jueves, 3 de abril de 2014

Capítulo 40



A la mañana siguiente, cuando me despierto, vuelvo a estar sola en la habitación. Rápidamente, las imágenes de lo ocurrido la noche anterior regresan a mi mente y me pongo colorada. Pero también me excito.

El mundo de Pedro me está abduciendo y siento que cada vez me gusta más. De pronto, la puerta se abre. Es él con una bandeja de desayuno.

-          Buenos días, morochita.

Ese saludo, tan de mi padre, me hace sonreír y me siento en la cama. Pedro llega hasta mi lado, suelta la bandera y, tras darme un dulce beso en los labios, se sienta a mi lado.

-          He traído zumo de naranja, algo de embutido, tostadas, plumcake y dos cafés con leche, ¿te parece buen desayuno?

Encantada con aquello, sonrío y lo miro.

-          El mejor.

Durante unos diez minutos desayunamos entre risas y, cuando acabamos con todo lo que había en la bandeja, la pone en el piso y se sienta de nuevo junto a mí. Está guapísimo con esa remera blanca y las bermudas de camuflaje. Vestido así parece un jovenzuelo de mi pandilla, no el director de una gran multinacional.

-          Vamos a ver, pequeña, ¿cómo estás? – pregunta mientras me acaricia el óvalo de la cara.
-          Bien, ¿por qué? – al ver su ceja levantada respondo –. Bien… Si me preguntas por lo que ocurrió ayer, tranquilo, estoy bien, lo disfruté y, sobre todo, vos no me obligaste, lo hice yo porque me apetecía.

Pedro asiente. Por su gesto parecía necesitar escuchar aquello y veo que sonríe.

-          Me encantó la experiencia con vos. Fue maravillosa.
-          Para mí fue extraña. Diferente. Pero también morbosa… muy morbosa. Y ya vi cómo disfrutabas cuando Andrés y Frida me tocaban.
-          Mmmm… me excita ver tu cara de perversión, pequeña. Abres la boca de tal manera y te arqueas tan deliciosamente… Me vuelve loco verte así.

Ambos reímos.

-          En referencia a la fiesta de esta noche. Si vos no quieres, no…
-          Sí, quiero. Quiero ir.
-          ¿Segura?
-          Sí. Totalmente.

Mi decisión parece sorprenderlo.

-          ¿Vos no quieres ir?
-          No… no es eso… pero…
-          ¿Acaso hay alguna mujer por la que me tenga que preocupar?

Pedro suelta una risotada y aclara:

-          Absolutamente por ninguna. Con ellas simplemente he jugado y…
-          ¿Has jugado mucho con ellas?
-          Sí.

Eso me incomoda. Cualquiera de ellas me sacará ventaja.

-          Pero ¿mucho… mucho?
-          Mucho… mucho. A algunas las conozco desde hace más de diez años, pequeña. Pero no tienes de qué preocuparte. En cambio, yo sí que me tengo que preocupar. Vos serás nueva y estoy convencido de que muchos hombres te observarán deseosos de ser ellos los elegidos.
-          ¿Vos crees?

Pedro responde que sí con su cabeza y siento que se le oscurecen los ojos. De pronto, lo siento algo escamado y eso me alerta. ¿Estará celoso?

-          Sí, lo creo. Pero no olvides, cariño, que…
-          … que sólo lo haremos con quien yo quiera, ¿me equivoco?
-          No – sonríe, mientras me aparta un mechón de pelo de la cara.

Doy un trago a mi café.

-          ¿Me vas a ofrecer a otro hombre?

Mi pregunta vuelve a pillarlo por sorpresa. Como siempre, lo piensa… lo piensa y, al final, responde con otra pregunta:

-          ¿Te gustaría?
-          Sí… me excita sentir que sos mi dueño. Anoche me excitó.

Se carcajea y, tras darme un beso en los labios, murmura:

-          Señorita Chaves, ¿habla de dueño? ¿No dijo que no le gustaba el sado?
-          Y no me gusta – aclaro –. Pero me excita sentir tu posesión.

