El camino de regreso a Jerez es ameno y divertido. Escuchar a mi padre
y a sus amigos contar chistes es para morirse de risa. ¡Qué gracia tienen los jodíos! Al llegar a Jerez, Fernando insiste
en tomar algo con la excusa de que hay que celebrar el triunfo. Declino la invitación
y, cuando llegamos a mi casa, sin cambiarme ni nada, bajo mi moto del remolque,
agarro el trofeo y salgo disparada para la villa, donde me espera Pedro.
Cuando llego a la puerta, llamo y, dos segundos después, la enorme
cancela blanca se abre. Acelero mi moto y subo por el caminito rodeado de
pinos. A lo lejos, veo la casa y a Pedro. Parece hablar por teléfono. Acelero, hago
una derrapada, un trompo y cuando el polvo me rodea, paro la moto, lo miro y
levanto mi trofeo, orgullosa.
-
Te lo has perdido. Te has perdido mi triunfo.
Pedro no sonríe, cierra el celular, se da la vuelta y entra en el
interior de la casa.
Sorprendida por su seca reacción, me bajo de la moto y lo sigo. Me enferma
cuando se pone tan hermético. En mi camino me quito las gafas y el casco y lo
dejo sobre una mesa. Pedro está en la cocina bebiendo agua. Espero que regrese
antes de atacar.
-
¿Cómo puedes haberte ido sin decirme nada?
-
Estabas muy ocupada.
-
Pero, Pedro… yo quería que estuvieras allí.
-
Y yo quería que vos no hicieras esas locuras.
-
Pedro… escucha…
-
No. Escucha vos. Si tienes que volver a ir a dar
saltos con la moto a cualquier otro lugar, no cuentes conmigo, ¿entendido?
-
Valeeeee… pero, venga, no te enojes. No seas un
niño.
Mis palabras lo hieren y se enfurece aún más.
-
Te dije que no quería que te pusieras en peligro
y vos has continuado con tu jueguecito sin pensar en cómo me podía sentir. Te podías
haber matado delante de mis ojos y yo no podría haber hecho nada para
impedirlo. Por Dios, ¿cómo puedes ser tan inconsciente?
Se aparta de mi lado. Su reacción me parece excesiva.
-
No soy una inconsciente. Sé muy bien lo que
hago.
-
Sí, claro… no me cabe la menor duda. Y, por si
fuera poco, encima tengo que soportar a ese tal Fernando.
-
Ah, no… eso sí que no, guapito – replico enfurecida
–. No me parece bien que me reproches lo del motocross pero, fíjate, ¡hasta lo
puedo entender! Pero que me reproches las palabras de Fernando, no, ¡eso sí que
no!
-
¡”Nuestra chica”!, dice el imbécil – farfulla furioso
–. No ha parado de hacer comentarios incómodos todo el rato ante mí. Si no le
he partido la cara ha sido por respeto a tu padre y al suyo, porque si por mí
hubiera sido… – Y antes de que yo pueda replicar, me pregunta –: Dijiste que
habías tenido algo con él, ¿siguen teniéndolo?
No respondo. No quiero revelarle lo que Fernando me dijo que sabía de
él, ni lo que hubo entre nosotros, pero Pedro insiste:
-
Respóndeme, ¿qué ha habido entre ese tipo y vos?
-
Algo. Pero fue sin importancia y…
-
¿Algo? ¿Qué es ese algo? – exige con voz gélida.
-
¿Acaso te he pedido yo a vos un listado de todas
tus amiguitas de juegos? – le pregunto, sorprendida por el cariz que está
tomando la conversación –. Si mal no recuerdo, vos fuiste el primero que quiso
tener algo conmigo sin…
-
Sé muy bien a lo que te refieres. Pero creo que
sos lo suficientemente madura como para entender que eso entre nosotros ha
cambiado.
-
¿Ah, sí?
Sin cambiar su gesto, gruñe.
-
Te acabo de hacer una pregunta. Yo siempre he
sido sincero con vos. Cuando regresé en tu busca desde Asturias me preguntaste
si había jugado con Amanda y yo fui sincero. ¿No puedes serlo vos ahora?
-
De acuerdo. Entre Fernando y yo ha habido sexo.
-
¿Y ahora? ¿En los días que has estado aquí antes
de que yo llegara?
-
Nada…
-
No me lo creo.
-
En Madrid me acosté con él, pero aquí no. – Pedro
maldice, y yo prosigo –: Aquí sólo ha habido un par de besos y…
-
Ese tipo no es el típico que se conforma con
besos. He visto cómo te miraba y, cuando ha dicho lo de compartir la cerveza,
¡Dios… lo hubiera machacado!
Enojada por sus palabras y por cómo me grita, respondo:
-
Quizá él no se conformara con besos, pero yo sí.
