jueves, 3 de abril de 2014

Capítulo 35



Cuando llegamos al circuito, nos encontramos con Roberto en la puerta. En cuanto me ve, me saluda y me indica que espere a mi padre en la zona de boxes. Le indico a Pedro cómo llegar hasta allí y bromea conmigo mientras da acelerones que hacen que yo grite y me agarre a él.

Al llegar a boxes no hay nadie. Nos apeamos de la moto y yo la miro. Es una preciosidad.

-          ¿Quieres que te enseñe a llevarla?

Su pregunta me sorprende y reacciono como una niña.

-          Uf… no sé.
-          ¿Te dan miedo?
-          Noooooooooo.
-          ¿Entonces?

El sol me da en la cara y guiño un ojo para verlo mejor.

-          Me da miedo caerme y jorobarla.
-          No dejaré que te caigas – responde con seguridad.

Eso me hace reír. Ése es Pedro, un hombre seguro.

Al final, azuzada por él, me monto en la moto. Miro a mi alrededor y veo que mi padre todavía no aparece. Durante unos minutos, me explica que las marchas están en el pie izquierdo, luego me indica cuál es el puño de acelerar, el embrague y cómo tengo que frenar. Después arranca la moto.

-          ¡Vaya, qué sonido tiene!
-          Nena, las Ducati suenan todas así. Fuerte y bronco. Ahora venga, mete primera y…

Hago lo que me pide y la moto se cala.

Con una sonrisa cariñosa, vuelve a arrancarla.

-          Esto es como un auto, cariño. Si sueltas el embrague de prisa se cala. Mete primera, suelta despacito y acelera.

Me ha llamado cariño dos veces en menos de dos horas. ¡Dos veces!

Vuelvo a meter primera, suelto despacito y ¡zas!, la moto se me vuelve a calar.

-          No te preocupes. – Ríe, acercándose a mí.

Hace el mismo proceso y esta vez me concentro. Meto primera, suelto despacito el embrague y acelero. La moto comienza a andar y él aplaude mientras yo chillo. De pronto freno y la moto se levanta de atrás. Pedro grita y se acerca corriendo hacia donde me he parado.

-          Si frenas sólo con el freno de delante, te puedes caer.
-          Vale.

Repetimos el proceso veinte veces más y cada vez lo hago peor. Freno peor y me voy a matar. La cara de Pedro es un poema.

-          Vamos, bájate de la moto.
-          Nooooo… ¡Quiero aprender!
-          Otro día continuaremos con las clases – insiste.
-          Venga, Pedro… no seas aguafiestas.

Sus ojos no sonríen. Está tenso.

-          Se acabó, Pau. No quiero que te rompas la cabeza.

Pero yo ya le he tomado el gustillo al asunto y quiero seguir.

-          Una vez más, ¿vale? Sólo una vez.

Pedro me mira, muy serio, pero claudica.

-          Una vez más, pero luego te bajas, ¿entendido?
-          ¡Biennnnn! Entonces meto primera y… – Al ver la incomodidad en su mandíbula lo miro y pregunto –: Oye, ¿por qué estás tan preocupado?
-          Pau… tengo miedo de que te hagas daño.
-          ¿Te angustia no saber lo que va a pasar?
-          Sí.
-          ¿Por qué?

Sin entender mis preguntas y con el ceño fruncido responde:

-          Porque necesito saber que estás bien y que no te pasa nada.

Arranco de nuevo la moto. Meto primera, suelto el embrague y acelero con precaución. La moto va despacito y él a mi lado.

-          ¡Pedro!
-          Dime.
-          Que sepas que la angustia que acabas de sentir en este ratito no es comparable con la que yo he sentido por vos estas dos semanas. Y ahora, ¡mira esto!

Meto segunda, acelero y la moto sale despedida. Meto tercera… cuarta y salgo directa al circuito. Por el retrovisor veo que se queda patidifuso y entonces sonrío. Estoy encantada de volver a manejar una moto. Algo que siempre me ha gustado y que me proporciona libertad. Mientras tomo las curvas del circuito de Jerez pienso en él. En su gesto de preocupación y de nuevo vuelvo a sonreír. Me lo imagino en los boxes, sólo y desconcertado. Acelero.

Salgo de la pista y me meto en los boxes. Me lo encuentro sentado en un escalón. Cuando me ve, se levanta. Su gesto es duro. Iceman ha vuelto pero, encantada de haberlo hecho sufrir por unos minutos, llego hasta él y freno, con brusquedad y sin apagar la moto. Me quito el casco y al más puro estilo de Los Ángeles de Charlie lo miro.

-          Pero, vamos a ver, Iceman, ¿de verdad creías que yo, la hija de un mecánico, no sabía manejar una moto?

Pedro se acerca a mí. Creo que me va a decir de todo menos bonita cuando me agarra por el cuello y me besa con auténtica pasión. Subida aún en la moto lo agarro y lo devoro hasta que escucho la voz de mi padre:

-          Ya sabía yo que la que corría por la pista era mi morochita.

Rápidamente me separo de Pedro. Le guiño un ojo, lo que lo hace sonreír, y vuelvo la cabeza hacia mi padre.

-          Papá, te presento a un amigo. Pedro Alfonso.

Mi padre sonríe. Lo escanea con la mirada y sé que sabe que ése es el hombre que está en mis pensamientos. Pedro da un paso adelante y le da la mano con fuerza. Mi padre se la acepta.

-          Encantado de conocerlo, señor Chaves.
-          Llámame Miguel, muchacho, o tendré que llamarte yo a vos por tu apellido.

Ambos sonríen y sé que se han caído bien. Después, Pedro me mira y se dirige a mi padre:

-          Miguel, tiene usted una hija un poco mentirosa. Me había dicho que no sabía montar en moto y, después de hacerme enseñarla cómo embragar, ha salido disparada como una flecha.
-          ¿Le has dicho eso, sinvergüenza? – se mofa mi padre.

Yo asiento divertida.

-          Pedro, mi morochita ha sido la campeona de motocross de Jerez durante varios años y, a día de hoy, sigue cosechando premios.
-          ¿En serio?
-          Ajá – asiento divertida.

Durante un rato, Pedro y mi padre bromean y yo entro en sus bromas. Tengo ante mí a los dos hombres que más quiero en mi vida y estoy feliz. Un rato después, mi padre comienza a andar y vuelve su cabeza hacia nosotros.

-          Síganme, muchachos.

Cuando voy a seguir a mi padre, Pedro me agarra por la cintura y me acerca a él.

-          Morochita, sos una cajita de sorpresas.

Pestañeo como una dulce damisela y le suelto un fingido puñetazo en el estómago que lo hace reír.

-          Pues ándate con ojo, que también fui campeona regional de kárate.

Lo oigo silbar, sorprendido, cuando mi padre dice al entrar en un box:

-          Mira lo que tengo preparado para vos.

Ante mí está la moto con la que gané esos premios de motocross, limpia y reluciente. Una Ducati Vox Mx 530 de 2007. Emocionada, voy hasta ella y me monto. A mi padre le suena el celular y sale del box. La arranco y su sonido áspero retumba a nuestro alrededor. Después miro a Pedro y digo mientras sonríe a carcajadas:

-          ¿Te he dicho que me encanta el sonido fuerte y bronco de las Ducati, nene?