Pedro asiente. Clava sus preciosos ojos en mí y murmura:

-          No olvidaré eso cuando te ofrezca esta noche.

Asiento como siempre. Está claro que él sólo hará lo que yo quiera y, deseosa de que todo sea como siempre, me tumbo en la cama y tras hacerle una seña con el dedo para que se tumbe sobre mí le susurro:

-          Vos sos el experto. Estoy en tus manos.

Pedro sonríe y me besa.

-          Cariño… cada día me sorprendes más.

Pongo los ojos en blanco y pestañeo.

-          Me gustas mucho cuando me llamas cariño. ¿Todavía no te has dado cuenta del influjo que provocas en mí cuando me dices palabras cariñosas?
-          Estás comenzando a asustarme.

Eso me hace reír.

-          ¿Qué yo te asusto?

Pedro asiente. Pone entonces sus manos en mi cintura y me hace cosquillas.

-          Sí…, señorita Chaves. Comienzo a temer tus juegos. Creo que vas a ser peligrosa.

Tras la comida, Frida y Andrés se retiran a descansar. Pedro me propone lo mismo, pero me apetece leer en la sombrita. Pedro me acompaña y, tirados en las cómodas hamacas de la pileta y bajo una maravillosa sombra, compartimos música en mi iPod y leemos.

Pero yo apenas leo. Mi mente no para de dar vueltas a todo lo que va a pasar, mientras disfruto de estar junto a Pedro. Verlo a mi lado, tranquilo y relajado mientras lee el periódico me parece algo sublime, maravilloso. De pronto en mi iPod comienza a sonar una canción y oigo que Pedro la tararea. Eso me deja sin habla.

Sé que faltaron razones, sé que sobraron motivos
Contigo porque me matas, y ahora sin ti ya no vivo
Tú dices blanco, yo digo negro
Tú dices voy, yo digo vengo
Miro la vida en colores y tú en blanco y negro.
Dicen que el amor es suficiente, pero no tengo el valor de hacerle frente
Tú eres quien me hace llorar, pero sólo tú me puedes consolar.
Te regalo mi amor, te regalo mi vida
A pesar del dolor eres tú quien me inspira.
No somos perfectos, somos polos opuestos,
Te amor con fuerza, te odio a momentos.

Está tarareando la canción Blanco y negro de Malú. ¡Y se la sabe entera!

Asombrada, no me muevo, mientras hago como si leyera mi libro. Escuchar a Pedro contar aquella canción que siempre me recuerda a él me pone la piel de gallina. Cuando la termina, me doy cuenta de que me mira.

-          Aún recuerdo el día que te escuché cantarla.
-          Sí… muy majo vos. Me dijiste que cantaba fatal, ¿lo recuerdas? – Pedro sonríe y yo añado –: Oye… ¿cómo te sabes esta canción? Recuerdo que me preguntaste el título y quién la cantaba.
-          La busqué.
-          ¿Y por qué la buscaste?
-          Porque escuchar esta canción me recuerda a vos.

Aquella revelación me deja sin palabras. Pedro continúa leyendo y yo lo imito. Estoy emocionada porque, sin utilizar palabras cariñosas, sé que me ha dicho: “Te quiero”.


Capítulo 39



A las nueve de la noche, tras la estupenda ducha que nos hemos dado y de la que estoy convencida que se ha enterado todo el mundo, ajamos de la mano al salón. Allí, Frida y Andrés se están besando, pero dejan de hacerlo cuando nosotros aparecemos.

Pasamos al comedor y nos sentamos alrededor de una maravillosa mesa. Pedro me retira la silla y se sienta a mi lado. Lo veo feliz. Ése es su ambiente y se le nota que está más cómodo. El servicio entra en la estancia y nos sirve un buen vino y después una maravillosa langosta. Pedro me pide una Coca-Cola. Entre risas y confidencias acabamos con el primer plato y nos sirven el segundo, una exquisita carne. Cuando acabamos el rico helado que nos sirven de postres, Frida propone salir al jardín.

