Durante seis días, mi mundo es de color de rosa. Vivo en un país
multicolor como la abeja Maya y me
siento como una princesa, tipiti-tipitesa, rodeada de dos personas que me
quieren y me protegen.
Fernando continúa con sus llamadas y, en su último mensaje, me indica
que sabe que Pedro Alfonso está conmigo en Jerez. Eso me molesta. Enterarme de
que Fernando sabe sobre la vida de Pedro no es plato de buen gusto, pero decido
callarme. Si le explico algo a Pedro, seguro que empeoro la situación.
Él y mi padre se llevan de maravilla y aunque, al principio, mi padre
se enojó con él por haber alquilado una villa, al final entiende que somos
adultos y necesitamos intimidad.
Los amigos y vecinos de mi padre rápidamente apodan a Pedro como “el
Frankfurt”, por aquello de ser alemán y eso a él le hace gracia. El carácter
español, especialmente el andaluz, es tan diferente al alemán, que veo la
sorpresa continuamente en sus ojos.
Mi padre, día a día, se emociona con Pedro. Noto que le gusta, lo
respeta y lo escucha y eso dice mucho de él. Incluso algunas tardes se van
juntos de pesca y regresan encantados y felices. En esos días siempre que puedo
me escapo para correr y derrapar un poco con mi moto. Me encanta hacerlo y lo
disfruto mogollón.
Una de esas tardes aparece Fernando con su moto. Se cruza en mi
camino. Ambos nos paramos.
-
¿Te has vuelto loca? ¿Qué hace ese tipo aquí?
Molesta por la intromisión, me quito las gafas de protección del
casco.
-
Te estás pasando. A vos no te importa lo que él
hace aquí.
Fernando se baja de la moto y se acerca a mí.
-
Por el amor de Dios, Paula, ¿sabe tu padre que
ése es tu jefe?
-
No.
-
¿Y cuándo se lo vas a decir?
A cada instante que pasa me voy enojando más.
-
Cuando me dé la gana.
Fernando se mueve con rapidez, se acerca a mí, me agarra del cuello,
posa su frente sobre la mía y murmura:
-
Paula… yo te quiero.
-
Fernando no…
Sin separarse de mí, sigue hablando:
-
Te quiero sólo para mí, en exclusividad. Ese tipo
no te quiere como yo, piénsalo por favor y…
Le doy un empujón y me separo de él.
-
Quiero continuar mi camino, Fernando. Quítate de
en medio, ¿de acuerdo?
-
¿Me estás diciendo que prefieres la compañía de
ese hombre a la mía? – murmura, sin apartarse un ápice y con actitud
intimidatoria –. Ese tipo te está utilizando y, cuando se aburra de vos, te
dejará a un lado como ha hecho con cientos de mujeres. Para él sos una más,
mientras para mí sos especial, ¿no lo ves? Te creía más lista, Paula, por el
amor de Dios.
No quiero ser cruel como él lo está siendo conmigo. Quiero a Fernando.
Es un buen amigo. Pero por Pedro siento algo tan fuerte que no lo puedo obviar.
Al ver mi silencio, se da la vuelta y se monta en su moto, malhumorado.
-
De acuerdo. Estréllate contra la pared vos
solita.
Dicho esto se va y me deja desconcertada y con un sabor amargo en la
boca.
El séptimo día, mi padre me recuerda el evento de motocross de todos
los años en Puerto Real, un pueblo cercano a Jerez. Al recordarlo se me hace
cuesta arriba. Ese año prefiero disfrutar de Pedro y de su compañía, pero al
ver la ilusión de mi padre y sus amigos por que yo asista y participe, claudico
y animo a Pedro a acompañarnos.
Papá siempre quiso tener un hijo. Un varón. Pero la vida le dio dos
hijas. Aunque yo, con mi locura, creo haber resarcido esa carencia.
Pedro en un principio no sabe muy bien a lo que vamos. Me deja claro
que no le gustan los deportes de riesgo. Yo sonrío y lo engaño. ¿Qué le voy a
hacer?
Pero cuando ve mi moto en el remolque y a mi padre junto a sus dos
amigos del alma, el Lucena y el Bicharrón, hablar sobre saltos, derrapes y
demás entiende perfectamente lo que voy a hacer. Su gesto me demuestra su incomodidad.
