A las siete y media llego a mi casa. Saludo a mi gato Curro que acude a recibirme acercándose
muy despacio. Una vez dejo el bolso sobre el sofá color berenjena, me dirijo
hacia la cocina, agarro unas gotas, abro la boca de Curro y le doy su medicación. El pobre ni se inmuta.
Tras darle su ración de mimos, abro la nevera para tomarme una
Coca-Cola. Tengo un vicio con las Coca-Colas… ¡tremendo! Sin pensar en nada
más, miro el montonazo de plancha que tengo esperándome en la silla. Aunque
esto de vivir sola y ser independiente tiene sus cosas buenas, seguro que si
aún estuviera viviendo con mi padre, esa ropa ya estaría planchadita y colgada
en el armario.
Tras acabarme la lata me voy directa a la ducha.
Antes pongo un CD de Guns’n’Roses. Me encanta este grupo. Y Axl, el
cantante, con esos pelos y esa cara tan de extranjero, y con su particular
movimiento de caderas. ¡Me vuelve loca! Entro en el baño. Me quito la ropa
mientras tarareo Sweet child O’Mine:
She’s got a smile that it seems to me,
Reminds me of childhood memories
Where everything was as fresh as the bright
blue sky.
¡Vaya, qué marcha! ¡Qué voz tiene ese hombre! Instantes después,
suspiro al sentir cómo cae el agua caliente por mi piel. Me hace sentir limpia.
Pero, de repente, el señor Alfonso y su manera de hablarme aparecen en mi mente
y mis manos, resbaladizas por el jabón, bajan por mi cuerpo. Abro las piernas y
me toco. ¡Oh, sí, Alfonso!
Pensar en su boca, en cómo recorrió mis labios con su lengua me
enciende. Recordar sus ojos y todo él me pone a cien. ¡Calor de nuevo! Mis
manos vuelan sobre mí y una de ellas se para en mi pecho derecho mientras la
desgarradora voz del cantante de Guns’n’Roses continúa su canción. Me toco el
pezón derecho con el pulgar y éste se hincha. ¡Más calor!
Cierro los ojos y pienso que es Alfonso quien lo toca, quien lo
endurece. No lo conozco. No sé nada de él. Pero sí sé que su cercanía me pone
como una mota. Un jadeo sale de mi boca justo en el momento en que oigo sonar
mi teléfono. Paso de él. No quiero interrumpir este momento. Pero al sexto
pitido abro los ojos, salgo de mi burbuja de placer, agarro la toalla y corro a
mi habitación para agarrarlo.
-
¿Por qué has tardado tanto en agarrarlo?
Es mi hermana. Como siempre tan oportuna y tan preguntona.
-
Estaba en la ducha, Delfina. ¿Alguna objeción?
Su risita me hace reír a mí también.
-
¿Cómo está Curro?
Me encojo de hombros y suspiro.
-
Igual que ayer. Poco más puedo decir.
-
Pocha, tienes que estar preparada. Recuerda lo
que dijo el veterinario.
-
Lo sé, lo sé.
-
¿Te ha llamado Fernando? – me pregunta tras un
breve silencio.
-
No.
-
¿Y lo vas a llamar vos a él?
-
No.
Como mi hermana no se contenta con lo que respondo, insiste:
-
Paula, ese chico te conviene. Tiene un trabajo
estable, es guapo, amable y…
-
Pues líate vos con él.
-
¡Paula! – protesta mi hermana.
Fernando es el típico amigo de toda la vida. Ambos somos de Jerez. Mi
padre y su padre viven en esa preciosa localidad y nos conocemos desde
pequeños. En la adolescencia comenzamos un tonteo que continuamos en la
madurez. Él vive en Valencia y yo en Madrid. Es inspector de policía, y nos
vemos en las vacaciones de verano e invierno cuando los dos vamos a Jerez o en
viajecitos relámpagos que él hace a Madrid con cualquier excusa para verme.