Pedro, tras atender una llamada de teléfono, se sienta a mi lado. Siento sus continuas caricias en mi piel y lo noto más pensativo que minutos antes. Aun así, charlamos hasta bien entrada la madrugada, momento en que nos vamos a dormir.

Al día siguiente cuando me despierto, el sol entra por el gran ventanal. Estoy sola en la habitación y me estiro en la cama. Las sábanas huelen a Pedro y eso me hace sonreír. Recordar cómo me hizo el amor la noche anterior me excita, me pone a cien, pero, convencida de que no es momento de fantasear, me levanto, voy al baño y me aseo.

Mientras me visto, un ruidito me hace mirar a mi alrededor. Es el celular de Pedro. Lo localizo sobre la mesita y leo que pone el nombre de “Betta”. De nuevo aquel nombre.

Cuando llego al salón, oigo las risas de Andrés, Frida y Pedro y me sorprendo al ver a un señor y a una señora junto a ellos. Cuando me acerco, me presentan a los padres de Frida, que han venido para llevarse al pequeño Glen de vacaciones con ellos. Le entrego el celular a Pedro y le indico que ha recibido una llamada de una tal Betta. Él asiente, lo guarda en el bolsillo del pantalón y prosigue tan normal. Los padres de Frida y el pequeño Glen se van esa misma noche.

A la mañana siguiente, cuando me despierto, vuelvo a estar sola en la cama. Tras lavarme los dientes, me acerco hasta la pileta y rápidamente Andrés me agarra y me tira al agua. Todos nos reímos y pasamos un rato divertido. Sobre las dos de la tarde, los cuatro nos vamos de compras a Cádiz en el auto de Andrés. Acabamos de recibir la invitación para una fiesta temática ambientada en los años veinte y hay que ir a comprarse algo.

Por la noche, tras una divertida tarde de compras, decidimos cenar en la playa. Acabada la cena en un precioso restaurante de Zahara, tomamos unas copas en un bar y sobre la una regresamos a la casa.

Al llegar salimos a la bonita terraza y nos sentamos. Me gusta sentir a Pedro tan cercano, receptivo, tan pendiente de mí. Andrés va a la cocina y trae una botella de champán. Tras esa primera botella, llega una segunda de la que bebo más lentamente pero que disfruto de todos modos.

Frida y Andrés son unos anfitriones maravillosos. Intentan que nos sintamos como si estuviéramos en nuestra casa y lo consiguen con su actitud. Disfruto del momento sentada en aquel precioso lugar mientras mis ojos miran la pileta oval y el jacuzzi que hay al lado. Sobre las tres de la madrugada hace mucho calor y Frida propone darnos un chapuzón en la pileta.

Sin pensarlo un segundo, acepto y subo a mi habitación a ponerme el biquini. Cuando bajo, Frida ya está en el agua con Andrés y Pedro me espera en el borde. En cuanto me acerco a él, me agarra a traición y los dos caemos en el agua. Entre risas y cachondeo, nos bañamos un rato, hasta que, más adelante, Frida y yo nos sentamos en la ancha escalera de la pileta y Pedro y Andrés se hacen unos largos.

Cuando los chicos llegan hasta nosotras, Andrés toma a su mujer de un pie y la arrastra hacia la pileta. Ella protesta pero, dos segundos después, ríe a carcajadas. Pedro divertido se acerca a mí, me agarra en brazos y me sienta a horcajadas sobre él.

El agua nos llega hasta la cintura y pronto sus manos se meten por debajo de la bombacha de mi biquini y me comienza a tocar. Asustada por aquello, lo miro con reproche y él ríe.

-          ¡Pedro! – le regaño –. No hagas eso. Nos pueden ver.

Su contestación es un tórrido beso que rápidamente consigue calentarme el alma y la vida. Su boca y sus manos ya me tienen en el punto de partida que él siempre quiere y, cuando se separa de mí, murmura mientras señala con la vista:

-          Tranquila, pequeña. Ni Andrés ni Frida van a asustarse.

Curiosa, miro hacia donde él señala y veo que la otra pareja se besa apasionadamente. Incluso veo que Andrés le desabrocha el biquini a Frida y éste queda flotando sobre la pileta. Rápidamente miro a Pedro en busca de una contestación.

