Qué pesadita
es mi jefa.
Sinceramente, al final tendré que pensar lo mismo que media empresa:
que ella y Carlos, el guapo de mi compañero, tienen un romance. Pero no. No quiero
ser mal pensada y entrar en la misma ruleta en la que todas mis compañeras han
entrado. El chusmerío.
Desde enero trabajo para la empresa Müller, una compañía de fármacos
alemanes. Soy la secretaria de la jefa de las delegaciones y, aunque mi trabajo
me gusta, me siento explotada muy a menudo. Vamos… que sólo le falta a mi jefa
atarme a la silla y echarme un trozo de pan para comer.
Cuando por fin termino el montón de trabajo que mi querida jefa me ha
ordenado tener listo para el día siguiente, dejo los informes sobre su mesa y
regreso a la mía. Agarro el bolso y me voy sin mirar atrás. Necesito salir de
la oficina o acabaré saliendo en los noticieros como la asesina en serie de
jefas que se creen el ombligo del mundo.
Son las once y veinte de la noche… ¡Vaya horas!
En la calle llueve a mares. ¡Perfecto! Diluvio de verano. Llego hasta
la puerta y, tras echarle valor al asunto, corro hacia el parking donde me
espera mi amado León. Entro en el
garaje como una sopa y, tras darle al botón del mando a distancia, Leoncito pestañea sus luces dándome la
bienvenida. ¡Es más lindo…!
Rápidamente entro en él. No soy miedosa, pero no me gustan los
parkings y menos aún si son tan solitarios como éste a estas horas.
Inconscientemente, comienzo a recordar películas de terror en las que la chica
camina por uno de ellos y un desalmado vestido de negro aparece y la apuñala
hasta morir. ¡Carajo, qué mal rato!
En cuanto estoy dentro del auto, cierro los pestillos, abro el bolso,
saco un pañuelo de papel y me seco la cara. ¡Estoy empapada! Pero justo cuando
voy a meter las llaves en el contacto… ¡zas!, se me caen. Maldigo a oscuras y
me agacho para buscarlas.
Toco el piso con la mano. A la derecha no están. A la izquierda
tampoco. Vaya… encuentro el paquete de chicles que busqué hace días. ¡Bien! Sigo
toqueteando el piso del auto y por fin las encuentro. Entonces oigo unas risas
cercanas y miro a mi alrededor con cuidado para que no me vean.
¡Oh, Dios mío!
Entre risas y colegueo veo acercarse a mi jefa y a Carlos. Parecen
divertidos. Eso me pone de muy mal humor. Yo laburando hasta las once y pico y
ellos, de fiesta. ¡Que injusticia! De pronto, mi jefa y Carlos se apoyan en la
columna de al lado y se besa.
¡Que carajos…!
¡No me lo puedo creer!
Semiagachada en el interior de mi auto para que no me vean, contengo
la respiración. Por favor… ¡Por favor! Si se dan cuenta de que estoy ahí, me
muero de la vergüenza. Y no. No quiero que eso ocurra. De repente, mi jefa
suelta el bolso y sin ningún miramiento toca con decisión la entrepierna de
Carlos. ¡¡¡Le está tocando el bulto!!!
¡Por todos los santos! Pero ¿qué estoy viendo?
¡Dios! Ahora es Carlos quien le mete mano a ella por debajo de su
pollera. Se la sube, la empuja hacia arriba contra la columna y se comienza a
refregar contra ella. ¡¡Qué fuerte!!
¡Ay, Dios! ¿Qué hago?
Quiero marcharme. No quiero ver lo que hacen pero tampoco puedo salir
de allí. Si arranco el auto, sabrán que los he pillado. Así que, agazapada y
sin moverme, no puedo dejar de mirar lo que hacen. Entonces, Carlos vuelve a
apoyarla en el piso y la obliga a dar la vuelta. La coloca sobre el capó del
auto y le baja la bombacha, primero con la boca y luego con las manos. ¡Carajo,
le estoy viendo la cola a mi jefa! ¡Qué horror! Y en aquel momento escucho a
Carlos preguntarle:
-
Decime, ¿qué quieres que te haga?
Mi jefa, como una gata en celo, murmura entregada por completo a la
causa.
-
Lo que quieras… lo que vos quieras.
¡Qué fuerte, por Dios, qué fuerte! Y yo en primera fila. Sólo me
faltan los pochoclos.
Carlos vuelve a empujarla sobre el capó. Le abre las piernas y mete la
boca en el sexo de ella. ¡Ay, madre! Pero ¿de qué estoy siendo testigo? Mi jefa,
doña Tiquismiquis, suelta un gemido y yo me tapo los ojos. Pero la curiosidad,
el morbo o como se llame me puede y me los destapo de nuevo. Sin pestañear veo
cómo él, tras relamerse, se separa unos centímetros de ella y le mete un dedo,
luego dos y, levantándose, la agarra de su pelazo oscuro y tira de él mientras
mueve sus dedos a un ritmo que, para qué negarlo, haría suspirar a cualquiera.
-
¡Síiiiiiiiiii! – escucho gemir a mi jefa.
Respiro con dificultad.
Me va a dar algo.
¡Qué calor!
Me guste o no, ver aquello me está poniendo frenética, y no
precisamente por estar de los nervios. Mis relaciones sexuales son normalitas,
tirando a predecibles, así que lo cierto es que ver aquellos en vivo y en
directo me está excitando.
Carlos se baja la bragueta de su pantalón gris. Saca un más que
aceptable pene de su interior… ¡Vaya con Carlos! Y me quedo ojiplática cuando
veo que se lo clava de una sola estacada. ¡Me muero! Pero de placer… Vamos,
justo por lo que está jadeando mi jefa.
Mis pezones están duros y, de pronto, me doy cuenta de que me los
estoy tocando. Pero ¡cuándo he metido mi mano por el interior de la blusa? Rápidamente
saco mi mano de ahí, pero mis pezones y el centro de mi deseo protestan. ¡Ellos
quieren más! Pero no. Eso no puede ser. Yo no hago esas cosas. Minutos después,
tras varios gemidos y bamboleos, Carlos y mi jefa se recomponen. ¡Por fin! ¡Ya
han terminado! Se meten en el auto y se marchan. Respiro aliviada.
Cuando por fin vuelvo a quedarme sola en el parking, me incorporo de
mi escondrijo y me siento en el asiento de mi auto. Las manos me tiemblan. Las rodillas
también. Y noto que mi respiración está acelerada. Exaltada por lo que acabo de
presenciar, cierro los ojos mientras me tranquilizo y pienso cómo sería tener
sexo de ese calibre. ¡Caliente!
Diez minutos después, arranco el auto y salgo del parking. Me voy a
tomar unas cervezas con mis amigos. Necesito refrescarme y refrescar mi
calenturienta… mente.
muy bueno el primer capítulo,seguí subiendo.
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