A la mañana siguiente, cuando llego a la oficina, la primera persona
que me encuentro al entrar en la cafetería es el señor Alfonso. Noto que
levanta la vista y me mira, pero yo me hago la sueca. No me apetece saludarlo.
Ahora ya sé quién es y siempre he pensado que los jefazos cuanto más
lejos, mejor. Lagarto, lagarto… Pero la verdad es que este hombre me pone
nerviosa. Desde su posición y escondido tras el periódico, intuyo que me está
observando, que me está estudiando. Levanto los ojos y ¡zas! Tengo razón. Me bebo
rápidamente el café y me voy. Tengo que trabajar.
Durante el día vuelvo a coincidir con él en varios sitios. Pero cuando
toma posesión del antiguo despacho de su padre, que está frente al mío y
conectado por el archivo al de mi jefa, ¡me quiero morir! En ningún momento se
dirige a mí, pero puedo sentir su mirada vaya por donde vaya. Intento esconderme
tras la pantalla de la computadora, pero es imposible. Él siempre encuentra la
manera de cruzar su mirada con la mía.
Cuando salgo de la oficina, me voy directa al gimnasio. Una clase de
spinning y un rato en el jacuzzi tras terminarla me quitan todo el estrés
acumulado y llego a mi casa como una malva, lista para dormir.
Los siguientes días, más de lo mismo. El señor Alfonso, ese guapo
jefazo con el que he comenzado a soñar y al que toda la oficina venera y chupa
las medias, aparece por todos los lados por donde me muevo, y eso hace que me
ponga nerviosa.
Es serio, borde y apenas sonríe. Pero noto que me busca con la mirada
y eso me desconcierta.
Los días van pasando y, finalmente, una mañana cruzo un par de
sonrisitas con él. Pero ¿qué estoy haciendo? Ese día ya no cierra la puerta de
su despacho y su ángulo de visión es aún mejor. Me tiene totalmente controlada.
¡Qué agobio por Dios!
Por si fuera poco, cada día que coincido con él en la cafetería me
observa… me observa… y me observa. Aunque, cuando me ve aparecer con Carlos o
los chicos, se va rápidamente. ¡Qué descanso!
Hoy estoy liadísima con cientos de papeles que la tiquismiquis de mi
jefa me ha pedido. Como siempre, parece no recordar que Carlos, aunque sea el
secretario del señor Alfonso, es quien debe ocuparse del cincuenta por ciento
del papeleo que gestionamos.
A la hora de comer aparece el objeto de mis sueños húmedos en el
despacho y, tras clavar su insistente mirada sobre mí, entra en el despacho de
mi jefa sin llamar para salir dos segundos después los dos juntos e irse a
comer.
Cuando me quedo sola, me siento por fin aliviada. No sé qué me pasa
con ese hombre, pero su presencia me acalora y me hace hervir la sangre. Tras recoger
un poco mi mesa decido hacer lo mismo que ellos y me voy a comer. Pero es tal
el agobio de papeles que sé que me espera que, en vez de utilizar mi dos
horitas para ello, salgo sólo una hora y regreso en seguida.
Al llegar, meto mi bolso en mi cajonera, agarro mi iPod y me pongo mis
auriculares. Si algo me gusta en esta vida es la música. Mi madre nos enseñó a
mi padre, a mi hermana y a mí que la música es lo único que amansa a las fieras
y reduce los males. Ése, entre otros muchos, es uno de sus legados y quizá por
eso adoro la música y me paso el día tarareando canciones. Nada más encender el
iPod comienzo a cantar mientras me lío con el papeleo. ¡Mi vida se reduce al
papeleo!
Entro en el despacho de la tiquismiquis de mi jefa cargada con
carpetas y abro una especie de vestidor que utilizamos como archivo. Ese vestidor
comunica con el despacho del señor Alfonso, pero, como sé que no está, me
relajo y comienzo a archivar mientras canturreo:
Te regalo mi amor, te regalo mi
vida,
a pesar del dolor, eres tú quien
me inspira.
No somos perfectos, somos polos
opuestos.
Te amo con fuerza, te odio a
momentos.
Te regalo mi amor, te regalo mi
vida,
te regalaré el Sol siempre que
me lo pidas.
No somos perfectos, sólo polos
opuestos.
Mientras que sea junto a ti,
siempre lo intentaría.
¿Qué no daría…?
-
Señorita Chaves, canta usted fatal.
Esa voz. Ese acento.
La carpeta que tengo en las manos se me cae al piso por el susto. Me agacho
a agarrarlo y, ¡zas!, coscorrón que me meto con él. Con el señor Alfonso. ¡Con
la angustia instalada en mi cara por la cantidad de meteduras de pata que estoy
cometiendo con ese supermegajefazo alemán…! Lo miro y me quito los auriculares.
-
Lo siento, señor Alfonso – murmuro.
-
No pasa nada. – Toca mi frente y me pregunta con
familiaridad –. ¿Vos estás bien?