Es alto, moreno y divertido. Con él te puedes pasar horas riendo,
porque tiene una gracia que no se puede aguantar. El problema es que yo no
estoy enamorada de él como sé que él lo está de mí. Me gusta. Es mi romance de
verano y compartimos fluidos cuando viene a verme. Pero nada más. Yo no quiero
nada más, aunque mi hermana, mi padre y todos los amigos de Jerez se empeñen en
emparejarnos una y otra vez.
-
Escucha, Paula, no seas tonta y llámalo. Dijo
que iría a verte antes de ir a Jerez y seguro que lo hace.
-
¡Dios! ¡Qué pesadita sos, Delfina!
Mi hermana siempre me hace lo mismo: me lleva al límite y, cuando ve
que voy a salir por peteneras, cambia de conversación.
-
¿Vienes a casa a cenar?
-
No. Tengo una cita.
Oigo que resopla.
-
¿Y se puede saber con quién? – pregunta.
-
Con un amigo – miento. Con lo puritana que es,
si le digo que es con mi jefe, seguro que le da un patatús –. Y ahora,
hermanita, se acabó de preguntar.
-
Vale, vos sabrás lo que haces. Pero sigo
pensando que estás haciendo el tonto con Fernando y, al final, se va a cansar
de ti. ¡Ya lo verás!
-
¡Delfina!
-
Vale, vale, Pocha, no digo nada más. Por cierto,
hoy he vuelto a recibir flores de Jesús. ¿Qué piensas?
-
Joder, Delfina, ¿qué quieres que piense? –
respondo molesta –. Pues que es un detalle bonito.
-
Sí. Pero él nunca antes me había regalado dos
ramos de flores en tres semanas seguidas. Aquí ocurre algo. Pasa algo, lo sé.
Lo conozco y él no es tan detallista.
Miro el reloj digital que hay sobre mi mesita de noche: las ochos y
cinco minutos. Sin embargo, dispuesta a aguantar las paranoias de mi hermana,
me llevo el teléfono al baño, pongo el manos libres y me envuelvo el pelo en
una toalla.
-
Vamos a ver, ¿qué ocurre ahora?
Como ya comienza a ser habitual en Delfina, me cuenta su última pelea
con su marido. Llevan casados diez años y su vida dejó de ser emocionante
cuando nació Luz, mi sobrina. Sus continuas crisis matrimoniales son su tema
preferido de conversación, pero a mí me agotan.
-
Ya no salimos. Ya no paseamos de la mano. Ya no
me invita nunca a cenar. Y ahora, de pronto, me regala dos ramos de flores. ¿No
crees que será porque se siente culpable por algo?
Mi mente quiere gritar: “¡Sí! Creo que tu marido te está engañando con
otra”. Pero mi hermana es una sufridora nata, así que le respondo rápidamente:
-
Pues no. Quizá simplemente vio las flores y se
acordó de vos. ¿Dónde está el problema?
Tras media hora de charla con ella, finalmente consigo colgar el
teléfono sin hablarle de mi extraña cita con el señor Alfonso. Me gustaría
explicárselo, pero mi hermana en seguida me diría: “¿Estás loca? ¿Es tu jefe?”.
O bien: “¿Y si es un asesino de mujeres?”. Así que mejor me callo. No quiero
pensar que ella pueda tener razón.
A las nueve menos veinte miro histérica mi armario.
No sé qué ponerme.
Quiero estar guapa como él me pidió, pero la verdad es que mi ropa es
básica y funcional. Trajes para el trabajo y jeans para salir con los amigos.
Al final, opto por un vestido verde que tiene un bonito escote y se ajusta a
mis curvas y estreno unos sugerentes zapatos de tacón. Mi último caprichazo.
Vuelvo a mirar el reloj, nerviosa. Las nueve menos diez.
Sin tiempo que perder, enchufo el secador, pongo la cabeza boca abajo
y me seco la melena rápidamente. Sorprendentemente, el resultado me gusta. Como
no soy de maquillarme mucho, simplemente me hago la raya del ojo, me pongo
rímel y me pinto los labios. Odio maquillarme demasiado; eso se lo dejo a mi
jefa.
