El sábado por la tarde decido salir de nuevo con mis amigos. Nos tomamos
unas birras en el bar de Asensio, cenamos en una pizzería y, después de la
cena, nos vamos a tomar algo al Amnesia. Miro a mi alrededor en busca del espía
que Pedro con seguridad ha mandad otras de mí. Como es lógico, no veo nada. Sólo
gente divirtiéndose como yo.
Cuando llevo una hora allí, aparece Fernando. Lo miro sorprendida y él
me sonríe.
-
¿Qué haces aquí?
-
Jerez sin vos es muy aburrido.
Extrañada por aquella aparición, vuelvo a mirarlo.
-
Fernando… te estás equivocando conmigo. Nunca te
he mentido y…
Pone un dedo en mi boca para hacerme callar.
-
Lo sé, pero no puedo evitarlo. Vamos… ven a mi
hotel. Tenemos que hablar.
Me despido de mis amigos y a Azu le prometo que regresaré pronto. Sé que
lo haré. La conversación que voy a tener con Fernando va a ser corta y,
seguramente, no muy agradable.
Cuando llegamos al hotel, la tensión se puede palpar en el ambiente. Me
niego a subir a su habitación. Vamos a la cafetería y pedimos algo de beber. Hablamos
durante una hora, discutimos, dejamos claros nuestros sentimientos. Y, cuando
por fin parece todo aclarado y me voy a marchar, me agarra por el brazo y
acerca su frente a la mía.
-
Dame una oportunidad, por favor. Vos misma
acabar de decir que no sabes si quieres algo más. Déjame demostrarte de una vez
por todas lo que soy capaz de darte. Sos preciosa, me gustas, me enloquece tu
ímpetu al hacer las cosas y quiero que sepas que por vos soy capaz de cualquier
cosa.
Necesito mimos y sus palabras son, en ese momento, un bálsamo para mis
heridas. No puedo dejar de pensar en mi maldito jefe. Cierro los ojos y la
mirada posesiva e intrigante de Pedro Alfonso aparece y, sin saber por qué,
beso a Fernando. Lo beso con tal erotismo y necesidad que hasta yo misma me
sorprendo.
Sin mediar palabra, Fernando me arrastra hasta el ascensor. Sé lo que
quiere. Sé dónde me lleva y yo le dejo. Subimos a su habitación y entramos sin
mediar palabra. Durante unos minutos, nos besamos mientras dejo que recorra mi
cuerpo con sus manos. Pero me siento una traidora, no puedo evitar pensar en Pedro.
Cuando siento que me sube la pollera vaquera hasta dejarla a la altura de mis
caderas suspiro y, sorprendiéndolo, le agarro una mano y le incito a que me
toque.
Fernando, excitado por mi efusividad, me tumba en la cama, se pone sobre
mí y me restriega su erección aún guardada bajo su jean. Es cauteloso. Siempre lo
ha sido. Su manera de hacer el amor no tiene nada que ver con la de Pedro. Fernando,
en el plano sexual, es pausado y delicado. Pedro es posesivo y rudo.
Dos hombres distintos para mí, con dos formas diferentes de hacer el
amor.
Mi corazón bombea con fuerza. Pienso en Pedro y eso me excita. Estoy segura
de que si viera lo que hago se excitaría tanto o más que yo. Su juego se ha
convertido en el mío. En ese momento, aunque es Fernando quien me toca, es Pedro
quien me posee.
Saco mi celular y, con disimulo, hago un par de fotos mientras me
besa.
Enloquecido por la entrega que ve en mí, me quita la bombacha y veo su
sorpresa cuando me ve con las piernas abiertas para él. Sin demora, planta su
boca en mi vagina e, instantes después, mi jadeo envuelve la habitación mientras
dejo que me coma, que me chupe, que me penetre con sus dedos.
Tengo los ojos cerrados y siento la mirada de Pedro. Sus ojos
ardientes me reprochan mi actitud, pero al mismo tiempo veo el deseo en su
mirada. No quiero abrir los ojos. No quiero ver a Fernando. Sólo quiero seguir
con los ojos cerrados y que Pedro vuele sobre mí.
De pronto, Fernando para y abro los ojos. Se ha abierto el jean y se
está poniendo un preservativo.
-
¿Estás segura? – me pregunta, al subir de nuevo
a la cama.
Contesto que sí con la cabeza. No puedo hablar.
Él sonríe pero no dice nada. Instantes después, con delicadeza,
comienza a entrar en mi interior. Un poco… otro poco… otro poco más, pero la
impaciencia me puede y soy yo quien va en su busca. Incorporo las caderas y me
ensarto en él, deseosa de que descargue toda su potencia sexual en mí. Aquel ataque
lo pilla por sorpresa. Lo oigo resoplar, me agarra por las caderas y comienza a
bombear su pene una y otra vez dentro y fuera de mí. Me gusta. Sí… sigue… sigue…
pero necesito más. Mi vagina se abre para recibirlo pero aquel pene no es el
que yo anhelo. Mis músculos se contraen, a la espera de más profundidad, más posesión,
pero Fernando, tras varios envites más, se corre y cae sobre mí.
Cierro los ojos y siento ganas de llorar. Deseo a Pedro. Deseo que sea
él quien me tome y me haga vibrar. Lo que hacía un mes antes con Fernando o
cualquier otro era una maravilla; ahora, tras él, se ha vuelto soso y aburrido.
Yo necesito más y sólo Pedro sabe dármelo.
Siento la cabeza de Fernando en mi cuello. Lo oigo respirar por el
esfuerzo. Cuando se separa de mí me pregunta si todo va bien. Yo le miento y
asiento. No quiero herirlo.
Me ayuda a levantarme y voy al baño. Cierro la puerta y me echo agua
en la cara, me miro al espejo y susurro al pensar en Pedro:
-
¿Qué me has hecho, gilipollas?
Una vez me he refrescado, salgo y me encuentro a Fernando sentado en
una silla. Nos miramos.
-
Me voy.
Su cara se contrae.
-
No, Paula… no te vayas.
Consciente de que me estoy comportando como una mala persona, como una
cabrona, de que soy lo peor de lo peor, me acerco a él y le doy un beso en los
labios.
-
Por favor, Fernando, continúa con tu vida y
déjame a mí continuar con la mía. Nos vemos en Jerez.
Dicho esto, me doy la vuelta y me marcho. Cuando cierro la puerta tras
de mí cierro los ojos y suspiro. Qué mal me siento. Me encamino hacia el
ascensor y, cuando salgo a la calle, llamo a mi amiga Azu. Me dice en qué local
están y me encamino hacia allí. Necesito emborracharme y olvidar lo que acabo
de hacer.
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