-
No quiero que hagas lo que dicen – murmura a
escasos metros de ellos.
-
Escucha, Pedro. Para mí lo que dicen es pan
comido. Llevo practicando motocross desde que tenía seis años. Y mira, tengo
veinticinco, y sigo enterita.
Su rostro y su boca me muestran la tensión que siente.
-
Te prometo que lo pasarás bien – insisto –. Vos ven
y ya verás, ¿de acuerdo?
-
Vaya, vaya, vaya – escucho de repente detrás de
mí –. Mi preciosa motera jerezana.
Me vuelvo y me encuentro con Fernando. Su comentario no me gusta nada.
Mis tripas se contraen, pero intento que no se me note. El Bicharrón mira a su
hijo y después a Pedro. Siento que está tan tenso como yo, pero hago de tripas corazón
y sonrío.
-
Fernando, él es Pedro. Pedro, él es Fernando.
Ambos se dan la mano y yo, que estoy en medio, veo su incomodidad. Se retan
con las miradas. Dos rivales. Dos hombres y yo en medio como los jueves. Por suerte,
mi padre da una palmada al aire e indica que debemos marcharnos. Fernando se
apunta y Pedro rápidamente me hace saber que nos seguirá en su moto. Yo decido
acompañarlo.
Cuando mi padre, el Lucena, el Bicharrón y Fernando se montan en el
auto y arrancan, Pedro me pasa uno de los cascos.
-
No me gusta ese tal Fernando.
-
¿Celoso?
-
¿He de estarlo?
Incómoda por lo que sé, le doy un beso en los labios.
-
Para nada, cariño.
Cuando llegamos al lugar donde se va a celebrar la carrera, mi padre y
sus amigos comienzan a saludar a todo el mundo y yo también. Conocemos al
noventa por ciento de los corredores y acompañantes de todos los años que hemos
participado en ese tipo de carreras. A las diez y media, Cristina, la
organizadora del motocross femenino, me entrega mi dorsal, el 51, y me indica
que a las doce es la primera eliminatoria.
Pedro no habla. Sólo me observa. A cada segundo que pasa veo en sus
ojos la inquietud e intento relajarlo. Pero cuando aparezco vestida con mi mono
rojo de cuero, las protecciones, las botas, los guantes y el casco, se queda
blanco como la cera.
-
¿Me puedes explicar qué haces así vestida? – me pregunta
con enfado.
-
¿No te parezco sexy? – Sonrío.
No contesta a mi pregunta.
-
Pau, no quiero que lo hagas. Esto es un deporte
de riesgo.
-
¡Venga ya…! No digas tonterías – sonrío de nuevo
e intento no darle importancia.
Fernando, que nos observa y sé que nos escucha, se acerca a nosotros y
con una sonrisa de lo más falsa dice:
-
Vamos, preciosa… dale gas y déjalos a todos sin
habla.
-
Eso haré – respondo.
Fernando, que lleva dos cervezas en la mano, le pregunta a Pedro:
-
¿Quieres una? – Y sin darle tiempo a responder,
continúa –: Toma. Esta cerveza enterita para vos. La otra para mí. Yo no
comparto nada.
Ese comentario me subleva. Pero ¿qué hace ese inconsciente?
Pedro no habla pero puedo percibir su desagrado mientras Fernando se
dirige a él:
-
¿Sabes que “nuestra chica” es especialista en
saltos y derrapes?
-
No.
-
Pues prepárate, porque, si no lo sabías, hoy te
va a quedar bien claro.
Dicho esto, Fernando se acerca a mí y me da un beso en la cara.
-
Vamos, preciosa. ¡Cómetelos!
En cuanto nos quedamos solos, Pedro me mira, molesto.
-
¿A qué venía eso de “nuestra chica” y lo de “compartir
la cerveza”?
-
No lo sé – respondo incrédula por lo sucedido.
Pedro no es tonto y nota, como yo, la mala baba en las palabras de Fernando.
Resopla, maldice y aparta su mirada de él.
-
Te vas a hacer daño, Pau. No sé cómo tu padre te
permite hacer esto.
Eso me hace reír. Señalo a mi padre, que está con sus dos amigos
haciendo los últimos arreglos de mi moto.
-
¿De verdad crees que mi padre está preocupado?
