miércoles, 12 de marzo de 2014

Capítulo 17



Mi jefa se vuelve loca cuando Pedro le informa de que yo lo acompañaré en su viaje a las delegaciones. Carlos se alegra de no ser él. Mi jefa intenta convencerlo de mil formas para que yo no lo acompañe. Argumenta cosas como mi falta de experiencia o mi poco tiempo en la empresa, pero al final desiste. Pedro manda y ella debe aceptarlo. ¡Toma ya!

Llamo a mi padre el miércoles y le explico mi retraso de las vacaciones por el viaje. Le parece bien y me anima a hacer un buen trabajo. Si él supiera el trasfondo de todo, me metía en una caja y la embalaba para que no pudiera salir. Mi hermana, en cambio, se enoja conmigo. Marcharme durante varias semanas fuera de Madrid para ella es desquiciante. ¿A quién le va a explicar sus problemas?

El jueves, Pedro pasa a buscarme con su chófer a las seis de la mañana. Viajamos en su avión privado y tanto lujo me escandaliza. Parece que acabo de salir del pueblo. Miro todo con tanta curiosidad, que creo que Pedro hace esfuerzos por no reír.

Cuando llegamos a Barcelona, un auto nos recoge en el aeropuerto del Prat y nos lleva directos al hotel Arts. ¡Casi nada! Lo mejorcito de la ciudad. Allí nos alojamos en la última planta en dos suites. Ha cumplido su promesa: habitaciones separadas. Cuando el botones cierra la puerta tras de mí y me quedo en medio de aquella enorme habitación, miro a mi alrededor. Todo es grande, espacioso. Y lo mejor, hay dos grandes ventanales que me permiten ver el mar.

Alucinada por el lujo que me rodea, suelto mi maleta y me acerco a la ventana. ¡Increíble! Tras disfrutar durante un rato del paisaje, comienzo a buscar y a curiosear. Abro la nevera y veo chocolate. Me lanzo a por él. Cuando descubro la zona de mi habitación donde se encuentra la cama, un silbido de camionero sale de mí. ¡Es hermosa! Grandes ventanales que dan al mar y moqueta violeta a juego con un diván precioso. La cama es enorme y me tiro en plancha sobre ella. ¡Qué pasada! El baño es otra maravilla. Madera clara y una bañera rodeada por espejos. ¡Morboso!

Al salir del baño, el teléfono suena. Es Pedro.

-          ¿Qué tal tu suite?
-          Alucinante. Enorme. Es como cinco veces mi casa – me mofo.

Oigo cómo el ríe al otro lado de la línea.

-          En media hora te espero en recepción – me dice –. No olvides los documentos.

Llego a recepción puntual y veo a Pedro hablando con una mujer. Alta, glamurosa y rubia. Rubísima. Cuando él me ve, me invita a acercarme a ellos y nos presenta:

-          Amanda, ella es mi secretaria, la señorita Chaves.

La tal Amanda me hace un escaneo en profundidad y me da mal rollito, pero, en un gesto de profesionalidad, las dos nos damos la mano y Pedro añade en alemán:

-          Señorita Chaves, la señorita Fisher ha venido desde Berlín. Ella estará durante unos días con nosotros. Amanda es la encargada de ver si podemos suministrar nuestro medicamento en el Reino Unido.

Sonríe mientras la rubia de piernas largas mueve su cabeza en gesto afirmativo. Sin embargo, percibo algo raro en su mirada. No sé lo que es, pero no me gusta. Un hombre se acerca a nosotros y nos indica que nuestro vehículo nos espera. Los tres caminamos hacia una enorme limusina negra. Pedro se sienta junto a aquella mujer y se olvida de mí. Eso me inquieta. Pero lo que más me molesta es percibir que entre ellos hubo o hay algo. Me lo dicen las miradas de la rubia. De todas formas, como soy una profesional, mantengo la compostura mientras miro por la ventanilla e intento pensar en mis cosas.

Cuando llegamos a las oficinas centrales de Barcelona, nos recibe el jefe de la delegación, Xavi Dumas. Nada más verme, me sonríe y luego saluda al jefazo y a Amanda.