Suena el telefonillo de mi casa. Miro el reloj. Las nueve en punto.
Puntualidad alemana. Lo descuelgo nerviosa y, antes de poder decir ni mu, oigo
una voz que me dice:
-
Señorita Chaves, la estoy esperando. Baje.
Tras balbucear un tímido “Voy” cuelgo el telefonillo. Seguidamente,
agarro el bolso, le doy un beso en la cabeza a Curro y le digo hasta luego. Dos minutos después, al salir de mi
portal, lo veo apoyado en un impresionante BMW de color granate. Aunque más
impresionante está él con un traje oscuro. Al verme, Alfonso se acerca a mí y
me da un casto beso en la mejilla.
-
Está usted muy guapa – observa.
Tengo dos opciones: sonreír y darle las gracias o callarme. Opto por
la segunda. Estoy tan nerviosa y desconcertada que, si digo algo, vete a saber
lo que me sale por la boca.
Me abre la puerta trasera del auto y me sorprendo al ver que tenemos
chófer.
Vaya, ¡qué lujazo!
Lo saludo. Me saluda a su vez.
-
Tomás, tengo reserva en el Moroccio – le dice
Alfonso nada más entrar en el auto.
Una vez dicho eso, le da a un botón y un cristal opaco se interpone
entre el conductor y nosotros.
Me mira y yo no sé qué decir. Me sudan las manos y siento que mi
corazón se me va a salir del pecho.
-
¿Está bien?
-
Sí.
-
Entonces, ¿Por qué está tan callada?
Lo miro y me encojo de hombros sin saber qué contestar.
-
Nunca he tenido una cita como ésta, señor
Alfonso – consigo decirle –. Por norma, cuando salgo a cenar con un hombre yo…
Sin dejarme terminar la frase me mira con sus penetrantes ojos
caramelo.
-
¿Sale a cenar con muchos hombres?
Aquella pregunta me sorprende. Pero ¿este flaco se cree el único
espécimen macho del mundo? Así que respiro hondo y procuro no soltarle un
borderío de los míos.
-
Siempre que me apetece – le aclaro.
Alzo mi barbilla con altanería y, cuando creo que no voy a decir una
palabra más, le suelto:
-
Lo que no entiendo es qué hago aquí, en su
coche, con usted y dirigiéndome a cenar. Eso es lo que todavía no logro
entender.
Él no responde. Sólo me mira… me mira… me mira y me pone histérica con
su mirada.
-
¿Va usted a hablar o pretende estar el resto del
viaje mirándome?
-
Mirarla es muy agradable, señorita Chaves.
Maldigo y resoplo. ¿En qué quilombo me he metido? Pero como no puedo
callar ni debajo del agua, le pregunto:
-
¿A qué se debe esta cena?
-
Me agrada su compañía.
-
¿Y a cuento de qué viene la preguntita de si
salgo con muchos hombres?
-
Simple curiosidad.
-
¿Curiosidad? – replico rascándome el cuello –.
¿Acaso un hombre como usted lleva una vida monacal?
-
No, señorita.
-
Me alegra saberlo, porque yo tampoco.
-
No se rasque el cuello, señorita Chaves – me
susurra, curvando sus labios –. Los ronchones...
Cansada de tanto formalismo y, más tras lo hablado, protesto. ¡De
perdidos al río!
-
Por favor… Llámeme Paula o Pau. Dejemos los
formalismos para el horario de oficina. Vale, usted es mi jefe y yo le debo un
respeto por ello, pero me incomoda cenar con alguien que continuamente se
dirige a mí por mi apellido.
Asiente. Parece que mis palabras le han gustado. Sus labios me lanzan
una sonrisa y su cara se acerca a la mía.
-
Me parece perfecto, siempre y cuando usted a mí
me llame Pedro – susurra –. Es incómodo y muy impersonal cenar con una mujer
que me llama por mi apellido.
