El fin de semana pasa y el lunes tomamos un avión que nos lleva a
Guipúzcoa. La actitud de Amanda hacia mí no parece haber cambiado. Está
cortante y más distante, algo que con Pedro no sucede. Me molesta cómo intenta
que no me preste atención. Pero el tiro le sale por la culata en todo momento.
Pedro, en sus funciones de jefe, me busca continuamente y eso a Amanda la saca
de sus casillas. Las reuniones se suceden y, tras Guipúzcoa, vamos a Asturias.
Pedro y yo durante el día trabajamos codo con codo como jefe y
secretaria y por la noche jugamos y disfrutamos. Él lleva el morbo como algo
innato y cada vez que estamos solos me vuelve loca con lo que me hace fantasear
y con su manera de tocarme y poseerme. Le encanta mirarme mientras me masturbo
con el vibrador que él me regaló, capricho que yo le concedo gustosa. Es tal la
lujuria que me hace sentir que deseo volver a repetir lo de ir a un bar de
intercambio de parejas y vivir lo que me hizo vivir. Cuando se lo confieso, ríe
a carcajadas y, cuando me penetra, fantasea con que otro hombre me posea
mientras él mira, cosa que me vuelve loca.
El miércoles, cuando llegamos a Orense, vamos directos a la reunión.
Por el camino, Pedro habla con una tal Marta por teléfono y se cabrea. El día
se tuerce y termina discutiendo por la falta de profesionalidad del jefe de la
delegación. No tiene preparado nada de lo que necesita y Pedro se lo toma muy
mal. Intento mediar para que el ambiente se relaje, pero al final salgo
escaldada y Pedro, mi jefe, me pide de malos modos que me calle.
En el viaje de vuelta, el humor de Pedro es siniestro. Amanda me mira
con gesto de superioridad y yo estoy que muerdo. Cuando llegamos al hotel,
Pedro le pide a Amanda que baje del auto y nos deje unos minutos a solas. Ella
lo hace y, cuando cierra la puerta, Pedro me mira con un gesto que me hace
trizas.
-
Que sea la última vez que hablas en una reunión
sin que yo te lo pida.
Entiendo su enojo. Tiene razón y, aunque me moleste su regañina, le
quiero pedir disculpas, pero me interrumpe:
-
Al final va a tener razón Amanda. Tu presencia
no es necesaria.
El hecho de que mencione a esa mujer y de saber que le habla de mí me
encoleriza.
-
A mí lo que te diga esa imbécil me importa un
pimiento.
-
Pero quizá a mí no – gruñe.
Se toca la cabeza y los ojos. No tiene buena cara. Suena su teléfono.
Pedro lo mira y corta la llamada. Y, en un intento de suavizar el momento,
murmuro:
-
Tienes mala cara, ¿te duele la cabeza?
Sin contestar a mi pregunta, me clava su dura mirada.
-
Buenas noches, Paula. Hasta mañana.
Lo miro, sorprendida. ¿Me está echando?
Con la dignidad que me queda, abro la puerta del auto y salgo. Amanda
espera a escasos metros y prefiero no mirarla cuando paso junto a ella o la
arrastraré de los pelos. Me voy directa a mi habitación.
A la mañana siguiente, jueves, cuando el despertador suena a las siete
y veinte protesto. Quiero dormir más.
Entre gruñidos, me levanto de la cama y camino hacia la ducha.
Necesito el frescor del agua en mi cuerpo para despertarme.
Bajo el agua, recuerdo que es jueves y eso me alegra. Pedro y yo
pronto tendremos el fin de semana para estar juntos. ¡Bien!
Cuando regreso al dormitorio envuelta en una esponjosa toalla color
hueso que huele de maravilla, miro mi mesita.
-
¡Maquinote! Lo que disfruté con vos anoche.
Me río divertida.
Sobre unos pañuelos de papel, está el vibrador con forma de
pintalabios que utilicé anoche para relajarme. El regalito de Pedro. Lo agarro
entre mis manos y suspiro mientras recuerdo la explosión de placer que sentí
cuando jugaba con él.
Feliz de buena mañana, agarro el vibrador y regreso al baño. Lo lavo y
finalmente lo meto en mi cartera. Ya no se me olvida. El maquinote y yo, juntos
hasta la muerte. Abro la maleta y saco una bombacha. Me la pongo y pienso que
tengo que pedirle a Pedro las que me quitó o me quedaré sin suministros. Mi
enojo ha desaparecido. Estoy segura de que el de él también y tendremos un
maravilloso día por delante.
Miro el armario y me pongo un traje azulón con pollera y una camisa
abierta. Hoy quiero estar sexy para que desee regresar pronto al hotel.