-          Sí, morochita… a ellos también les gusta el morbo.

Comienzo a temblar, y no es de frío, cuando siento que los otros dos se acercan a nosotros. Frida está juguetona y sale de la pileta. Se sienta en el borde junto a nosotros con los pechos húmedos y resbaladizos mientras Andrés se pone detrás de mí y posa sus manos sobre mi cintura. Pedro, al ver cómo lo miro, mueve la cabeza y Andrés me suelta en seguida, sale de la pileta y, tras besar a su mujer, ambos desaparecen en el interior del chalet.

Estoy nerviosa. ¡Histérica!

No sé dónde meterme, pero siento que mi vagina se lubrica y se deshace por dentro.

Pedro, al notarme tensa, se levanta de la ancha escalera y, sin soltarme, se mete conmigo hacia el interior de la pileta. Me agarro a él con desesperación.

-          Tranquila, pequeña. Conmigo nunca harás nada que vos no quieras.

Boqueo como un pez. Me falta aire y consigo susurrar:

-          Ellos… ¿juegan a los mismos juegos que vos?
-          Sí.
-          ¿Y…?
-          Pau, te tiene que quedar claro lo que te dije hace poco. El sexo es sólo sexo. Frida y Andrés son una pareja muy sólida que tienen claro qué es lo que les gusta en el plano sexual. Hemos ido en varias ocasiones juntos a club de intercambio de parejas y allí han disfrutado de tríos y orgías y, cuando han regresado a su casa, han continuado siendo ellos mismos. Andrés y Frida. Una pareja.
-          ¿Vos has… has estado con ellos?
-          Sí. Nosotros dos para ella. A mí los hombres no me van – bromea y sonrío –. Escucha, Pau, debes entender que tanto Frida, como Andrés y como yo tenemos las ideas claras y sabemos diferenciar entre sexo y los sentimientos. A los tres nos gusta disfrutar del morbo del juego pero, una vez acaba, nos respetamos como personas. Por cierto, la fiesta a la que estamos invitados mañana es…
-          Una fiesta donde todo el mundo juega, ¿verdad?

Pedro asiente.

-          Si vos no quieres, no tenemos por qué ir.

Durante un rato, los dos permanecemos callados hasta que me lleva hasta la escalera, me toma de las manos y me dice:

-          Ven. Entremos en el jacuzzi.

Lo sigo hasta allí.

-          Qué calentita – murmuro al entrar en él.
-          Demasiado caliente. – Pedro aprieta unos botones y, segundos después, el agua se enfría.

Permanecemos callados mientras las burbujas explotan a nuestro alrededor, hasta que él me atrae de nuevo hacia sí y me sienta de nuevo a horcajadas sobre él.

-          ¿Ves cómo me tienes? – dice mientras aprieta mi vagina contra su pene.
-          Sí. – Sonrío y, sin poder evitarlo, pregunto –: ¿Qué te hubiera gustado que hubiera pasado en la pileta?

Echa la cabeza hacia atrás.

-          Ah… cariño. Me hubiera gustado que hubiera pasado muchas cosas.
-          Cómo por ejemplo… – insisto.

Pedro levanta el mentón y me mira.

-          Aún recuerdo cómo te estremecías aquella tarde en mi hotel cuando Frida se metió entre tus piernas y te hizo todo lo que le pedí.
-          ¿Era Frida?
-          Sí. – Darme cuenta de eso me deja asombrada –. Mmmmm… me gusta la delicadeza que muestran las mujeres. Me excita mirarlas. ¡Son exquisitas!
-          ¿Y los hombres?

Noto su mirada alerta y añade:

-          Cielo, ya te he dicho que los hombres no me van.

Eso me hace gracia.

-          Me refería a que si en tus fantasías sólo incluyes a mujeres.
-          No, mis fantasías son más amplias. Adoro ver a dos mujeres poseyéndose, aunque luego me gusta compartirlas con otros hombres.
-          ¿Y te vez compartiéndome a mí con otro hombre?
-          Si vos quieres, sí – responde con una sonrisa.