Tras dar un nuevo resoplido, acepto y le tiendo la mano.
-
De acuerdo, Pedro, encantada de conocerte.
Me agarra la mano y, sorprendentemente, deposita sobre ella un beso.
-
Lo mismo digo, Pau – añade en tono dulzón.
En ese instante, el coche se detiene y Tomás nos abre la puerta desde
el exterior. El señor Alfonso… digo, Pedro baja y me ofrece su mano para salir.
Una vez en la calle, el chófer se monta de nuevo en el BMW y se marcha.
Entonces, Pedro me agarra de la cintura y leo un cartel que pone “Moroccio”.
Entrar en aquel bonito e iluminado restaurante me pone de mejor humor.
Siempre he querido entrar. Además, estoy famélica; casi no he comido al
mediodía y tengo un hambre atroz. Mientras entramos, observo las mesas del
lugar y, en especial, los platos que sirven los camareros. Madre mía, ¡qué
pinta tiene todo! Al ver a mi acompañante, el maître sonríe y camina hacia
nosotros.
-
Acompáñenme – nos dice, tras saludarlos.
Pedro me agarra de la mano y yo me dejo hacer. Observo cómo algunas de
las mujeres lo miran, cosa que hace que me enorgullezca de ser yo la que va de
su mano. Tras cruzar la sala en la que la gente está cenando, llegamos a un
espacio separado por telas doradas de satén. No puedo evitar sorprenderme, y,
cuando el maître abre una de esas cortinas y nos invita a pasar, casi silbo.
Es una estancia lujosa e iluminada con velas. En un lateral hay un
sillón con aspecto de cómodo y, en el centro, una redonda y bien vestida mesa
para dos. Pedro sonríe al ver mi gesto de sorpresa y observo cómo le indica con
la mirada al maître que se retire. Se acerca a mí y, con galantería, retira una
de las sillas para que me siente.
-
¿Te gusta? – me pregunta.
-
Sí…
En cuanto me acomodo en la silla, él rodea la mesa y toma asiento
frente a mí.
-
¿Nunca has cenado aquí?
-
He pasado mil veces por la puerta pero nunca he
entrado. Sólo con verlo desde fuera intuyo que sus precios son prohibitivos
para una mileurista como yo.
Al decir aquello, Pedro arruga la nariz y extiende su mano sobre la
mesa hasta llegar a la mía. La agarra y comienza a dibujar circulitos sobre mi
muñeca.
-
Para vos, pocas cosas serán prohibitivas –
murmura.
Eso me hace reír.
-
Más de las que crees.
-
Lo dudo, pequeña. Seguro que vos sos la que se
pone límites.
Su mirada, su voz ronca y su manera de llamarme “pequeña” me cautivan.
Me erizan el vello de todo mi cuerpo. Él. El señor Alfonso, mi jefe, me fascina
a cada segundo que pasa.
Toca un botón verde que hay en un lateral de la mesa y, al cabo de
unos segundos, aparece un camarero con una botella de vino. Mientras le sirve a
él, leo en su etiqueta “Flor de Pingus. Rivera del Duero”. ¡Dios, si no me
gusta el vino! Y me muero por una Coca-Cola fría. En cuanto el camarero le
sirve, Pedro toma la copa, la mueve, se la acerca a la nariz y le da un pequeño
sorbo.
-
Excelente.
El camarero vuelve a servirle y después da la vuelta a la mesa y me
sirve a mí también. Me rasco. Instantes después se va, dejándonos solos.
-
Prueba el vino, Pau. Es fantástico.
Agarro la copa, poniendo cara de circunstancias. Pero cuando voy a
llevármela a la boca, siento su mano sobre la mía.
-
¿Qué ocurre? – me pregunta.
-
Nada.
Alfonso ladea la cabeza.
-
Pau, te conozco poco, pero me estoy percatando
de las ronchas que te están apareciendo en el cuello – me dice, sorprendiéndome
–. Vos misma me lo confesaste. ¿Qué pasa?