A las ocho, alguien llama a la puerta de mi habitación y, dos segundos
después, una moza muy amable deja un bonito carrito con el desayuno y se
marcha.
Cuando levanto las tapas salto de felicidad al ver la cantidad de
bollos que tengo ante mí. Agarro una silla y me siento. Bebo un poco de zumo de
naranja. ¡Hummm, qué rico! Me preparo un café y disfruto con un minipepito.
Luego una napolitana y cuando voy a atacar un donut, me paro y consigo vencer
la tentación. Demasiados bollos.
El celular suena. He recibido un mensaje. Pedro. “8.30 en recepción”.
¡Qué explícito!
Ni un simple “Buenos días, pequeña”, “Pau” o como quiera.
Pero sin tiempo que perder y ansiosa por verlo de nuevo, agarro mi
maletín. Meto el portátil y los documentos del día anterior y lo cierro. Hoy
vamos a otra delegación de Asturias y sólo espero que el día se dé mejor que el
anterior.
Al llegar a recepción veo a Pedro apoyado en una mesa. Está
impresionante con su traje gris claro y su camisa blanca. Veo que aún tiene su
bonito pelo algo mojado por la ducha y me estremezco. Me hubiera encantado
ducharme con él.
Dos mujeres que pasan por su lado se vuelven para mirarlo. Normal. Es
un bombón de hombre. Cuando pasan por mi lado observo sus caras y cómo
susurran. Imagino sobre lo que hablan. Con decisión, camino hacia él subida en
mis tacos y repaso su ancha espalda mientras lo veo leer con concentración el
periódico. Cuando llego a su altura lo saludo con voz melosa:
-
¡Buenos días!
Pedro no me mira.
-
Buenos días, señorita Chaves.
Pero bueno, ¿ya estamos otra vez con los puñeteros apellidos?
No esperaba que me agarrara entre sus brazos y me sonriera en plan
novio. Pero hombre, algo más de cordialidad tras una noche separados, pues sí.
Su indiferencia me desconcierta.
¿Por qué no me mira?
Pero no dispuesta a comenzar el juego del gato y el ratón me quedo a
su lado a la espera de que decida que nos vayamos. Echo una ojeada al reloj.
Las ocho y media. Miro la entrada del hotel y veo la limusina esperando. ¿Por
qué no nos vamos? Pedro omite mi presencia y sigue leyendo el periódico con la
mandíbula tensa. ¿Todavía está enojado? Quiero preguntarle, pero no quiero ser
yo la que dé siempre el primer paso.
No me muevo. No resoplo. Seguro que está esperando alguno de mis
movimientos para comenzar con sus agrias palabras.
La gente, el noventa por ciento ejecutivos como nosotros, pasa por
nuestro lado. Las nueve menos veinticinco. Me sorprende que aún estemos allí.
Pedro es un maniático con la puntualidad. Las nueve menos veinte. Sigue tan
pancho, sin importarle que yo esté allí plantada junto a él como un pasmarote,
cuando oigo unos tacos acelerados. Amanda, con un traje chaqueta y pollera
blanca, se acerca a nosotros.
No me mira. Sólo tiene ojos para Pedro, al que se dirige en alemán:
-
Disculpa el retraso, Pedro. Un problema con mi
ropa.
Observo que él sonríe.
La mira.
La repasa de arriba abajo con su acaramelada mirada.
-
No te preocupes, Amanda. El retraso ha merecido
la pena. ¿Has dormido bien?
Ella sonríe.
-
Sí – responde, sin importarle mi cercanía –.
Algo he dormido.
¿”Algo he dormido”?
¿Ha dicho “Algo he dormido”? Pero bueno, ¿qué me están dando a
entender esos idiotas?
Ella sonríe como un loro tras una noche de botellón y le toca la
cintura. Esa familiaridad me incomoda. Me repele mientras sus sonrisas me dan a
entender muchas cosas.
Respiro con dificultad, al ser consciente de lo que ha ocurrido entre
esos dos y quiero gritar y patalear. De pronto, Pedro le planta la mano en la
espalda a Amanda y, tocándole fugazmente la cintura, dice:
-
Vamos, el chófer nos espera.
Y, sin mirarme, comienza a caminar con esa mujer a su lado, mientras
pasa de mí.
Los observo y me quedo petrificada.
No sé qué hacer. Unos incontrolables celos que hasta el momento nunca
había sentido se instalan en mi estómago y deseo agarrar el precioso jarrón que
hay en la mesa y plantárselo en toda la cabeza a él.
El corazón me late a mil. Su latido es tan fuerte que creo que toda la
recepción lo puede oír. Aquello me humilla, me fastidia y él ni se inmuta.
¡Imbécil!