Como un muñequito de esos que hay en las partes traseras de algunos
autos, asiento con la cabeza. Otra vez me ha vuelto a preguntar si estoy bien ¡Qué
lindo! Sin poder evitarlo, mis ojo y todo mi ser le hacen un escaneo en
profundidad: alto, pelo castaño con reflejos rubios, treinta y pocos años,
fibroso, ojos caramelo, voz profunda y sensual… Vamos, un bombón en toda regla.
-
Siento haberte asustado – añade –. No era mi
intención.
Vuelvo a mover mi cabeza como un muñeco. ¡Seré boba! Me levanto del
suelo con la carpeta en mis manos y pregunto:
-
¿Ha venido con usted la señora Sánchez?
-
Sí.
Sorprendida, porque no la he oído entrar en su despacho, comienzo a
intentar salir del archivo, cuando el alemán me agarra del brazo.
-
¿Qué cantabas?
Aquella pregunta me agarra tan de sorpresa que estoy a punto de
soltarle: “¿Y a vos qué te importa?”. Pero, afortunadamente, contengo mi
impulsividad.
-
Una canción.
Sonríe. ¡Dios! ¡Qué sonrisa!
-
Lo sé… La letra me gustó. ¿Qué canción es?
-
Blanco y
negro de Malú, señor.
Pero parece que mis palabras le hacen gracia. ¿Se estará riendo de mí?
-
¿Ahora qué sabes quién soy me llamas señor?
-
Disculpe, señor Alfonso – aclaro con
profesionalidad –. En el ascensor no lo reconocí. Pero ahora que ya sé quién
es, creo que debo tratarlo como se merece.
Él da un paso hacia mí y yo doy otro hacia atrás. ¿Qué hace?
Él vuelve a dar otro paso y yo, al intentar hacer lo mismo, me pego
contra el archivador. No tengo salida. El señor Alfonso, ese tipo sexy al que
hace unos días metí un chicle de fresa en la boca, está casi encima de mí y se
está agachando para ponerse a mi altura.
-
Me gustabas más cuando no sabías quién era –
murmura.
-
Señor, yo…
-
Pedro. Mi nombre es Pedro.
Confundida y atacada de los nervios por el morbo que ese gigante me
está provocando, trago el nudo de emociones que me cosquillea por todo el
cuerpo.
-
Lo siento, señor. Pero no creo que esto sea
correcto.
Y, sin pedirme permiso, me quita la lapicera que me sujeta el moño y
mi lacio y rubio pelo cae alrededor de mis hombros. Yo lo miro. Él me mira también.
Y a nuestras miradas le sigue un más que significativo silencio en el que los
dos respiramos con irregularidad.
-
¿Se te ha comida la lengua el gato? – me pregunta,
rompiendo el silencio.
-
No, señor – respondo al punto del colapso.
-
Entonces, ¿dónde has dejado a la chica
chispeante del ascensor?
Cuando voy a responder, oigo las voces de mi jefa y Carlos que entran
en el despacho. Alfonso pega su cuerpo al mío y me ordena callar. Sin saber muy
por qué, le hago caso.
-
¿Dónde está Paula? – oigo que pregunta mi jefa.
-
Casi con seguridad, te diría que en la
cafetería. Habrá ido a por una Coca-Cola. Tardará en regresar – responde Carlos,
y cierra la puerta del despacho de mi jefa.
-
¿Seguro?
-
Seguro – insiste Carlos –. Vamos, ven aquí y
déjame ver qué llevas hoy bajo la pollera.
¡Dios! Esto no puede estar pasando.
El señor Alfonso no debería ver lo que creo que esos dos están a punto
de hacer. Pienso cómo entretenerlo o despistarlo, pero no se me ocurre nada. Aquel
hombre está casi encima de mí, sin quitarme ojo.
-
Tranquila, señorita Chaves. Dejémoslos que se
diviertan – me susurra.
¡Me quiero morir!
¡¡Qué vergüenza!!
Instantes después no se oye nada a excepción del sonido de las bocas y
las lenguas de esos dos al chocar. Asustada ante aquel incómodo silencio, miro
por la abertura de la puerta del archivo y me tapo la boca al ver a mi jefa
sentada sobre su mesa y a Carlos manoseándola. Mi respiración se agita y
Alfonso sonríe desde su altura. Me pasa la mano por la cintura y me acerca más
a él.
-
¿Excitada? – me pregunta.
Lo miro y no hablo. No pienso contestar esa pregunta. Estoy avergonzada
por lo que estamos presenciando los dos juntos. Pero sus ojos inquisidores se
clavan en mí y él acerca todavía más su boca a la mía.
-
¿Te excita más el fútbol que esto? – insiste.
¡Oh, Dios! Me excita él. Él, él y él.
¿Cómo no excitarme con un hombre como ése encima de mí y ante una
situación semejante? ¡Al carajo el fútbol! Al final, vuelvo a asentir como un
muñequito. No tengo vergüenza.
Alfonso, al verme tan alterada, también mueve su cabeza. Mira por la
rendija y me arrastra hasta quedar ambos delante del hueco de la puerta. Lo que
veo me deja sin habla. Mi jefa se encuentra abierta de piernas sobre, la mesa,
mientras Carlos pasea su boca con avidez por la entrepierna de ella. Cierro los
ojos. No quiero ver aquello. ¡Qué vergüenza! Instantes después, el alemán, que
continúa agarrándome con fuerza, vuelve a empujarme contra el archivador y pregunta
cerca de mi oreja:
-
¿Te asusta lo que ves?
