-
Buenos días, Paula.
-
Buenos días.
Carlos, además de ser mi compañero, es un tipo muy simpático. Desde el
primer día que llegué a la oficina ha sido un encanto conmigo y nos llevamos
muy bien. Casi todas en el laburo babean por él, pero, no sé por qué, en mí no
surte el mismo efecto. ¿Será que no me gustan los bomboncitos sonrientes? Pero,
claro, ahora, sabiendo lo que sé y habiéndole visto su aparatito en acción, no
puedo evitar mirarlo de otra forma mientras intento no gritar: “¡Torero!”.
-
¿Recuerdas que esta tarde hay reunión general?
-
Ajá.
Como es de esperar, sonríe, me agarra del brazo y dice…
-
Venga, vamos a tomarnos un café. Sé que te
mueres por un cafecito y una tostada de la cafetería.
Sonrío yo también. Cómo me conoce el puñetero… Además de simpático y
guapo, al flaco no se le escapa una. Ése, junto a su perpetua sonrisa, es el
gran atractivo de Carlos. No olvida detalle. De ahí que se lleve a las mujeres
de calle.
Cuando legamos a la cafetería de la novena planta, vamos a la barra,
pedimos nuestra consumición y nos dirigimos a nuestra mesa. Digo nuestra mesa
porque siempre nos sentamos allí. Se nos unen Paco y Raúl. Una parejita gay con
la que me llevo muy bien. Como siempre hacen, me besuquean el cuello y me hacen
reír. Los cuatro comenzamos a hablar e inconscientemente recuerdo lo que vi la
noche anterior en el parking. ¡Carlos y la jefa! Vaya polvazo más morboso que
se marcaron ante mi cara. ¡Vaya con mi compañero, es un portento el chico!
-
¿Qué te pasa? Te noto distraída – pregunta Carlos.
Eso me reactiva. Lo miro y le respondo, intentando olvidar las
imágenes que por mi mente pululan:
-
Estoy en Babia, lo sé. Mi gato cada día está más
apagadito y…
-
Qué pena, el Currito
– murmura Paco y Raúl me hace un gesto comprensivo.
-
Vaya, lo siento, preciosa – responde Carlos,
mientras me agarra la mano.
Durante un rato hablamos de mi gato y eso me pone aún más triste. Adoro
a Curro e, inevitablemente, cada día
que pasa, cada hora, cada minuto, su vida se acorta un poco más. Es algo que
aprendí a asumir desde que el veterinario me lo dijo, pero aun así me cuesta. Me
cuesta mucho.
De pronto, mi jefa llega, rodeada por varios hombres, como siempre.
¡Es una comehombres! Carlos la mira y sonríe. Yo me callo. Mi jefa es una mujer
muy atractiva. Vamos, una cincuentona potente, una morena de rompe y rasga, soltera
pero no entera, y a la que se le han atribuido varios romances en la empresa. Se
cuida como nadie y no falta ni un solo día al gimnasio. O sea, que le gusta…
gustar.
-
Paula – me interrumpe Carlos – . ¿Te queda
mucho?
Vuelvo en mí y dejo de mirar a mi jefa para mirar mi desayuno. Doy un
trago al café y contesto:
-
¡Acabado!
Los cuatro nos levantamos y salimos de la cafetería. Debemos comenzar
a trabajar.
Una hora después, tras hacer las fotocopias pertinentes y acabar el recurso,
me dirijo al despacho de mi jefa. Llamo con los nudillos y entro.
-
Aquí tiene el contrato finalizado para la
delegación de Albacete.
-
Gracias – responde escuetamente mientras lo
ojea.
Como de costumbre, me quedo parada ante ella a la espera de sus
órdenes. El pelo de mi jefa me encanta, tan ondulado, tan cuidado. Nada que ver
con mi pelo rubio y liso que suelo recoger en un moño sobre mi cabeza. Suena el
teléfono y antes de que me miro lo atiendo.
-
Despacho de la señora Mónica Sánchez. Le atiende
su secretaria, la señorita Chaves, ¿en qué puedo ayudarlo?
-
Buenos días, señorita Chaves – responde una voz
profunda de hombre con cierto tono extranjero –. Soy Pedro Alfonso. Querría
hablar con su jefa.
Al reconocer aquel nombre, reacciono rápidamente.
-
Un momento, señor Alfonso.
Mi jefa, al escuchar aquel apellido, suelta los papeles que hasta ese
momento sujetaba y, tras arrancarme literalmente el teléfono de las manos, dice
con una encantadora sonrisa en los labios:
-
Pedro… ¡qué alegría saber de vos! – Tras un
pequeño silencio, continúa –: Por supuesto, por supuesto. ¡Ah! Pero ¿ya has
llegado a Madrid?... – Entonces suelta una risotada más falsa que un euro con
la cara de Popeye y susurra –: Por supuesto, Pedro. A las dos te espero en mi recepción
para comer.
Y tras decir esto, cuelga y me mira.
-
Pídeme cita para la peluquería para dentro de
media hora. Después, reserva para dos en el restaurante de Gemma.
