Tras salir del restaurante, Pedro vuelve a tomarme de la mano con un
gesto posesivo, y yo me dejo llevar. Cada vez me gustan más las sensaciones que
me provoca, a pesar de que estoy algo desconcertada por su proposición.
Una parte de mí quiere rechazarla, pero otra parte quiere aceptarla. Me
gusta Pedro. Me gustan sus besos. Me gusta cómo me toca y sus juegos. Caminamos
en busca de la sombra por los jardines del Palacio Real mientras hablamos de
mil cosas, aunque de ninguna en profundidad.
-
¿Te apetece venir a mi hotel? – me pregunta de
repente.
-
¿Ahora?
Me mira. Recorre mi cuerpo con lujuria y susurra con voz ronca:
-
Sí. Ahora. Estoy alojado en el hotel Villa
Magna.
El estómago se me contrae. Ir a una habitación con Pedro supone ¡lo
que supone! Sexo… sexo… y sexo. Y, tras mirarlo unos segundos, le digo que sí
con la cabeza, convencida de que es eso lo que quiero con él. Sexo. Caminamos de
la mano hasta el parking.
-
¿Me dejarás manejar?
Me mira con sus inquietantes ojos caramelo y acerca su boca a mi oído.
-
¿Has sido buena?
-
Buenísima.
-
¿Y vas a volver a cantar?
-
Con toda seguridad.
Lo oigo reír, pero no contesta. Cuando llegamos al parking y paga el
ticket, vuelve a mirarme y me entrega las llaves.
-
Tus deseos son órdenes para mí, pequeña.
Emocionada, doy un salto a lo Rocky Balboa que vuelve a hacerlo sonreír.
Me pongo de puntillas y lo beso en los labios. Esta vez soy yo quien le agarra
de la mano y tira de él en busca del Ferrari.
-
¡Uooooooooo! – grito, emocionada.
Pedro se sube y se pone el cinturón.
-
Bien, Pau – me dice –. Todo tuyo.
Dicho y hecho.
Arranco el motor y pongo la radio. En seguida, la música de Maroon 5
llena el interior del vehículo y, antes de que él toque el volumen, lo miro y
murmuro:
-
Ni se te ocurra bajarlo.
Pone los ojos en blanco, pero sonríe. Está de buen humor. Salimos del
Parking y me siento como si fuera una guerrera amazónica con aquel
impresionante auto entre mis manos. Sé dónde está el hotel Villa Magna, pero
antes decido darme una vueltecita por la M-30. Pedro no habla, simplemente me
observa y aguanta estoicamente el volumen de la radio y mis cánticos. Media
hora después, cuando me doy por satisfecha, aminoro la marcha y salgo de la
M-30 para dirigirme al hotel Villa Magna.
-
¿Contenta por el paseo?
-
Mucho – respondo, emocionada por haber manejado
semejante auto.
Sus manos me cosquillean las piernas y noto que se paran sobre mi
monte de Venus. Hace circulitos sobre él y me humedezco al instante. Escandalizada,
quiero cerrar las piernas.
-
Espero que dentro de media hora estés todavía
más contenta – me dice.
Eso me hace reír mientras noto sus manos juguetonas apretando mi sexo
a través del jean. Eso me pone más y más, y, cuando llegamos a la puerta del
Villa Magna y nos bajamos del auto, me agarra de la mano, me quita las llaves y
se las entrega al portero. Después tira de mí hasta llegar a los ascensores. Una
vez en su interior, el ascensorista no necesita preguntarnos nada: sabe
perfectamente dónde nos tiene que llevar. Al llegar a la última planta, se
abren las puertas del ascensor y leo: “Suite Royal”.
Al entrar, respiro el lujo y el glamur en estado puro. Muebles color
café, jardín japonés… Entonces me doy cuenta de que hay dos puertas en la
suite. Las abro y descubro dos fantásticas habitaciones con enormes camas King Size.
-
¿Por qué utilizas una suite doble?