-
No… - Él sonríe y yo añado entre susurros –:
Pero no me parece bien que los estemos mirando, señor Alfonso. Creo que…
-
Mirarlos no nos hará daño y, además, es
excitante.
-
Es mi jefa.
Hace un gesto afirmativo y, mientras pasea su boca por mi oreja,
susurra:
-
Daría todo lo que tengo porque fueras vos quien
esté sobre la mesa. Pasearía mi boca por tus muslos, para después meter mi
lengua en tu interior y hacerte mía.
Boquiabierta.
Pasmada.
Alucinada.
Pero ¿qué me ha dicho ese hombre?
Impresionada y altamente excitada, voy a contestarle una fresca
cuando, de repente, mi cuerpo reacciona y siento que mi vientre se deshace. Lo que
ese hombre acaba de decir me altera y no lo puedo disimular, por mucho que sea
una grosería por su parte. Entonces, el recorrido de sus labios se detiene
frente a mi boca. Sin dejar de mirarme, saca su húmeda lengua, la pasa por mi
labio superior, después por el inferior y, finalmente, me da un leve y dulce
mordisquito en el labio.
No me muevo. ¡No puedo ni respirar!
Al ver que mi respiración se agita, vuelve a sacar su lengua e, inconscientemente,
abro la boca. Quiero más. Sus pupilas se dilatan. Seguro de lo que está
haciendo, mete su lengua en el interior de mi boca y, con una pericia que me
deja sin sentido, comienza a moverla hasta hacerme perder el sentido.
Olvidándome de todo, respondo a sus exigencias y en seguida siento que
soy yo la que se aprieta contra su duro pecho en busca de algo más. Me dejo
llevar por mi deseo. Durante unos segundos, nos besamos apasionadamente en el
más absoluto de los silencios mientras escuchamos los placenteros gemidos de mi
jefa. Mi cuerpo tiembla al contacto con su cuerpo. Siento cómo sus manos me
aprietan el trasero y deseo gritar... pero ¡de gusto! Instantes después, saca
su lengua de mi boca y sin apartar sus marrones ojos de mí, pregunta:
-
¿Cenas conmigo?
Vuelvo a mover la cabeza, pero esta vez para negarme. No pienso cenar
con él. Es el jefe, el dueño de la empresa. Pero mi respuesta parece no
agradarle y afirma:
-
Sí. Cenas conmigo.
-
No.
-
¿Te gusta llevarme la contraria?
-
No, señor.
-
¿Entonces?
-
Yo no ceno con jefes.
-
Conmigo sí.
Su proximidad es irresistible y el nuevo asalto a mi boca es
arrebatador. Si antes hubo llamaradas, ahora es puro fuego. Ardor… Calor… Y
cuando consigue que toda yo me convierta en gelatina entre sus manos, vuelve a
sacar su lengua de mi boca y amaga una sonrisa. ¡Me encantan esos amagos!
Sin habla y perturbada, lo miro. ¿Qué narices estoy haciendo?
Sin moverse un milímetro de su posición, saca una Blackberry negra y
comienza a teclear en ella. Minutos después oigo que llaman a la puerta de mi
jefa, mientras él me pide silencio. Carlos y ella se recomponen rápidamente y
no puedo evitar sorprenderme de su capacidad de reacción. Segundos después,
Carlos abre.
-
Disculpe, señora Sánchez – dice un desconocido –.
El señor Alfonso quiere tomar un café con usted. La espera en la cafetería del
piso nueve.
A través de la puerta entreabierta y aún con el alemán encima. Veo cómo
Carlos se marcha y mi jefa saca un neceser de uno de los cajones de su mesa. Se
repasa los labios rápidamente y, tras colocarse el pelo y la ropa, sale del
despacho. En ese momento, siento que la presión que ejerce ese hombre sobre mí
se relaja y me suelta.
-
Escuche, señor Alfonso…
Pero no me deja hablar. Vuelve a ponerme un dedo en la boca. Me siento
tentada de morderlo, pero me contengo. Y, tras abrir las puertas del archivo,
me mira y me dice:
-
De acuerdo. No nos tutearemos. – Camina hacia la
puerta y añade con una seguridad aplastante –: La paso a buscar por su casa a
las nueve. Póngase guapa, señorita Chaves.
Y yo, me quedo mirando la puerta como una tonta.
Pero ¿de qué va este tipo?
Quiero gritar que no, pero si lo hago toda la oficina me oiría. Acalorada
y frenética salgo del archivo y, mientras camino hacia mi mesa, suena mi
celular. Un mensaje. Lo abro y me quedo sorprendida cuando leo: “Soy el jefe y
sé dónde vive. No se le ocurra no estar preparada a las nueve en punto”.
Wow buenisimo,segui subiendo.
ResponderEliminarGenial este cap!!!!!!!!
ResponderEliminarLa chica que calor
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