Dicho y hecho. Cinco minutos más tarde sale de la oficina escopeteada
y regresa hora y media después con su pelo más lustroso y bonito y con el
maquillaje retocado. A las dos menos cuarto veo que Carlos toca con los
nudillos en su puerta y entra. ¡Vaya tela! No quiero ni pensar en lo que
estarán haciendo. Pasados cinco minutos oigo risotadas. A las dos menos cinco,
la puerta se abre, salen los dos y me jefa se me acerca.
-
Paula, ya te puedes ir a comer. Y recuerda:
estaré con el señor Alfonso. Si a las cinco no he vuelto y necesitas cualquier
cosa, llámame al celular.
Cuando la bruja mala y Carlos se van respiro por fin aliviada. Me suelto
el pelo y me quito las gafas. Después recojo mis cosas y me dirijo hacia el
ascensor. Mi oficina está en el piso diecisiete y el ascensor se para en varios
pisos para ir recogiendo a otros trabajadores así que siempre suele tardar en
llegar a la planta baja. De pronto, entre el piso seis y el cinco, el ascensor
da un trompicón y se detiene del todo. Saltan las luces de emergencia y
Manuela, la de paquetería, se pone a chillar.
-
¡Ay, virgencita! ¿Qué ocurre?
-
Tranquila – respondo –. Se habrá ido la luz y
seguro que pronto vuelve.
-
¿Y cuánto va a tardar?
-
Pues no lo sé, Manuela. Pero si te pones
nerviosa, vas a pasar un rato malo y se te hará eterno. Así que respira y verás
cómo la luz vuelve en un pispás.
Pero veinte minutos después, la luz sigue brillando por su ausencia y
Manuela, junto a varias chicas de contabilidad, entra en pánico. Percibo que
tengo que hacer algo.
Vamos a ver. A mí no me gusta nada estar encerrada en un ascensor. Me agobia
mucho y comienzo a sudar. Si entro en pánico, será peor, de modo que decido
buscar soluciones. Lo primero, me recojo el pelo en la nuca y lo sujeto con una
lapicera. Después le paso mi botellita de agua a Manuela para que beba e
intento bromear con las chicas de contabilidad mientras reparto chicles con
sabor a fresa. Pero mi calor va en aumento, así que finalmente saco un abanico
de mi bolso y comienzo a abanicarme. ¡Qué calor!
En ese momento, uno de los hombres que se mantenían en un segundo
plano apoyado en el ascensor se acerca a mí y me agarra por el codo.
-
¿Te encuentras bien?
Sin mirarlo y sin dejar de abanicarme, le contesto:
-
¡Uf! ¿Te miento o te digo la verdad?
-
Prefiero la verdad.
Divertida, me vuelvo hacia él y, de repente, mi nariz choca contra un
saco gris. Huele muy bien. Perfume caro.
Pero ¿qué hace tan cerca de mí?
Inmediatamente doy un paso hacia atrás y lo miro para ver de quién se
trata. Desde luego, es alto, le llego a la altura del nudo de la corbata. También
es castaño, tirando a rubio, joven y con ojos color caramelo. No me suena nada
de nada y, al ver que me mira a la espera de una contestación, murmuro para que
sólo él me pueda oír.
-
Entre vos y yo, los ascensores nunca me han
gustado y como no se abran las puertas en breve, me va a entrar el nervio y…
-
¿El nervio?
-
Aja…
-
¿Qué es “entrar el nervio”?
-
Eso, en mi idioma, es perder la compostura y
volverse loca – le respondo, sin parar de abanicarme –. Créeme. No querrías
verme en esa situación. Incluso, como me descuide me pongo a echar espuma por
la boca y la cabeza me da vueltas como a la niña de El exorcista. ¡Vamos, todo un numerito! – Mis nervios aumentan y le
pregunto, en un intento por calmarme –: ¿Quieres un chicle de fresa?
-
Gracias – responde y agarra uno.
Pero lo gracioso es que lo abre y me lo mete en la boca a mí. Lo acepto
sorprendida y, sin saber por qué, abro otro chicle y hago la operación a la
inversa. Él, divertido, también lo acepta.
Miro a Manuela y compañía. Siguen histéricas, sudorosas y
descoloridas. De modo que, dispuesta a que mi histerismo no aumente, intento
entablar conversación con el desconocido.
-
¿Sos nuevo en la empresa?
-
No.
El ascensor se mueve y todas se ponen a chillar. Yo no voy a ser
menos. Me agarro al brazo del hombre en cuestión y le retuerzo la manga. Cuando
soy consciente, lo suelto en seguida.
-
Perdón… perdón – me disculpo.
-
Tranquila, no pasa nada.
Pero no puedo estar tranquila. ¿Cómo voy a estar tranquila encerrada
en un ascensor? De repente noto un picor en mi cuello. Abro mi bolso y saco un
espejito del neceser. Me miro en él y empiezo a maldecir.
-
¡Mierda, mierda! ¡Me estoy llenando de
ronchones!