Nunca me he comportado con él como me comporto con vos porque él no es como
vos, maldita sea. Y, ¿sabes? Me voy. No quiero escuchar más tonterías por tu
parte o te juro que no te lo voy a perdonar. Cuando te relajes me llamas por
teléfono y quizá… sólo quizá yo te perdone el numerito que me acabas de montar.
Dicho esto me doy la vuelta, agarro el casco y las gafas de la moto y
aún con el trofeo en las manos salgo de la casa, arranco mi moto y me marcho. El
camino de pinos lo hago con la rabia instalada en mi rostro. ¿Quién se ha
creído Pedro para hablarme así? ¿Por qué yo no lo exijo nada y él a mí sí? Cuando
llego a la cancela blanca veo que se abre para que salga. Acelero, pero antes
de traspasarla, freno de nuevo y grito de frustración. Me bajo de la moto y doy
un par de patadas al aire. Mataría a Pedro cuando se pone así.
La cancela blanca se cierra tras unos instantes y, durante unos minutos,
cierro los ojos furiosa mientras me pongo de cuclillas en el piso. Pedro me
agota y sus constantes cambios de humor me vuelven loca. Me desconcierta con
sus palabras y sus hechos. No sé nunca lo que quiere y menos aún cómo proceder.
De pronto oigo un ruido ronco acercarse. Levanto la cabeza y veo a Pedro
que, con su moto, se dirige hacia mí. Cuando llega a mi altura, detiene la
moto, pone la pata de cabra y se baja. Me mira.
-
¿Cómo puedes ser tan frío?
-
Con práctica.
Resoplo y, sin poder contener mi furia, me levanto del piso.
-
Me desesperas, Pedro. No puedo con tu manera de
ser. A veces te comería a besos, pero otras te mataría. Y ésta es una de esas
veces. Siempre te crees el rey del mundo. El rey de la razón. El rey del
universo. Sos un cabezón, un mandón, un intransigente y…
-
Tienes razón.
Su respuesta me sorprende.
-
¿Puedes repetir lo que has dicho?
Pedro sonríe.
-
Tienes razón, pequeña. Me he pasado. He pagado
con vos mi nerviosismo al verte saltar con esa maldita moto y los comentarios
nada acertados de tu amigo Fernando. – Cuando ve que voy a decir algo, me
interrumpe –: No quiero volver a hablar de ese tipo. Aquí lo importante somos
vos y yo. Y por eso iba a buscarte.
Su sonrisa. ¡Oh, Dios…! Su sonrisa. Qué guapo está cuando sonríe. Sin necesitar
nada más, me acerco a él.
-
¿Por qué tenemos que discutir por todo?
-
No lo sé.
-
Discutimos por todo menos por el sexo.
-
Mmmm… buen comienzo, ¿no?
Ambos soltamos una risotada y Pedro me agarra. Me beso los nudillos.
-
¿Sigues enojado?
-
Mucho.
-
¿De verdad?
-
Con lo que has hecho hoy, me has quitado diez
años de vida.
-
Exagerado. – Sonrío.
Pedro asiente, se le oscurece la mirada y cierra los ojos.
-
Pau, mi hermana Luciana se mató hace tres años
practicando deportes de riesgo. Ella era como vos, una chica joven llena de
energía y vitalidad. Un día me invitó a ir con ella y sus amigos a hacer
puenting. Lo pasábamos bien hasta que su cuerda… y… yo… yo no pude hacer nada
por salvar su vida.
Las carnes se me abren. Aquello es terrible. Vio morir a su hermana. Lo
que me acaba de confesar me hace entender la angustia que ha vivido mientras yo
disfrutaba dando saltos y derrapando con el motocross. Consciente de su dolor,
quiero decirle algo, pero se me vuelve a adelantar:
-
Ése es el motivo real por el que no pude seguir
viendo lo que hacías.
-
Lo siento… yo… yo no sabía.
-
Lo sé, cariño. – Me abraza con desesperación y
murmura –: Ahora sonríe, por favor. Necesito que sonrías y que no me preguntes
por nada de lo que te he explicado. Duele. Duele demasiado y no quiero
recordarlo, ¿de acuerdo?
Muevo la cabeza, en un gesto de comprensión y, sin hablar nada más, Pedro
me besa con auténtica pasión. Sonrío, intento no pensar en la tragedia que me
acaba de explicar y me dejo llevar por mi amor. Minutos después, agarra el
trofeo que aún llevo entre mis manos y lo mira.
-
Te voy a matar, morochita. Qué rato más malo me
has hecho pasar.
-
Pedro… es motocross, ¿qué esperabas?
Sonríe, me suelta y se monta en su moto con el trofeo en las manos.
-
Volvamos a casa, campeona. Vamos a celebrar como
se merece tu triunfo.