Pedro lo mira. Lo estudia durante unos segundos y acaba dándose cuenta
de la felicidad en su rostro.
-
Vale… pero el hecho de que él no esté
preocupado, no quiere decir que yo no deba estarlo.
Sonrío, me acerco más a él y, sin importarme que Fernando nos mire, me
subo a una caja que hay en el piso para estar a su altura y acerco mi boca a la
suya.
-
Vos tranquilo… pequeño. Sé lo que hago.
Consigo que Pedro curve sus labios y casi sonría. Le doy un beso que
me sabe a gloria.
-
Por tu bien – me dice, serio –, más vale que
sepas lo que haces o te juro que luego te lo haré pagar.
-
Mmmmm… ¡eso me encanta!
-
Pau… hablo en serio – insiste.
-
Venga vaaaaaaaa… si esto para mí es un paseíto
de naaaaaaa.
No sonríe. Yo sí.
Escucho la voz de mi padre que me llama. Tengo que salir a pista. Doy un
rápido beso a Pedro, me bajo de la caja y suelto su mano para acercarme hasta mi
moto. Mi padre la acelera y la revoluciona. Yo grito feliz y llena de emoción,
mientras Pedro cada vez arruga más el entrecejo.
Diez minutos después estoy en pista con otras participantes con la
adrenalina por los aires, saltando y corriendo sin ser conscientes del peligro.
El motocross es una combinación de velocidad y destreza, y ambas cosas unidas
me gustan.
Siempre he sido una osada alocada, el chico que mi padre nunca tuvo. Derrapo
en curvas cerradas, salto baches con cambios rasantes y mi mono se llena de
barro mientras mi adrenalina acelera mis movimientos y soy consciente de que mi
posición en esa carrera es buena. Termino entre las cuatro primeras y paso a la
segunda ronda.
Pedro está blanco como el mármol. Lo que acabo de hacer y los porrazos
que él ha visto en otras participantes apenas lo dejan respirar. Pero no
tenemos tiempo de hablar, he de participar en la siguiente manga y así
sucesivamente hasta que sólo quedamos seis participantes.
Mi padre, junto al Lucena y el Bicharrón, gritan como locos mientras
hacen los ajustes de mi moto. Fernando, un experto en motocross, me da
instrucciones sobre otras participantes y yo lo escucho. Saben que lo hago bien
y saben que puedo alzarme con algún premio. Pero yo no puedo dejar de buscar a Pedro.
¿Dónde está?
-
Morochita – dice mi padre –. Pedro se ha
marchado para Jerez.
-
¡¿Cómo?! – pregunto boquiabierta.
-
Lo que te digo, hija. Ha dicho que prefería
esperarte en la villa. – Y, acercándose a mí, murmura –: Ese hombre lo estaba
pasando fatal, hija. Aunque, ahora que lo pienso, no sé si era por verte dar
saltos en la pista o por la presencia de Fernando y sus atenciones.
-
Papáaaaaaaaa – le regaño al verlo sonreír.
Pero no podemos continuar hablando. La nueva manga comienza y tengo
que ponerme en la salida. Mi concentración flaquea, pero mi mala leche está por
todo lo alto. Pedro se ha ido y eso me enoja. Cuando la carrera da comienzo,
salgo disparada como una flecha. Salto un montículo, dos… tres, derrapo,
acelero y agarro varios baches seguidos antes de derrapar. Al final entro la
segunda y grito de felicidad.
Mi padre, el Lucena y el Bicharrón corren a abrazarme. Estoy totalmente
embarrada, pero he vuelto a conseguir hacerlos vibrar. Cuando me sueltan, es Fernando
quien me toma entre sus brazos demasiado efusivo.
-
Felicidades, preciosa. ¡Sos la mejor!
-
Gracias y suéltame.
-
¿Por qué? ¿Acaso a tu Pedro no le gusta compartir
a su mujer?
-
Suéltame, gilipollas, o te juro que te machaco
aquí mismo – gruño ofendida.
Cinco minutos después, en el improvisado podio, disfruto feliz al ver
a mi padre, al Lucena y al Bicharrón aplaudir junto a Fernando, orgullosos de
mí. Yo levanto el trofeo y soy consciente de que me hubiera gustado que Pedro estuviera
allí.