¿Qué me pongo?
Al final, me calzo unos jeans y una remera negra de los Guns’n’Roses que me regaló mi amiga
Patricia. Me sujeto el pelo con una coleta alta y a la una suena el
telefonillo. ¡Qué puntual! Convencida de que es él, no contesto. Que vuelva a
llamar. Diez segundos después lo hace. Sonrío. Descuelgo el telefonillo y
pregunto distraída:
-
¿Sí?
-
Baja. Te espero.
¡Olé! Ni buenos días, ni nada.
¡Don Mandón ha regresado!
Tras besar a Curro en la
cabeza, salgo de mi casa deseosa de que mi aspecto con jeans no le guste nada
de nada y decida no salir conmigo. Pero me quedo a cuadros cuando llego a la
calle y lo veo vestido con unos jeans y una remera negra junto a un
impresionante Ferrari rojo que me deja patidifusa. ¡Si lo pilla mi padre!
La sonrisa vuelve a mi boca. ¡Me encanta!
-
¿Es tuyo? – pregunto, acercándome hasta él.
Se encoge de hombros y no contesta.
Asumo que es alquilado y me enamoro a primera vista de aquella
impresionante máquina. Lo acaricio con mimo mientras siento que él me mira.
-
¿Me dejas manejarlo? – le pregunto.
-
No.
-
Venga, vaaaaaa – insisto –. No seas aguafiestas
y déjame. Mi padre tiene un taller y te aseguro que sé hacerlo.
Pedro me mira. Yo también lo miro.
Él resopla y yo sonrío. Finalmente niega con la cabeza.
-
Enséñame Madrid y, si te portas bien, quizá
luego te permita manejarlo. – Eso me emociona y prosigue –: Yo manejaré y vos
me dirás dónde ir. Así que, ¿dónde vamos?
Me quedo pensando un rato, pero en seguida le contesto:
-
¿Qué te parece si vamos a lo más turista de
Madrid? Plaza mayor, Puerta del Sol, Palacio Real, ¿lo conoces?
No responde, así que le doy unas indicaciones y nos sumergimos en el
tráfico. Mientras él maneja, disfruto del hecho de ir en un Ferrari. ¡Qué pasada!
Subo la música de la radio. Me encanta esa canción de Juanes. Él la baja. Vuelvo a subirla. Él vuelve a bajarla.
-
Vamos a ver, ¡que no escucho la canción! –
protesto.
-
¿Estás sorda?
-
No… no estoy sorda, pero un poquito de vidilla a
la música dentro de un auto no viene mal.
-
¿Y también tienes que cantar?
Esa pregunta me pilla tan de sorpresa que respondo:
-
¿Qué pasa? ¿Qué vos no cantas nunca?
-
No.
-
¿Por qué?
Tuerce el gesto mientras lo piensa… lo piensa… y lo piensa.
-
Sinceramente, no lo sé – contesta, finalmente.
Sorprendida por aquello, lo miro y añado:
-
Pues la música es algo maravilloso en la vida. Mi
madre siempre decía que la música amansa a las fieras y que las letras de
muchas canciones pueden ser tan significativas para el ser humano que incluso
nos pueden ayudar a aclarar muchos sentimientos.
-
Hablas de tu madre en pasado. ¿Por qué?
-
Murió de cáncer hace unos años.
Pedro toca mi mano.
-
Lo siento, Pau – murmura.
Le hago un gesto de comprensión con la cabeza, y, sin querer dejar de
hablar de mi madre, añado:
-
A ella le encantaba cantar y a mí me pasa igual.
-
¿Y no te da vergüenza cantar delante de mí?
-
No, ¿por qué? – respondo, encogiéndome de
hombros.
-
No lo sé, Pau, quizá por pudor.
-
¡Qué va! Soy una loca de la música y me paso el
día canturreando. Por cierto, te lo recomiendo.
Vuelvo a subir la música y, demostrándole la poca vergüenza que tengo,
muevo los hombros y canturreo:
Tengo la camisa negra, porque
negra tengo el alma.
Yo perdí la calma y casi pierdo
hasta mi cama.
Cama cama caman baby, te digo
con disimulo.
Que tengo la camisa negra y
debajo tengo el difunto.
Finalmente, veo que la comisura de sus labios se curva. Eso me
proporciona seguridad y continúo canturreando, canción tras canción. Al llegar
al centro de Madrid, metemos el auto en un parking subterráneo y lo miro con
tristeza mientras nos alejamos de él. Pedro se da cuenta de ello y se acerca a
mi oído.
-
Recuerda. Si sos buena, te dejaré manejarlo –
susurra.
Mi gesto cambia y un aleteo de felicidad me cubre por completo cuando
lo oigo reír. ¡Vaya! ¡Sabe reír! Tiene una risa muy bonita. Algo que no utiliza
mucho, pero que las pocas veces que lo hace me encanta. Tras salir del parking,
me toma de la mano con seguridad. Eso me sorprende y, como me agrada, no la
retiro. Caminamos por la calle del Carmen y desembocamos en la Puerta del Sol. Subimos
por la calle Mayor y llegamos hasta la plaza Mayor. Veo que le maravilla todo
lo que ve mientras continuamos nuestro camino hacia el Palacio Real. Cuando llegamos
está cerrado y, como las tripas nos comienzan a rugir, le propongo comer en un
restaurante italiano de unos amigos míos.