-          Hola, Judith – se dirige a mí, después de saludarlos –. ¡Qué alegría volver a verte!
-          Lo mismo digo, señor Dumas.

Seguidamente, me saluda Jimena, su secretaria.

-          Pau, ¿por qué no me has dicho que venías?
-          Porque hasta ayer no sabía que tendría que venir – respondo mientras la abrazo.

Jimena, con el gesto divertido, observa a Pedro, para luego mirarme a mí con picardía.

-          Vaya, vaya, con el jefazo alemán… ¡Está buenísimo!

Ambas nos reímos, pero nos dirigimos sin demora hacia una salita que ella me indica.

Instantes después, varios directivos, entre los que se encuentran Pedro y Amanda, entran en la estancia. Es una sala rectangular de paneles oscuros y una cristalera que da a un monte. En el centro de la estancia hay una larga mesa con varias sillas y, en un lateral, varias mesitas más pequeñas. Me siento en una de esas mesitas y Pedro preside la mesa justo frente a mí. Su mirada implacable me hace recordar el mote que le puso Carlos: Iceman. Al recordarlo, no puedo evitar sonreír.

La reunión comienza y Jimena, avisada por su jefe, se levanta de mi lado y se sienta en la mesa. Su jefe quiere que ella traduzca todo lo que él vaya diciendo para la tal Amanda. Atiendo a lo que dicen y observo que Jimena es una excelente traductora. Pero ocurre algo que me sorprende. En un momento dado, el señor Dumas menciona al pedro de Pedro y éste, muy serio pero también muy educadamente, le pide que no vuelva a nombrarlo. ¿Qué habrá pasado entre padre e hijo? Una hora después, mientras la reunión continúa su curso, recibo un mensaje en mi portátil.


De: Pedro Alfonso
Fecha: 5 de julio de 2012 10.38
Para: Paula Chaves
Asunto: Tu boca

Querida señorita Chaves, ¿le ocurre algo? Su boca la delata.

PD: Es usted la mujer más sexy de la reunión.

Pedro Alfonso


Sin mover mi cabeza, lo observo a través de mis pestañas. ¿Tendrá morro? Lleva ignorándome desde que aparecí en la recepción del hotel y ahora me viene con ésas. Así que decido responderle el correo.


De: Paula Chaves
Fecha: 5 de julio de 2012 10.39
Para: Pedro Alfonso
Asunto: Estoy trabajando

Estimado señor Alfonso, le agradecería que me dejara trabajar.

Paula Chaves


Sé que lo recibe. Lo veo mirar con interés la pantalla y cómo se curva la comisura de sus labios. Al cabo de pocos segundos, teclea de nuevo y yo recibo otro correo.


De: Pedro Alfonso
Fecha: 5 de julio de 2012 10.41
Para: Paula Chaves
Asunto: ¿Enojada?

Sus palabras me desconcentra, ¿está enojada por algo?

PD: Ese traje le sienta fenomenal.

Pedro Alfonso


Me muevo en mi silla, incómoda. ¿Tanto se me nota? Intento sonreír, avergonzada, pero mi boca se niega. Durante unos minutos atiendo a la reunión hasta que mi ordenador me indica que he recibido otro mensaje.


De: Pedro Alfonso
Fecha: 5 de julio de 2012 10.46
Para: Paula Chaves
Asunto: Usted decide

Le advierto, señorita Chaves, que si no contesta a mi correo en cinco minutos, pararé la reunión.

PD: ¡Lleva tanga bajo la pollera!

Pedro Alfonso


Al leer aquello, abro los ojos como platos, aunque intento mantener la calma. Se está tirando un farol. Le encanta picarme. Sonrío y lo reto con la mirada. Él no sonríe. El tiempo pasa y yo me relajo. Lo veo mirar a su ordenador e imagino que está escribiéndome otro correo cuando de repente interrumpe la reunión:

-          Señores, acabo de recibir un correo que he de responder de inmediato. Un contratiempo y les pido disculpas por ello. – Y, levantándose, añade –: ¿Serían todos tan amables de dejarnos a solar unos minutos a mi secretaria y a mí? Y, por favor, por nada del mundo quiero que nos interrumpan. Mi secretaria les avisará cuando hayamos acabado.

