿quieres que
pasemos?
Asiento, pero susurro.
-
Siempre y cuando no te alejes de mí.
-
Eso no lo dudes nunca, cariño. Sos mía.
Su posesión me gusta y, cuando entramos en la habitación, mi
respiración se vuelve irregular. Estoy nerviosa, excitada, pero tengo miedo.
Veo una cama redonda en medio de una enorme sala azul. La música suena y Frida
y Andrés hacen un sesenta y nueve. Al vernos, dejan de hacer lo que están
haciendo y nos miran. Pedro cierra la puerta y me quita la toalla. Tiemblo.
-
Vos decides, Pau.
Su voz me hace regresar a la realidad y, ante la atenta mirada de los
otros dos, murmuro:
-
Deseo jugar.
Pedro me besa. Después mira a Andrés y éste se levanta de la cama
desnudo. Nos rodea y se para en mi espalda. Miro a Pedro y noto cómo su amigo
me desabrocha la parte superior de mi biquini y, cuando lo consigue, lo saca
por la cabeza.
Mis pechos rozan el pecho de Pedro y mis pezones rápidamente se ponen
duros ante aquella situación. Mi Dios… mi adonis no me quita ojo desde su
altura. Está serio e imperturbable cuando se dirige a su amigo.
-
Andrés, quítale la bombacha del biquini.
Su voz me excita. Su posesión sobre mí. Y cuando siento los dedos de
Andrés agarrar mi bombacha y bajarla, jadeo. En su camino siento su aliento en
mi trasero y eso me pone la piel de gallina.
Una vez desnuda, mi excitación es tan grande que el miedo ha
desaparecido para dar paso al morbo, y Pedro sonríe. Sabe que estoy bien y
dispuesta.
-
¿Puedo tocarla? – pregunta Andrés a mis
espaldas.
Pedro sigue mirándome y yo asiento. Pedro responde:
-
Sí.
Instantes después, las manos de Andrés pasean por mi cuerpo. Toca mis
pechos, mi cintura y, cuando sus dedos llegan a mi vagina e introduce uno de
ellos, jadeo. Frida llega hasta nuestro lado y Pedro se aparta. Se agacha, me
hace abrir las piernas y su boca va directamente hasta mi sexo.
Cierro los ojos. Las piernas me tiemblan mientras Andrés y Frida me
tocan y disfrutan de mí. Pedro, al ver aquello, acerca su boca a la mía y
susurra:
-
Sí… así… disfruta para mí
Durante unos minutos me siento el caramelito de la habitación. Cuatro manos
recorren mi cuerpo y dos bocas se esmeran en arrancarme jadeos, mientras Pedro nos
observa con los ojos brillantes por la lujuria. De pronto, Pedro toca la cabeza
de Frida y ella deja de acariciarme, se da la vuelta y veo que le acaricia el
torso. Mete su mano en su bañador, le saca el pene y se lo acerca a la boca. Saca
la lengua y comienza a lamerlo en toda su longitud.
Excitada, no puedo dejar de mirar, mientras Andrés me muerde los
pezones. Frida disfruta con lo que hace
y lame el pene como si se tratara de un helado. Se lo introduce totalmente en
la boca y le acaricia los testículos. Yo miro… miro… y miro y siento que mi excitación
se aviva más. Estoy tan caliente que me agacho un poco para facilitarte la
tarea a Andrés con mis pechos y se los ofrezco para que se dé un festín.
Pedro se estremece, yo jadeo y lo oigo murmurar:
-
Vayamos a la cama.
Los cuatro, desnudos, nos dirigimos a ella. Pedro se quita el bañador
y su pene lujurioso está duro y deseoso de jugar y veo que Andrés se pone
frente a su mujer. Pedro se coloca finalmente frente a mí. Frida deposita entre
nosotras una caja cuadrada y blanca y pregunta:
-
¿A qué quieren jugar?
La saliva se me estrangula en la garganta. No sé qué decir cuando oigo
a Pedro decir:
-
Algo suave.
Frida y Andrés hacen un gesto con la cabeza, y entonces ella mira en
el interior de la caja, saca dos vibradores como el que me regaló Pedro a mí y me
mira.
-
Está limpio, cariño. Ante todo, la higiene.
Asiento y lo agarro.
Pedro me encoge las piernas y me abre las rodillas. Mi sexo está
caliente, chorreante y late desbocado.
-
Mastúrbate para mí, cariño – me dice Pedro.
-
Y vos para mí, Frida – pide Andrés.
Como una autómata, abierta de piernas junto a Frida y frente a Pedro y
Andrés, pongo el vibrador en mi mojada hendidura y lo pongo al uno. La vibración,
la humedad y la excitación me piden más y lo subo al dos. Ardo. Tengo mucho
calor y siento que voy a explotar cuando mi clítoris rápidamente reacciona y me
comienza a dar descargas de placer.