Cuando llegamos al restaurante, mis amigos nos saludan encantados.
Rápidamente nos acomodan en una mesita algo alejada del resto y, tras
pedir los platos, nos traen algo de beber.
-
¿Es buena la comida de aquí?
-
La mejor. Giovanni y Pepa cocinan muy bien. Y te
aseguro que todos los productos vienen directamente desde Milán.
Diez minutos después, lo comprueba él mismo al degustar una mozzarella
de búfala con tomate que sabe a gloria.
-
Muy rico.
Pincha un nuevo trozo y me lo ofrece. Yo lo acepto.
-
¿Lo ves? – trago –. Te lo dije…
Asiente. Pincha de nuevo y me vuelve a ofrecer. Vuelvo a aceptarlo y
entro en su juego. Pincho yo y le ofrezco a él. Ambos comemos de la mano del
otro sin importarnos lo que piensen a nuestro alrededor. Acabada la mozzarella,
se limpia la boca con la servilleta y me mira.
-
Tengo que hacerte una proposición – me dice.
-
Mmmm… Conociéndote, seguro que será indecente.
Sonríe ante mi comentario. Me toca la punta de la nariz con su dedo y
dice:
-
Voy a estar en España durante un tiempo y después
regresaré a Alemania. Me imagino que sabrás que mi padre murió hace tres
semanas… Me quiero encargar de visitar todas las delegaciones que mi empresa
tiene en España. Necesito saber la situación de las mismas, ya que quiero
ampliar el negocio a otros países. Hasta el momento era mi padre quien se
ocupaba de todo y… bueno… ahora el mando lo llevo yo.
-
Siento lo de tu padre. Recuerdo haber oído…
-
Escucha, Pau – me interrumpe. No me deja
profundizar en su vida –. Tengo varias reuniones en distintas ciudades
españolas y me gustaría que me acompañaras. Sabes hablar y escribir
perfectamente en alemán y necesito que, tras las reuniones, envíes varios
documentos a mi sede en Alemania. El jueves tengo que estar en Barcelona y…
-
No puedo. Tengo mucho trabajo y…
-
Por tu trabajo no te preocupes. El jefe soy yo.
-
¿Me estás pidiendo que deje todo y te acompañe
en tus viajes? – le pregunto, boquiabierta.
-
Sí.
-
¿Y por qué no se lo pides a Carlos? Él era el
secretario de tu padre.
-
Te prefiero a vos. – Y al ver mi gesto añade –:
Vendrías en calidad de secretaria. Tus vacaciones se aplazarían hasta que
regresemos y después podrías tenerlas. Y, por supuesto, tus honorarios por este
viaje serán los que vos marques.
-
¡Ufff…! No me tientes con mis honorarios o me
aprovecharé de vos.
Apoya los codos sobre la mesa. Junta las manos. Deja caer la barbilla
sobre ellas y murmura:
-
Aprovéchate de mí.
El labio me tiembla.
No quiero entender lo que él me está proponiendo. O al menos no quiero
entenderlo como yo lo estoy entendiendo. Pero como soy incapaz de callar hasta
debajo del agua, le pregunto:
-
¿Me vas a pagar por estar conmigo?
Al decir aquello me mira fijamente y responde:
-
Te voy a pagar por tu trabajo, Pau. ¿Por quién
me has tomado?
Nerviosa, el estómago se me cierra y vuelvo a preguntar. Esta vez en
un susurro, para que nadie nos oigo:
-
¿Y mi trabajo cuál se supone que será?
Sin inmutarse, clava sus impresionantes ojos en mí y aclara:
-
Te lo acabo de explicar, pequeña. Serás mi
secretaria. La persona que se ocupe de enviar a las oficinas centrales de
Alemania todo lo que hablemos en esas reuniones.
Mi mente comienza a dar vueltas pero, antes de que pueda decir nada
más, me agarra de la mano.
-
No te voy a negar que me atraes. Me excita
sorprenderte y más aún oírte gemir. Pero créeme que lo que te estoy proponiendo
es totalmente decente.
Eso me excita y me hace reír. De pronto, me siento como Demi Moore en
la película Una proposición indecente.
-
En los hoteles, ¿habitaciones separadas? –
pregunto.
-
Por supuesto. Ambos tendremos nuestro propio
espacio. Tienes para pensarlo hasta el martes. Ese día necesito una respuesta o
me buscaré a otra secretaria.
En ese momento llega Giovanni con una impresionante pizza cuatro
estaciones y la coloca en el centro. Después se va. El olor a especias me abre
el estómago y sonrío. Él me imita y a partir de ese momento no volvemos a
mencionar la conversación. Se lo agradezco. Tengo que pensarlo. Así que nos
limitamos a disfrutar de una estupenda comida.
muy bueno el capítulo,seguí subiendo.
ResponderEliminarMuy bueno, pero lo mejor está x venir jaja.
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