Sin poder evitarlo sonrío. Vaya con el señor Alfonso, no se le escapa
una.
-
¿La verdad?
-
Siempre – insiste.
-
No me gusta el vino y me muero por una Coca-Cola
fresquita.
Boquiabierto y divertido, me mira como si le hubiera dicho que “Los
Teletubbies” es mi serie favorita y que Bob Esponja es mi novio.
-
Este vino color rubí oscuro te gustará – murmura
con una voz ronca pero dulce –. Hazlo por mí y pruébalo. Si no te agrada, por
supuesto, te pediré una Coca-Cola.
Ni que decir tiene que lo pruebo rápidamente.
-
¿Y bien? – pregunta sin apartar sus penetrantes
ojos de mí.
-
Está rico. Mejor de lo que pensaba.
-
¿Te pido la Coca-Cola?
Sonrío y niego con la cabeza. Instantes después, la cortina se vuelve
a abrir y aparecen dos camareros con varios platos.
-
Me tomé la libertad de decidir la cena para los
dos, ¿te parece bien?
Asiento. No me queda más remedio. Y poco después disfruto de un
exquisito cóctel de gambas, de un fino paté de berenjenas y, posteriormente, de
un delicioso salmón a la naranja mientras charlamos. Pedro Alfonso se ha
convertido de repente en un hombre con un gran sentido del humor y eso me
encanta.
Entonces me doy cuenta de que una luz naranja se enciende en el
lateral derecho de la estancia.
-
¿Qué es eso?
Pedro, sin necesidad de mirar, sabe a lo que me refiero.
-
Algo que quizá tras el postre te enseñe.
Eso me hace sonreír y le doy un trago al vino, que, por cierto, cada
vez me sabe mejor.
-
¿Por qué tras el postre?
Mi pregunta parece divertirlo. Me recorre con los ojos y se echa atrás
en su silla.
-
Porque primero quiero cenar.
No pregunto más y, cuando acabo mi salmón, los camareros entran para
retirar los platos. Segundos después, entra otro camarero y deja ante mí una
porción de tarta de chocolate acompañada por una bolsa de color rosa.
-
Mmm, qué rico – y al ver que a él no le sirven,
pregunto –: ¿Vos no tomas postre?
No me contesta. Se limita a levantarse, agarrar su silla y sentarse a
mi lado. Me altero. Es tan sexy que es imposible no pensar mil y una lujurias
en ese momento. Toma la cucharita, parte un pedazo de tarta, agarra helado y
dice:
-
Abre la boca.
Pestañeo sorprendida.
-
¿Cómo?
No repite lo dicho. Me enseña la cuchara y yo, automáticamente, abro
la boca. Me tiene extasiada. Mete la cuchara lentamente en mi boca y yo cierro
los labios sobre ella. Me mira. Yo me excito y sonrío tímidamente. Nada más
tragar esa delicatesen, me dispongo a decir algo, pero él me interrumpe:
-
¿Está rico?
Con mi paladar aún dulzón por el chocolate y el helado de fresa, asiento.
Él se acerca.
-
¿Puedo probar?
Le digo que sí y mi sorpresa es mayúscula cuando lo que prueba son mis
labios. Mi boca. Posa sus suculentos labios en los míos y los saborea. Como
hizo por la mañana en el archivo, primero saca su lengua, chupa mi labio superior,
luego el inferior, después un mordisquito y, al final, su sensual lengua me
invade y yo cierro los ojos dispuesta a más. Cuando siento su mano sobre mi
rodilla, mi respiración se acelera, pero no me muevo. Quiero más. Lentamente la
sube hasta llegar a la cara interna de mis muslos y los masajea. Su mano sube
hasta mi bombacha y siento sus dedos en ella. Pero, de repente, se separa de mí
y regresa a su posición en la silla.
