jueves, 3 de abril de 2014

Capítulo 40



A la mañana siguiente, cuando me despierto, vuelvo a estar sola en la habitación. Rápidamente, las imágenes de lo ocurrido la noche anterior regresan a mi mente y me pongo colorada. Pero también me excito.

El mundo de Pedro me está abduciendo y siento que cada vez me gusta más. De pronto, la puerta se abre. Es él con una bandeja de desayuno.

-          Buenos días, morochita.

Ese saludo, tan de mi padre, me hace sonreír y me siento en la cama. Pedro llega hasta mi lado, suelta la bandera y, tras darme un dulce beso en los labios, se sienta a mi lado.

-          He traído zumo de naranja, algo de embutido, tostadas, plumcake y dos cafés con leche, ¿te parece buen desayuno?

Encantada con aquello, sonrío y lo miro.

-          El mejor.

Durante unos diez minutos desayunamos entre risas y, cuando acabamos con todo lo que había en la bandeja, la pone en el piso y se sienta de nuevo junto a mí. Está guapísimo con esa remera blanca y las bermudas de camuflaje. Vestido así parece un jovenzuelo de mi pandilla, no el director de una gran multinacional.

-          Vamos a ver, pequeña, ¿cómo estás? – pregunta mientras me acaricia el óvalo de la cara.
-          Bien, ¿por qué? – al ver su ceja levantada respondo –. Bien… Si me preguntas por lo que ocurrió ayer, tranquilo, estoy bien, lo disfruté y, sobre todo, vos no me obligaste, lo hice yo porque me apetecía.

Pedro asiente. Por su gesto parecía necesitar escuchar aquello y veo que sonríe.

-          Me encantó la experiencia con vos. Fue maravillosa.
-          Para mí fue extraña. Diferente. Pero también morbosa… muy morbosa. Y ya vi cómo disfrutabas cuando Andrés y Frida me tocaban.
-          Mmmm… me excita ver tu cara de perversión, pequeña. Abres la boca de tal manera y te arqueas tan deliciosamente… Me vuelve loco verte así.

Ambos reímos.

-          En referencia a la fiesta de esta noche. Si vos no quieres, no…
-          Sí, quiero. Quiero ir.
-          ¿Segura?
-          Sí. Totalmente.

Mi decisión parece sorprenderlo.

-          ¿Vos no quieres ir?
-          No… no es eso… pero…
-          ¿Acaso hay alguna mujer por la que me tenga que preocupar?

Pedro suelta una risotada y aclara:

-          Absolutamente por ninguna. Con ellas simplemente he jugado y…
-          ¿Has jugado mucho con ellas?
-          Sí.

Eso me incomoda. Cualquiera de ellas me sacará ventaja.

-          Pero ¿mucho… mucho?
-          Mucho… mucho. A algunas las conozco desde hace más de diez años, pequeña. Pero no tienes de qué preocuparte. En cambio, yo sí que me tengo que preocupar. Vos serás nueva y estoy convencido de que muchos hombres te observarán deseosos de ser ellos los elegidos.
-          ¿Vos crees?

Pedro responde que sí con su cabeza y siento que se le oscurecen los ojos. De pronto, lo siento algo escamado y eso me alerta. ¿Estará celoso?

-          Sí, lo creo. Pero no olvides, cariño, que…
-          … que sólo lo haremos con quien yo quiera, ¿me equivoco?
-          No – sonríe, mientras me aparta un mechón de pelo de la cara.

Doy un trago a mi café.

-          ¿Me vas a ofrecer a otro hombre?

Mi pregunta vuelve a pillarlo por sorpresa. Como siempre, lo piensa… lo piensa y, al final, responde con otra pregunta:

-          ¿Te gustaría?
-          Sí… me excita sentir que sos mi dueño. Anoche me excitó.

Se carcajea y, tras darme un beso en los labios, murmura:

-          Señorita Chaves, ¿habla de dueño? ¿No dijo que no le gustaba el sado?
-          Y no me gusta – aclaro –. Pero me excita sentir tu posesión.

Pedro asiente. Clava sus preciosos ojos en mí y murmura:

-          No olvidaré eso cuando te ofrezca esta noche.

Asiento como siempre. Está claro que él sólo hará lo que yo quiera y, deseosa de que todo sea como siempre, me tumbo en la cama y tras hacerle una seña con el dedo para que se tumbe sobre mí le susurro:

-          Vos sos el experto. Estoy en tus manos.

Pedro sonríe y me besa.

-          Cariño… cada día me sorprendes más.

Pongo los ojos en blanco y pestañeo.

-          Me gustas mucho cuando me llamas cariño. ¿Todavía no te has dado cuenta del influjo que provocas en mí cuando me dices palabras cariñosas?
-          Estás comenzando a asustarme.

Eso me hace reír.

-          ¿Qué yo te asusto?

Pedro asiente. Pone entonces sus manos en mi cintura y me hace cosquillas.

-          Sí…, señorita Chaves. Comienzo a temer tus juegos. Creo que vas a ser peligrosa.

Tras la comida, Frida y Andrés se retiran a descansar. Pedro me propone lo mismo, pero me apetece leer en la sombrita. Pedro me acompaña y, tirados en las cómodas hamacas de la pileta y bajo una maravillosa sombra, compartimos música en mi iPod y leemos.

Pero yo apenas leo. Mi mente no para de dar vueltas a todo lo que va a pasar, mientras disfruto de estar junto a Pedro. Verlo a mi lado, tranquilo y relajado mientras lee el periódico me parece algo sublime, maravilloso. De pronto en mi iPod comienza a sonar una canción y oigo que Pedro la tararea. Eso me deja sin habla.

Sé que faltaron razones, sé que sobraron motivos
Contigo porque me matas, y ahora sin ti ya no vivo
Tú dices blanco, yo digo negro
Tú dices voy, yo digo vengo
Miro la vida en colores y tú en blanco y negro.
Dicen que el amor es suficiente, pero no tengo el valor de hacerle frente
Tú eres quien me hace llorar, pero sólo tú me puedes consolar.
Te regalo mi amor, te regalo mi vida
A pesar del dolor eres tú quien me inspira.
No somos perfectos, somos polos opuestos,
Te amor con fuerza, te odio a momentos.

Está tarareando la canción Blanco y negro de Malú. ¡Y se la sabe entera!

Asombrada, no me muevo, mientras hago como si leyera mi libro. Escuchar a Pedro contar aquella canción que siempre me recuerda a él me pone la piel de gallina. Cuando la termina, me doy cuenta de que me mira.

-          Aún recuerdo el día que te escuché cantarla.
-          Sí… muy majo vos. Me dijiste que cantaba fatal, ¿lo recuerdas? – Pedro sonríe y yo añado –: Oye… ¿cómo te sabes esta canción? Recuerdo que me preguntaste el título y quién la cantaba.
-          La busqué.
-          ¿Y por qué la buscaste?
-          Porque escuchar esta canción me recuerda a vos.

Aquella revelación me deja sin palabras. Pedro continúa leyendo y yo lo imito. Estoy emocionada porque, sin utilizar palabras cariñosas, sé que me ha dicho: “Te quiero”.