Me quiero morir.

¿Está loco?

Abro los ojos tanto como me es posible y veo que todos los directivos recogen sus carpetas y se marchan. Jimena me guiña un ojo y sigue a su jefe. La última en abandonar la sala es la tal Amanda. Me mira con cara de perro y, tras decirle a Pedro en alemán “Estaré fuera”, cierra la puerta tras de sí.

Todavía sentada en mi silla lo miro sin comprender nada. Pedro cierra su portátil, se repanchinga en su silla y clava su mirada en la mía.

-          Señorita Chaves, venga aquí.

Me levanto como un resorte y me dirijo hacia él, gesticulando por la sorpresa.

-          Pero… Pero ¿cómo has podido hacerlo?

Me mira, sonríe y no contesta.

-          ¿Cómo has podido parar la reunión? – insisto.
-          Te di cinco minutos.
-          Pero…
-          La reunión la has parado vos – me contesta.
-          ¡¿Yo?!

Pedro responde afirmativamente y, justo cuando me paro frente a él, me toma de la mano y, aún sentado, me coloca entre sus piernas. Luego me empuja y me hace sentar sobre la mesa. Ante él. Acalorada, miro a mi alrededor en busca de cámaras cuando él dice:

-          La habitación no tiene cámaras pero no está insonorizada. Si gritas, todos sabrán lo que ocurre.

Voy a protestar, ya que a cada instante que pasa me encuentro más alucinada, cuando Pedro se acerca a mí y hace eso que tan loca me vuelve. Saca su lengua, la pasa por mi labio superior. Me mira. Después vuelve a pasarla por mi labio inferior, me lo muerde hasta que yo abro la boca y finalmente me besa. Me succiona la boca de tal manera que me deja sin aliento y, como siempre, caigo a sus pies. Me tumba en la mesa y me sube la pollera. Sus manos ascienden lentamente por mis muslos hasta que siento que llegan a mis caderas. Entonces agarra el tanga y me lo quita.

-          Mmmm… Me alegra saber que llevas tanga.

Disfruto el momento y entro como una loba en su juego.

Me paso la lengua por los labios y quiero gritar “¡¡¡Sí!!!”. Mi gesto lo estimula y enloquece. Abro mis piernas con descaro pidiéndole más y él levanta la cabeza, sin mover el resto de su cuerpo.

-          ¿Llevas en la cartera lo que te dije que debías llevar siempre?

Cierro los ojos y maldigo con frustración.

-          Me lo he dejado en el hotel.

Mi reacción lo hace sonreír. Me incorpora de la mesa sin apenas tocarme, a excepción de la cara interna de mis muslos.

-          Lo siento, pequeña. Estoy seguro de que la próxima vez no lo olvidarás.

Lo miro, bloqueada.

¿Me va a dejar así?

Me da un chirlo en la cola cuando me bajo de la mesa.

-          Señorita Chaves, debemos continuar la reunión. Y, por favor, no vuelva a interrumpirla.

Siento las mejillas arreboladas y el deseo por todo lo alto mientras él es el rey del control. Eso me encoleriza. Lo sabe. Me agarra de la mano y me acerca a él en un gesto posesivo.

-          En cuanto terminemos la reunión te quiero desnuda en mi hotel. De momento, me quedo con tu tanga.
-          ¡¿Cómo?!
-          Lo que oyes.
-          Ni hablar. Devuélvemelo.
-          No.
-          Pedro, por favor. ¿Cómo voy a estar sin tanga?

Se levanta. Sonríe con malicia y se encoge de hombros.

-          Muy fácil. ¡Estando!

Me coloca bien la pollera. Me empuja hacia la puerta e insiste.

-          Vamos. Diles que entren. La reunión es importante.

Histérica y a punto de que me dé un “pumba”, sólo puedo resoplar.

¿Cómo me puede estar pasando esto a mí?

Finalmente, cierro los ojos, camino con seguridad hacia la puerta y antes de abrir me vuelvo hacia él.

-          Ésta me la pagas.

Pedro ni se inmuta.

Un minuto después, la reunión continúa y todo vuelve a la normalidad. Todo, excepto que no llevo tanga.


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