El enojo de Pedro continúa y yo no entiendo por qué. Pero no. Eso no
lo voy a consentir. Pedro no me conoce y a mí nadie me chulea.
Comienzo a caminar tras ellos.
Si ese idiota alemán se cree que voy a montar un numerito, lo lleva
claro. Menuda soy yo. Cuando llegamos a la limusina, el chófer abre la puerta.
Entra Amanda, entra él y, cuando voy a entrar yo, Pedro me hace un gesto con la
mano.
-
Señorita Chaves, siéntese en la cabina delantera
con el chófer, por favor.
¡Zas! Menuda bofetada con toda la mano abierta que me acaba de dar
delante de Amanda.
Pero, sorprendentemente, sonrío con frialdad y digo:
-
Como usted ordene, señor Alfonso.
Con mi máscara de indiferencia, me siento junto al chófer. ¡Vaya
cabreo monumental que tengo! Durante unos segundos, los oigo hablar y reír
detrás de mí hasta que un ruido metálico suena en mi oreja. Con el rabillo del
ojo veo cómo un cristal opaco divide la parte de atrás con la delantera.
Estoy furiosa. Colérica. Exasperada.
Ese juego no me gusta y no entiendo por qué tiene que hacerlo delante
de mí. Inconscientemente clavo mis uñas en las palmas de mis manos cuando oigo
que el chófer me pregunta:
-
¿Quiere escuchar música, señorita?
Con la cabeza, le digo que sí. No puedo hablar. Me pongo mis gafas de
sol y escondo la mirada. De pronto, suena la canción de Dani Martín Mi lamento y siento unas terribles ganas
de llorar.
Los ojos me escuecen y las lágrimas pugnan por salir. Pero no. Yo no
lloro. Me trago mis lágrimas e intento disfrutar de la canción y del viaje.
Incluso tarareo.
Durante los tres cuartos de hora que dura el viaje. Mi mente trabaja a
toda velocidad. ¿Qué harán atrás aquellos dos? ¿Por qué Pedro me ha pedido que
me siente delante? ¿Por qué sigue enojado conmigo? Cuando el auto se detiene,
me bajo sin necesidad de que el chófer me abra la puerta. Eso que se lo haga a
ellos. A los señoritingos.
Al bajarme, sonrío al ver a Santiago Ramos. Él es el secretario de esa
delegación y entre nosotros siempre hubo feeling.
Pero feeling del bueno. Del decente.
El chófer abre la puerta y salen Pedro y Amanda. No los miro. Sólo miro al
frente con mis gafas de sol puestas.
Pedro saluda a Jesús Gutiérrez, el jefe de la delegación, y a su junta
directiva. Les presenta a Amanda y luego me presenta a mí. Con profesionalidad,
estrecho las manos de todos ellos para después seguirlos hasta una sala. Pero
esta vez, en vez de ir detrás de Pedro y Amanda, me retraso para saludar a
Santiago. Nos damos dos besos y entramos charlando.
Una vez allí, antes de sentarnos, unas señoritas nos ofrecen café. Lo
acepto gustosa. Necesito café. Estoy atacada. Me tomo tres. Entonces, la
distancia con Pedro y la charla con Santiago me comienza a tranquilizar. En ese
momento, veo de reojo que Pedro se gira. Es sólo un instante, pero sé que me ha
mirado. Me ha buscado.
Santiago y yo seguimos hablando y nos reímos mientras me cuenta cosas
de su hija. Es todo un padrazo y eso me emociona. Diez minutos después, todos
pasamos a la sala de reuniones, tomamos posiciones y, como siempre, Pedro
preside la mesa. Amanda se sienta a su derecha y yo intento colocarme en un
segundo plano. No quiero mirarlo. No me apetece.
-
Señorita Chaves – oigo que me llama mi jefe.
Sin dudarlo, me levanto y me acerco hasta él con profesionalidad.
Su perfume entra por mis fosas nasales y provoca en mí mil
sensaciones, mil emociones. Pero consigo no cambiar mi gesto.
-
Siéntese al fondo de la mesa, por favor. Frente
a mí.
Lo mato… lo mato y lo mato.
No quiero mirarlo ni que me mire.
Pero dispuesta a ser la perfecta secretaria, agarro mi portátil y me
siento donde él me indica. Al otro lado de la mesa, frente a él.
La reunión comienza y estoy atenta a todo lo que hablan. Ni lo miro ni
creo él tampoco me mire. Tengo el portátil abierto ante mí y temo recibir
alguno de sus correos. Por suerte, no llega ninguno. A la una, la reunión se
interrumpe. Es hora de comer. El jefe de la delegación ha reservado mesa en un
hotel cercano para comer y Santiago me propone ir en su auto. Acepto.