Pedro, entre mis piernas, me mira y se pone un preservativo mientras
leo su necesidad en la cara de que me corra para él. Subo la intensidad del
vibrador y su descarga hace que arquee la espalda y grite. Un jadeo a mi lado
me hace recordar que Frida está en la misma tesitura y eso me estimula, y más
cuando veo que Andrés le quita el vibrador y la penetra. Sus jadeos se
convierten en gritos de placer y eso me azora todavía más. Ver a dos personas a
mi lado hacer el amor es algo totalmente nuevo para mí y no puedo dejar de
mirar hasta que ellos se dejan ir y sus gritos bajan de intensidad.
Pedro no me quita ojo. Está tan excitado como yo.
-
Andrés, ofréceme a Pau – dice, sorprendiéndome.
Rápidamente siento que Andrés se levanta, se sienta en el borde de la
cama y me dice:
-
Ven aquí. Siéntate sobre mí.
Sin saber realmente a lo que se refiere, me levanto y cuando voy a
sentarme mirándolo, me da la vuelta y me hace mirar a Pedro. Después me sienta
sobre sus piernas y me susurra al oído:
-
Recuéstate sobre mí, sube tus pies a la cama y
abre las piernas. Yo te sujetaré por los muslos para que Pedro te penetre.
Completamente excitada por el momento, hago lo que me pide mientras
siento su pene en mi trasero y me abre los muslos. Pedro se acerca a mí, a
nosotros, se mete entre mis piernas, me agarra de la cola y me mete lentamente
su duro pene mientras Andrés me sujeta las piernas y me abre para él. Pedro,
tras varias embestidas que me hacen gemir, se queda quieto y musita:
-
Esto es ofrecerte a alguien. ¿Te gusta la sensación?
-
Sí… sí…
-
Pues así te ofreceré yo a otros hombres – susurra
mientras me penetra –. Abriré tus muslos para darles acceso a tu interior
siempre que yo quiera, ¿te parece?
-
Sí… sí… – jadeo enloquecida.
Me besa. Me devora los labios y ambos oímos que Andrés dice:
-
Más tarde, quizá Pedro te ofrezca y seremos Frida
o yo quienes te follemos.
Las palabras de Andrés me incitan mientras siento el implacable pene
de Pedro tan duro como una piedra en mi interior. Pedro mueve las caderas y eso
me hace resoplar. Noto cómo me llena por completos y comienza a moverse
adelante y atrás mientras Andrés murmura:
-
¿Te gusta, Paula?
-
Sí… Oh… Dios mío.
La estimulación que siento en ese instante es profunda y maravillosa
mientras Pedro avanza y continúa su saqueo implacable sobre mí y Andrés me
ofrece. Frida nos mira y veo que se masturba con un consolador. Me muerdo los
labios, jadeo, me retuerzo.
-
Vamos, nena… – me dice Pedro de repente –. Dime cómo
quieres que te coja.
Al ver que no respondo, Pedro me da un chirlo en el culo que me
introduce más en él y yo balbuceo como puedo:
-
Rápido… fuerte.
-
¿Así, pequeña? – acelera y profundiza más.
-
Sí… sí…
Mueve las caderas con vigorosidad y grito. La intensidad en sus
movimientos aumenta segundo a segundo, penetración a penetración, y mi placer
con él. Ardo. Estoy fuera de control. Y cuando un calor embriagador me hace
soltar un gemido de placer, Pedro gira las caderas y me embiste por última vez
y los dos nos corremos.
Tras aquel primer asalto, llegan dos más donde vuelvo a disfrutar como
una loca y donde veo lo mucho que Pedro goza ofreciéndome y follándome. Él me
ha hecho descubrir un mundo hasta ahora desconocido para mí y sólo lo quiero
disfrutar… disfrutar y disfrutar.
Aquella noche, en la soledad de nuestra habitación, Pedro me abraza. Las
piernas aún me tiemblan y no puedo dejar de pensar en lo ocurrido. Recuerdo las
palabras de Fernando: “Yo te quiero en exclusividad y él no”. Eso me inquieta. Imágenes
morbosas pasean por mi mente y noto de nuevo mi vagina estremecerse. De pronto
siento su boca en mi frente y cómo me reparte pequeños besos que me saben de
maravilla. Pedro es dulce y posesivo, y eso me gusta. Me encanta en él. No hemos
hablado de lo ocurrido. No es necesario. Nuestros ojos hablan por sí solos y no
hacen falta ni preguntas ni explicaciones. Todo ha sido consentido y
disfrutado. Agotada, finalmente, me duermo entre sus brazos.