Veo que el hombre me mira sorprendido. Yo me retiro el pelo del cuello
y se lo enseño.
-
Cuando me pongo nerviosa me salen ronchones en
la piel, ¿lo ves?
Él asiente y yo me rasco.
-
No – dice, sujetándome la mano –. Si haces eso,
empeorarás.
Y ni corto ni perezoso se agacha y me sopla en el cuello. ¡Oh, Dios!
¡Qué bien huele y qué gustito da sentir ese airecito! Dos segundos más tarde,
me doy cuenta de que hago el ridículo al soltar un gemidito.
¿Qué estoy haciendo?
Me tapo el cuello e intento desviar el tema.
-
Tengo dos horas para comer y, como sigamos aquí,
¡hoy no como!
-
Supongo que tu superior entenderá la situación y
te permitirá llegar un poco más tarde.
Eso me hace sonreír. Éste no conoce a mi jefa.
-
Creo que supones mucho. – Llena de curiosidad,
le digo –: Por tu acento sos…
-
Alemán.
No me extraña. Mi empresa es alemana y teutones como aquél pululan
todos los días por allí. Pero, sin poder evitarlo, lo miro con una sonrisita
maliciosa.
-
¡Suerte en la Eurocopa!
Entonces él, con gesto serio, se encoge de hombros.
-
No me interesa el fútbol.
-
¡¿No?!
-
No.
Sorprendida de que a un chico, a un alemán, no le guste el fútbol, me
hincho orgullosa al pensar en nuestra selección y susurro para mí:
-
Pues no sabes lo que te pierdes.
Sin inmutarse, él parece leerme la mente y se acerca de nuevo a mi
oreja, poniéndome la piel de gallina.
-
De todas formas, ganemos o perdamos aceptaremos
el resultado – me susurra.
Dicho esto, da un paso atrás y regresa a su sitio.
¿Le habrá molestado mi comentario?
Yo lo imito y me doy la vuelta para no tener que verlo. Miro el reloj;
las tres menos cuarto. ¡Mierda! Ya he perdido tres cuartos de hora de mi comida
y ya no me da tiempo a llegar al Vips. Con las ganas que tenía de comerme un
Vips Club… ¡En fin! Pararé en el bar de Almudena y me comeré un sándwich. No tengo
tiempo para más.
De pronto, las luces se encienden, el ascensor reanuda su marcha y
todos en su interior aplaudimos.
¡Yo la primera!
Movida por la curiosidad, vuelvo a mirar al desconocido que se ha
preocupado por mí y veo que él sigue observándome. Vaya, con luz es más alto y
más ¡sexy!
Cuando el ascensor llega al piso cero y las puertas se abren, Manuela
y las de contabilidad salen de su interior como caballos desbocados entre
chillidos e histerismos. Cómo me alegro de no ser así. La verdad es que soy un
poco hombre. Mi padre me crió así. Sin embargo, cuando salgo, me quedo parada
al ver a mi jefa.
-
¡Pedro, por el amor de Dios! – oigo que dice –.
Cuando he bajado para encontrarme con vos e irnos a comer y he recibido tu
WhatsApp diciéndome que estabas encerrando en el ascensor ¡creí morir! ¡Qué
angustia! ¿Estás bien?
-
Perfectamente – responde la voz del hombre que
ha hablado conmigo sólo unos momentos antes.
De pronto, mi cabeza rebobina. Pedro. Comida. Jefa. ¿Pedro Alfonso, el
jefazo, es a quien le he dicho que soy como la niña de El exorcista y le he metido un chicle de fresa en la boca? Me pongo
como un tomate y me niego a mirarlo a la cara.
¡Dios! ¡Qué ridícula soy!
Deseo escapar de allí cuanto antes, pero entonces siento que alguien
me agarra del codo.
-
Gracias por el chicle… ¿señorita?
-
Paula – responde mi jefa –. Ella es mi
secretaria.
El ahora identificado como señor Pedro Alfonso asiente y, sin
importarle la cara de mi jefa, porque no la mira a ella si no a mí dice:
-
Entonces es la señorita Paula Chaves, ¿verdad?
-
Sí – respondo como si fuera boba. ¡Como una boba
total!
Mi jefa se cansa de no sentirse la protagonista del momento y lo
agarra posesivamente del brazo, tirando de él.
-
¿Qué tal si nos vamos a comer, Pedro? ¡Es
tardísimo!
Como si me hubieran plantado en el vestíbulo de la empresa, yo levanto
mi cabeza y sonrío. Instantes después, aquel impresionante hombre de ojos
caramelo se aleja, aunque, antes de salir por la puerta, se vuelve y me mira. Cuando
por fin desaparece suspiro y pienso: “¿Por qué no me habré estado calladita en
el ascensor?”.
---------------------
La novela está situada en España, por lo tanto Pau es española, Pedro en este caso será alemán.
---------------------
La novela está situada en España, por lo tanto Pau es española, Pedro en este caso será alemán.
No hay comentarios:
Publicar un comentario