Sin mirar a mi particular Iceman que está junto a Amanda, paso junto a
él cuando oigo que me llama. Le pido a Santiago que me dé un segundo y me
acerco a mi jefe.
-
¿Adónde va, señorita Chaves?
-
Al restaurante, señor Alfonso.
Pedro mira a Santiago.
-
Puede venir en la limusina con nosotros.
Bien. Ahora el enojado es él.
¡Que le den!
Amanda nos mira. No nos entiende. Hablamos en español, cosa que creo
que le mosquea.
-
Gracias, señor Alfonso, pero si no le importa,
iré con Santiago.
-
Me importa – responde.
No hay nadie a nuestro alrededor. Nadie nos puede escuchar.
-
Peor para usted, señor.
Me doy la vuelta y me marcho.
¡Olé, la furia española!
España 1 – 0 Alemania.
Sé que acabo de cometer la mayor imprudencia que una secretaria pueda
hacer. Y aún mayor tratándose de Pedro. Pero lo necesitaba. Necesitaba hacerlo
sentir como me siento yo.
Sin importarme las consecuencias, entre ellas el despido seguro,
camino hacia Santiago y lo agarro del brazo con familiaridad. Nos montamos en
su Opel Corsa y nos dirigimos hacia el restaurante mientras comienzo a calcular
el paro que me va a quedar. De ésta me despiden fijo.
Cuando llego al establecimiento, corro con Santiago a tomarme varias
Coca-Colas.
¡Oh, Dios! Cómo me gusta sentir sus burbujitas en mi boca.
Pero hasta las burbujas se deshinchan cuando veo entrar a Pedro
seguido de Amanda y los jefazos. Mira hacia donde estoy y puedo percibir su
enojo. Los directivos entran en el comedor y rápidamente toman posiciones.
Pedro hace ademán de sentarse, pero entonces se excusa de sus acompañantes y me
hace una señal con la mano. Santiago y yo lo vemos y no me puedo negar a ir.
Doy un nuevo trago a mi Coca-Cola, la dejo sobre la barra y me acerco
a él.
-
Dígame, señor Alfonso. ¿Qué quiere?
Pedro baja la voz y, sin cambiar su gesto, pregunta:
-
¿Qué estás haciendo, Pau?
Sorprendida, porque vuelvo a ser “Pau” respondo:
-
Tomarme una Coca-Cola. Por cierto, Zero, que
engorda menos.
Mi contestación y mi chulería lo desesperan. Lo sé y eso me gusta.
-
¿Por qué estás haciéndome enojar todo el rato? –
inquiere, desconcertándome.
¡Tendrá poca vergüenza…!
-
¡¿Yo?! – le susurro –. Tendrás cara…
Su mirada es tensa. Dura y desafiante.
Sus pupilas se contraen y me hablan pero hoy no quiero entenderlas. Me
niego.
-
Pasen al comedor – me dice, antes de darse la
vuelta –. Vamos a comer.
Cuando Santiago y yo llegamos al comedor, nos sentamos en la otra
punta de la mesa. Suena mi celular: ¡mi hermana! Decido pasar de ella otra vez,
no me apetece escuchar sus lamentaciones. Más tarde la llamaré. La comida está
exquisita y continúo mi charla con mi amigo.
En un par de ocasiones miro hacia mi jefe y veo que sonríe a Amanda. Mi
enojo vuelve a crecer. Pero cuando sus ojos se cruzan con los míos, ardo. Me caliento.
Su mirada de Iceman consigue que todas mis terminaciones nerviosas se muevan al
mismo tiempo y toda yo me incendie.
A las cuatro y media regresamos a la sede. Yo, por supuesto, vuelvo en
el auto de Santiago. La reunión se reemprende y acaba cerca de las siete de la
tarde. ¡Estoy agotada!
Muy buen capítulo! es para matarlo a Pedro con esas actitudes! cómo puede soportarlo?!!!
ResponderEliminarEn el fondo...muy en el fondo, tiene sus motivos jajaja
EliminarAyyyyyyyy, quiero el siguiente x favorrrrrrr!!!!!!!!!!!!! Sólo x hoy, subí el siguiente!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarNo, no vas a querer el siguiente... te lo aseguro
EliminarSí lo voy a querer xq ya leí la trilogía completa original + de una vez jaja. Se lo que viene y no tiene desperdicio jaja. Dale, se buenita please
EliminarNop, si subo hoy el siguiente, mañana se quedan a 0...
EliminarBuenisimo el capitulo, segui subiendo!!!
ResponderEliminarPedro me saca y amo el carácter de Paula jajajajaj ! quiero que le de celos a PP con Fernando ..:)
ResponderEliminaresta buenisima la novela, me encantaaaaa
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