Sólo decirlo me excita. Me excita mucho más que imaginarme con otra mujer. Pedro clava su mirada en mí.

-          Tu places es mi placer y, si vos me lo pides, te compartiré. Pero, llegado el momento, seré yo quien mande en ese juego. Sos mía y quiero que quede claro.

Ardo. Me caliento. Voy a explotar. Me aviva ese comentario de posesión y murmuro inquieta:

-          Has dicho que vos y Andrés han jugado con Frida.
-          Sí. – Y acercando su boca a mí oído me pregunta –: ¿Quieres que te comparta con otro hombre?

Imaginarlo me excita, me inquieta, me estimula.

-          Pedro…
-          Ah… morochita, creo que te voy a tener que atar en corto. Sos más curiosa de lo que yo imaginaba, pero me gusta tu curiosidad, me vuelve loco.

Eso me hace reír. Le ofrezco mi boca, que él toma con avidez.

-          Si vamos mañana a esa fiesta, ¿qué ocurrirá?
-          Lo que vos quieras.
-          Pero… pero allí…
-          Allí la gente va a lo que va, pequeña. Todos buscan lo mismo: sexo. Si vos quieres, lo tendrás. Puedes mirar o puedes participar, todo depende de vos.
-          Y vos… ¿qué quieres vos?

Pedro pasea su boca por mi cuello.

-          Tras la conversación tan interesante que acabamos de tener y que me tiene duro como una piedra, lo que voy a querer es follarte y que te follen. Adoro ver tu gesto cuando te corres. Y como ahora sé qué es lo que te excita, quiero ofrecer tus pechos, tu vagina, y observar el momento. Eso me proporcionará un gran placer.

Todo lo que me dice consigue de mí el efecto deseado y siento que ahora soy yo la que quiere cumplir cualquiera de esas fantasías. Mi respiración se acelera, Pedro sonríe.

-          Tu cuerpo me dice que te pida lo que quiera. Y sé que ahora mismo cualquier cosa que te propusiera lo harías, porque estás tan excitada, tan caliente que lo deseas, ¿verdad?
-          Sí – admito.

Pedro se levanta y me da la mano.

-          Ven, acompáñame.

No lo dudo. Le doy la mano y salimos del jacuzzi.

Agarra una toalla y la pone alrededor de mi cuerpo. Me seca con mimo.

-          Pau… te tiene que quedar claro que yo nunca haré nada sin tu consentimiento. No me perdonaría que me reprocharas nada. Sos demasiado importante para mí.
-          No te voy a reprochar nada, Pedro. Es sólo que me asusta lo desconocido, pero quiero experimentar a tu lado.

Mi respuesta parece agradarle y me besa. Me besa con pasión y juntos caminamos hacia el interior de la casa. Pero en vez de llevarme hacia la habitación me hace girarme en otro pasillo. De pronto escucho jadeos y, al llegar frente a una puerta que está entreabierta, me mira y dice:

-          Andrés y Frida están dentro, ¿quieres que pasemos?

Asiento, pero susurro.

-          Siempre y cuando no te alejes de mí.
-          Eso no lo dudes nunca, cariño. Sos mía.

Su posesión me gusta y, cuando entramos en la habitación, mi respiración se vuelve irregular. Estoy nerviosa, excitada, pero tengo miedo. Veo una cama redonda en medio de una enorme sala azul. La música suena y Frida y Andrés hacen un sesenta y nueve. Al vernos, dejan de hacer lo que están haciendo y nos miran. Pedro cierra la puerta y me quita la toalla. Tiemblo.

-          Vos decides, Pau.

Su voz me hace regresar a la realidad y, ante la atenta mirada de los otros dos, murmuro:

-          Deseo jugar.

Pedro me besa. Después mira a Andrés y éste se levanta de la cama desnudo. Nos rodea y se para en mi espalda. Miro a Pedro y noto cómo su amigo me desabrocha la parte superior de mi biquini y, cuando lo consigue, lo saca por la cabeza.

