domingo, 23 de marzo de 2014

Capítulo 25



Lunes


El despertador suena a las siete de la mañana.

¡Qué asco madrugar!

Me levanto y me meto en la ducha sin ganar. Estoy agotada. No he podido dormir pensando en Pedro. Cuando regreso a la habitación para vestirme, fijo mi mirada en la lamparita. Me siento en la cama y, con añoranza, paso mis dedos por el dibujo de sus labios y su nombre. Durante un buen rato me dedico a mirarlo mientras pienso en él.

Finalmente me levanto de la cama. Tengo que ir a trabajar. Me visto y agarro mi auto.

Cuando llego al trabajo, dejo la cartera sobre la mesa y siento que alguien se acerca a mí por detrás. Es mi compi, Carlos.

-          Buenos días, preciosa.
-          Buenos días.

Al ver mi desgana, se aproxima todavía más y me observa.

-          Vaya… – murmura –. ¿Iceman te hizo trabajar más de la cuenta? Tu pinta es horrible.

Su comentario me reactiva.

-          Sí – le digo, sonriendo –. Es un poco negrero en el trabajo. Pero por lo demás, bien.

De pronto Carlos se percata del venaje de mi brazo.

-          Pero ¿qué te ha pasado?

Sin ganas de dar muchas explicaciones, musito:

-          Me quemé con la plancha.

Carlos asiente y vuelve a preguntar:

-          ¿Cuándo regresaste del viaje?
-          El viernes por la noche. De momento se han cancelado las reuniones que teníamos porque el señor Alfonso tuvo que regresar a Alemania.

Carlos mueve su cabeza afirmativamente. Me agarra del brazo y dice:

-          Vamos. Te invito a desayunar y me cuentas qué te pasa.

En el desayuno, para justificar mis ojeras, hablo de Curro. El simple hecho de nombrarlo me llena los ojos de lágrimas y es un buen pretexto para que no se percate de lo que realmente me pasa. Veinte minutos después, una vez acabados los desayunos, regresamos a nuestros puestos de trabajo. Hay mucho que hacer.

Mi jefa me saluda a medida que pasa por mi lado y me pide que entre en su despacho. Desea que le informe de qué tal ha ido todo y lo que le explico parece agradarle. Tras eso, me carga de trabajo. Su manera de decirme lo enojada que está por que el jefazo me llevara a mí y no a ella es ésa: ¡agobiándome con el trabajo! Cuando salgo de la oficina por la tarde estoy agotada, pero decido ir al gimnasio. Necesito desfogarme y allí lo consigo.


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