Mis mejillas queman. Arden, del mismo modo que ardo toda yo. Aquel
íntimo contacto me ha puesto a cien. ¿Qué me pasa? Un beso y un simple roce de
su mano han conseguido que casi tenga un orgasmo y eso me acelera el pulso.
Pedro me observa. Veo el deseo en sus ojos.
-
Te desnudaría aquí mismo – murmura.
Jadeo. ¡Dios! ¡Me va a dar algo!
Quiero más y esta vez soy yo la que se lanza a besarlo. Él acepta mis
labios pero, cuando lo voy a agarrar del cuello, me sujeta las manos y se
separa unos milímetros de mí.
-
¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar? – me
pregunta, muy cerca de mis labios.
Esa pregunta me descoloca por completo. ¿A qué se refiere? Pero es tal
el deseo que siento en ese momento por él y quiero ser tan malota que respondo
totalmente hechizada:
-
Hasta donde lleguemos.
-
¿Seguro?
-
Bueno – murmuro acalorada –. El sado no me va.
Pedro sonríe. Pasa las manos por debajo de mis piernas y por mi
cintura y me coloca sobre sus piernas. Voy a estallar. ¡Estoy sobre mi jefe!
Mete su nariz en mi cuello y lo oigo aspirar mi aroma. Mi perfume. Aire de
Loewe. Cierro los ojos y cuando los abro veo que me está mirando.
-
¿Quieres saber qué significa esa luz naranja?
Dirijo mi mirada hacia la luz, que sigue encendida, y asiento. Pedro
mueve su mano y aprieta uno de los botones que hay en el lateral de la mesa.
Las cortinas de raso que están bajo una luz naranja se recogen y aparece un
cristal oscuro. ¿Qué es eso? Pedro me observa. Instantes después, el cristal se
aclara y veo con toda nitidez a dos mujeres sobre una mesa practicando sexo
oral.
Alucinada, anonadada e incrédula miro el espectáculo que aquellas dos
desconocidas nos ofrecen cuando, de pronto, Pedro pulsa otro botón y los
gemidos de esas dos mujeres resuenan en nuestro reservado. No sé qué hacer. No
sé ni siquiera dónde mirar.
-
¿Estás preparada para esto? – me pregunta.
La piel me arde mientras siento sus fuertes dedos cosquillearme la
cintura. Lo miro, confundida.
-
¿Por qué vemos algo así?
-
Me excita mirar. ¿No te excita a ti?
No contesto. No puedo. Estoy tan bloqueada que no sé ni siquiera si
sigo respirando.
-
Todos tenemos nuestra pequeña parte voyeur. El hecho de mirar algo
supuestamente prohibido, morboso o excitante nos encanta, nos estimula y nos
hace querer más.
Vuelvo a dirigir mi vista hacia el cristal mientras las respiraciones
de las dos mujeres retumban por la sala y entonces veo que Pedro aprieta otro
botón y las cortinas del lado izquierdo se recogen. Allí había una luz verde.
Segundos después, el cristal se aclara y veo a dos hombres y una mujer. Ella
está tumbada sobre un diván. Un hombre la penetra y otro le mordisquea los
pechos mientras ella, gustosa, disfruta con el momento.
-
Escenas como éstas son dignas de observar –
prosigue Pedro –. Los gestos de la mujer mientras permite que disfruten de su
cuerpo y su feminidad son enloquecedores. Observa su deleite… Mmmm… Disfruta
con lo que le están haciendo. Se entrega gustosa a ellos, ¿no crees?
-
No… lo sé.
-
Las mujeres son una continua fuente de morbo
para mí. Son deliciosas.
Con el pulso a mil, tomo el vaso de vino y me lo bebo del tirón. Estoy
sedienta cuando lo oigo decirme:
-
Tranquila. No nos ven. Pero ellos han permitido
que se los pueda observar. La luz naranja permite ver y la luz verde te invita
a participar. ¿Te gustaría hacerlo?
-
¿El qué?
-
Participar.
-
No – balbuceo histérica.
-
¿Por qué?
Mi corazón late desbocado y consigo responder:
-
Yo… yo no hago cosas así.