Pedro se acerca a mí y se apoya en la pared.
-
Porque en una habitación juego y en la otra
duermo – murmura.
De pronto, unos golpes en la puerta llaman mi atención y entra un
hombre de mediana edad. Pedro lo mira y dice:
-
Tráiganos fresas, chocolate y un buen champán
francés. Lo dejo a su elección.
El hombre asiente y se marcha. Yo todavía estoy en estado de shock
mientras observo el placer de lo exclusivo. Nos alejamos unos metros de la
puerta y caminamos por la habitación. Yo me dirijo directamente a una terraza. Abro
las puertas y salgo.
Pronto siento a Pedro detrás de mí. Me toma por la cintura y me
aprieta contra él. Después baja su cabeza y siento sus labios repartir cientos
de dulces besos por mi cuello. Cierro los ojos y me dejo llevar. Noto sus manos
por debajo de mi remera y cómo éstas se agarran con fuerza a mis pechos. Los masajea
y comienzo a vibrar. Ha sido entrar en la habitación y ya siento que me quiere
poseer. Lo apremia la prisa. Lo apremia hacerlo ya.
-
Pedro, ¿puedo preguntarte algo?
-
Sí.
A cada segundo que pasa me siento más húmeda por las cosas que me hace
sentir.
-
¿Por qué vas tan de prisa?
Me mira… me mira… me mira y, finalmente, dice:
-
Porque no quiero perderme nada y menos aún
tratándose de vos. – Un jadeo sale por mi boca y ahora es él quien pregunta –:
¿Llevas el vibrador en la cartera?
Al recordarlo maldigo en silencio.
-
No – respondo.
Él no contesta y, sin que yo me mueva, noto que me desabrocha el botón
del jean y me baja la cremallera. Introduce su mano bajo mi bombacha, traspasa
mi húmeda hendidura, paso un dedo sobre mi clítoris y comienza a moverlo. Lo estimula.
-
Dije que siempre lo llevaras encima, ¿lo
recuerdas?
-
Sí.
-
¡Ah, pequeña…! Debes recordar los consejos que
te doy si quieres que podamos disfrutar plenamente del sexo.
Asiento, totalmente subyugada, cuando su dedo se para y lo saca
lentamente de debajo de mi bombacha. Quiero pedirle que continúe. En cambio, me
acerca el dedo a la boca.
-
Quiero que sepas cómo sabes. Quiero que
entiendas por qué estoy loco por volver a devorarte.
Sin necesidad de nada más, muevo el cuello y meto su dedo en mi boca. El
sabor de mi sexo es salado.
-
Hoy, señorita Chaves – vuelve a murmurar en mi
oído –, pagarás por no haber traído el vibrador y haber frustrado uno de mis
juegos.
-
Lo siento y…
-
No. No lo sientas, pequeña – murmura –. Jugaremos
a otra cosa. ¿Te atreves?
-
Sí… – suspiro, más excitada a cada instante que
pasa.
-
¿Estás segura?
-
Sí…
-
¿Sin límites?
-
Sado no.
Lo oigo sonreír, cuando vuelven a escucharse unos golpes en la puerta.
Pedro se aparte de mí y, al volverme veo que un mozo nos trae una preciosa mesa
de cristal y plata con lo que había pedido. Pedro descorcha el champán, sirve
dos cosas y, acercándome una, brinda conmigo.
-
Brindemos por lo bien que lo vamos a pasar
jugando, señorita Chaves.
Lo miro. Me mira.
Siento cómo mi cuerpo reacciona ante la palabra “juego”. Si viera esa
mirada suya en Facebook no dudaría en darle al “Me gusta”. Al final sonrío,
choco mi copa contra la suya y asiento con toda la seguridad que puedo.
-
Brindo por ello, señor Alfonso.
Buenisimo el capitulo,me encanto!!!
ResponderEliminarTe vuelvo a repetir: es demasiado buena esta historia para subir de a un cap, tendrías que subir x lo menos 2 x día jaja
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