Mis pechos rozan el pecho de Pedro y mis pezones rápidamente se ponen duros ante aquella situación. Mi Dios… mi adonis no me quita ojo desde su altura. Está serio e imperturbable cuando se dirige a su amigo.

-          Andrés, quítale la bombacha del biquini.

Su voz me excita. Su posesión sobre mí. Y cuando siento los dedos de Andrés agarrar mi bombacha y bajarla, jadeo. En su camino siento su aliento en mi trasero y eso me pone la piel de gallina.

Una vez desnuda, mi excitación es tan grande que el miedo ha desaparecido para dar paso al morbo, y Pedro sonríe. Sabe que estoy bien y dispuesta.

-          ¿Puedo tocarla? – pregunta Andrés a mis espaldas.

Pedro sigue mirándome y yo asiento. Pedro responde:

-          Sí.

Instantes después, las manos de Andrés pasean por mi cuerpo. Toca mis pechos, mi cintura y, cuando sus dedos llegan a mi vagina e introduce uno de ellos, jadeo. Frida llega hasta nuestro lado y Pedro se aparta. Se agacha, me hace abrir las piernas y su boca va directamente hasta mi sexo.

Cierro los ojos. Las piernas me tiemblan mientras Andrés y Frida me tocan y disfrutan de mí. Pedro, al ver aquello, acerca su boca a la mía y susurra:

-          Sí… así… disfruta para mí

Durante unos minutos me siento el caramelito de la habitación. Cuatro manos recorren mi cuerpo y dos bocas se esmeran en arrancarme jadeos, mientras Pedro nos observa con los ojos brillantes por la lujuria. De pronto, Pedro toca la cabeza de Frida y ella deja de acariciarme, se da la vuelta y veo que le acaricia el torso. Mete su mano en su bañador, le saca el pene y se lo acerca a la boca. Saca la lengua y comienza a lamerlo en toda su longitud.

Excitada, no puedo dejar de mirar, mientras Andrés me muerde los pezones.  Frida disfruta con lo que hace y lame el pene como si se tratara de un helado. Se lo introduce totalmente en la boca y le acaricia los testículos. Yo miro… miro… y miro y siento que mi excitación se aviva más. Estoy tan caliente que me agacho un poco para facilitarte la tarea a Andrés con mis pechos y se los ofrezco para que se dé un festín.

Pedro se estremece, yo jadeo y lo oigo murmurar:

-          Vayamos a la cama.

Los cuatro, desnudos, nos dirigimos a ella. Pedro se quita el bañador y su pene lujurioso está duro y deseoso de jugar y veo que Andrés se pone frente a su mujer. Pedro se coloca finalmente frente a mí. Frida deposita entre nosotras una caja cuadrada y blanca y pregunta:

-          ¿A qué quieren jugar?

La saliva se me estrangula en la garganta. No sé qué decir cuando oigo a Pedro decir:

-          Algo suave.

Frida y Andrés hacen un gesto con la cabeza, y entonces ella mira en el interior de la caja, saca dos vibradores como el que me regaló Pedro a mí y me mira.

-          Está limpio, cariño. Ante todo, la higiene.

Asiento y lo agarro.

Pedro me encoge las piernas y me abre las rodillas. Mi sexo está caliente, chorreante y late desbocado.

-          Mastúrbate para mí, cariño – me dice Pedro.
-          Y vos para mí, Frida – pide Andrés.

Como una autómata, abierta de piernas junto a Frida y frente a Pedro y Andrés, pongo el vibrador en mi mojada hendidura y lo pongo al uno. La vibración, la humedad y la excitación me piden más y lo subo al dos. Ardo. Tengo mucho calor y siento que voy a explotar cuando mi clítoris rápidamente reacciona y me comienza a dar descargas de placer.

Pedro, entre mis piernas, me mira y se pone un preservativo mientras leo su necesidad en la cara de que me corra para él. Subo la intensidad del vibrador y su descarga hace que arquee la espalda y grite. Un jadeo a mi lado me hace recordar que Frida está en la misma tesitura y eso me estimula, y más cuando veo que Andrés le quita el vibrador y la penetra. Sus jadeos se convierten en gritos de placer y eso me azora todavía más. Ver a dos personas a mi lado hacer el amor es algo totalmente nuevo para mí y no puedo dejar de mirar hasta que ellos se dejan ir y sus gritos bajan de intensidad.