Sus cejas se levantan y pregunta:
-
¿Sos virgen?
-
¡Nooooooooo! – respondo con demasiada efusividad
–. Pero yo…
-
Vale. Entiendo. Vos practicas sexo tradicional,
¿verdad?
Como una tonta asiento y él me agarra la barbilla para que mire al
trío que continúa con su ardoroso juego.
-
Ellos también practican sexo tradicional – añade
–. Sólo que a veces juegan y experimentan algo diferente. ¿De verdad que no te
atrae?
Sin querer retirar mis ojos de ellos, los observo e,
inconscientemente, un gemido sale de mi interior al ver el disfrute de aquella
mujer. Estoy excitada.
-
No… yo… – respondo.
-
¿Te incomoda hablar de sexo?
Lo miro sorprendida. ¿A qué viene esa pregunta ahora?
-
Tus ojos delatan nerviosismo y tu boca deseo –
insiste –. No me puedes negar que lo que ves te excita, y mucho, ¿verdad?
No respondo. Me niego. Y él, controlador de la situación, murmura
cerca de mi oído:
-
Lo pasarías bien. Muy bien, Pau. Yo me encargaía
de proporcionarte todo el placer que vos quisieras. Sólo tienes que pedirlo y
yo te lo daré.
Como una boba, asiento. En la vida me hubiera imaginado algo así. No
sé dónde detener mi mirada. Estoy tan excitada que hasta me da vergüenza
admitirlo. El lugar, el momento y el hombre que está junto a mí no me permiten
que siga pensando.
-
En estos reservados, quien lo desea degusta una
exquisita cena y algo más. Sólo un selecto grupo de personas podemos acceder a
estas dependencias. Y, si tras la cena deseas jugar, sólo hay que pulsar este botón
y los cristales desaparecerán.
De pronto me pongo histérica. Muy nerviosa. Yo no deseo nada de lo que
él me está diciendo. Intento levantarme, pero Pedro me sujeta. No me deja
moverme y, con la respiración más que acelerada, susurro:
-
Quiero marcharme de aquí.
-
Son sólo las once.
-
Da igual… quiero irme.
-
¿Por qué, Pau? – Al ver que no contesto, añade
–: creo recordar que has dicho que estabas dispuesta a todo lo que yo quiera.
-
No me refería a eso. Yo… yo no hago esas cosas.
Sujetándome con más fuerza, me obliga a mirarlo y, tras clavar sus
marrones ojos en los míos, murmura cerca de mi boca:
-
Te sorprenderías, si lo probaras.
-
Pedro, yo no…
-
Pau, el sexo es un juego muy divertido. Sólo hay
que atreverse a experimentar.
Niego con la cabeza, presa de los nervios. No quiero experimentar. Con
el sexo normal que conozco, me sobra y me basta. Tras unos segundos que a mí me
parecen eternos, Pedro aprieta los botones y los gemidos desaparecen. Unos
instantes después, los cristales se vuelven oscuros y las cortinas caen.
-
Gracias – consigo balbucear.
Me levanta de su regazo y me mira con el rostro serio.
-
Vamos, Pau. Te llevaré a tu casa.
Media hora después y tras un extraño aunque no incómodo silencio, sólo
roto por su conversación al teléfono con una mujer, llegamos a mi calle. Se
baja conmigo del auto y me acompaña. Su actitud vuelve a ser fría y distante.
Sube conmigo en el ascensor. Cuando llegamos a mi puerta, quiero invitarlo a
pasar, pero me interrumpe:
-
Ha sido una cena muy agradable, señorita Chaves.
Gracias por su compañía.
Dicho esto, me besa la mano y se va. Yo me quedo excitada a las once y
media de la noche y sin palabras. ¿Vuelvo a ser la señorita Chaves?
buenísimo el capítulo,seguí subiendo...
ResponderEliminarTu adaptación es perfecta. Subí más caps please!!!!!!!!!
ResponderEliminar