Pedro no me quita ojo. Está tan excitado como yo.

-          Andrés, ofréceme a Pau – dice, sorprendiéndome.

Rápidamente siento que Andrés se levanta, se sienta en el borde de la cama y me dice:

-          Ven aquí. Siéntate sobre mí.

Sin saber realmente a lo que se refiere, me levanto y cuando voy a sentarme mirándolo, me da la vuelta y me hace mirar a Pedro. Después me sienta sobre sus piernas y me susurra al oído:

-          Recuéstate sobre mí, sube tus pies a la cama y abre las piernas. Yo te sujetaré por los muslos para que Pedro te penetre.

Completamente excitada por el momento, hago lo que me pide mientras siento su pene en mi trasero y me abre los muslos. Pedro se acerca a mí, a nosotros, se mete entre mis piernas, me agarra de la cola y me mete lentamente su duro pene mientras Andrés me sujeta las piernas y me abre para él. Pedro, tras varias embestidas que me hacen gemir, se queda quieto y musita:

-          Esto es ofrecerte a alguien. ¿Te gusta la sensación?
-          Sí… sí…
-          Pues así te ofreceré yo a otros hombres – susurra mientras me penetra –. Abriré tus muslos para darles acceso a tu interior siempre que yo quiera, ¿te parece?
-          Sí… sí… – jadeo enloquecida.

Me besa. Me devora los labios y ambos oímos que Andrés dice:

-          Más tarde, quizá Pedro te ofrezca y seremos Frida o yo quienes te follemos.

Las palabras de Andrés me incitan mientras siento el implacable pene de Pedro tan duro como una piedra en mi interior. Pedro mueve las caderas y eso me hace resoplar. Noto cómo me llena por completos y comienza a moverse adelante y atrás mientras Andrés murmura:

-          ¿Te gusta, Paula?
-          Sí… Oh… Dios mío.

La estimulación que siento en ese instante es profunda y maravillosa mientras Pedro avanza y continúa su saqueo implacable sobre mí y Andrés me ofrece. Frida nos mira y veo que se masturba con un consolador. Me muerdo los labios, jadeo, me retuerzo.

-          Vamos, nena… – me dice Pedro de repente –. Dime cómo quieres que te coja.

Al ver que no respondo, Pedro me da un chirlo en el culo que me introduce más en él y yo balbuceo como puedo:

-          Rápido… fuerte.
-          ¿Así, pequeña? – acelera y profundiza más.
-          Sí… sí…

Mueve las caderas con vigorosidad y grito. La intensidad en sus movimientos aumenta segundo a segundo, penetración a penetración, y mi placer con él. Ardo. Estoy fuera de control. Y cuando un calor embriagador me hace soltar un gemido de placer, Pedro gira las caderas y me embiste por última vez y los dos nos corremos.

Tras aquel primer asalto, llegan dos más donde vuelvo a disfrutar como una loca y donde veo lo mucho que Pedro goza ofreciéndome y follándome. Él me ha hecho descubrir un mundo hasta ahora desconocido para mí y sólo lo quiero disfrutar… disfrutar y disfrutar.

Aquella noche, en la soledad de nuestra habitación, Pedro me abraza. Las piernas aún me tiemblan y no puedo dejar de pensar en lo ocurrido. Recuerdo las palabras de Fernando: “Yo te quiero en exclusividad y él no”. Eso me inquieta. Imágenes morbosas pasean por mi mente y noto de nuevo mi vagina estremecerse. De pronto siento su boca en mi frente y cómo me reparte pequeños besos que me saben de maravilla. Pedro es dulce y posesivo, y eso me gusta. Me encanta en él. No hemos hablado de lo ocurrido. No es necesario. Nuestros ojos hablan por sí solos y no hacen falta ni preguntas ni explicaciones. Todo ha sido consentido y disfrutado. Agotada, finalmente, me duermo entre sus brazos.