A las siete y media de la mañana del lunes estoy en pie. Curro está tranquilo. Le doy su
medicación y desayuno. Luego me meto en la ducha. Diez minutos después salgo,
me visto y me maquillo.
A las ocho y media entro en la oficina. En el ascensor coincido con
Carlos y nos felicitamos por haber ganado la Eurocopa. Estamos emocionados.
Bromeamos sobre nuestro fin de semana y, como siempre, terminamos a carcajadas.
Subimos a la cafetería y allí gritamos con otros compañeros: “¡No hay dos sin
tres!”.
Finalmente, nos sentamos en una mesa a desayunar con nuestro café.
Diez minutos después, la magdalena se me cae de las manos al ver a Pedro entrar
con mi jefa y dos jefes más.
Está impresionante con su traje oscuro y su camisa clara. Por su gesto
serio habla de trabajo pero, cuando llegan a la barra y piden los cafés, me ve.
Yo sigo hablando, disfrutando de la compañía de mis compañeros, aunque con el
rabillo del ojo veo que ellos se sientan en una mesa alejada de la nuestra.
Pedro se sienta en la silla que queda frente a mí. Me mira y entonces yo
también lo miro. Nuestros ojos se encuentran durante una fracción de segundo y,
como era de esperar, mi cuerpo reacciona.
-
Vaya. Ya han llegado los jefes – dice Carlos –.
Por cierto, me han dicho que el otro día te quedaste con el nuevo jefazo
atrapada en el ascensor.
-
Sí. Con él y con algunas personas más – respondo
con desgana. Pero dispuesta a saber más del jefazo, pregunto –: Oye, vos que
eras el secretario de su padre, ¿de qué murió?
Carlos mira con curiosidad hacia la mesa del fondo.
-
La verdad es que era un hombre extraño y poco
hablador. Murió de un ataque al corazón. – Y al ver a mi jefa reír, susurra –:
Por lo que veo el nuevo jefazo le gusta a nuestra jefa. Sólo hay que ver cómo
se ríe y se toca el pelo.
Sin poder evitarlo, miro hacia su mesa y, de nuevo, mis ojos se cruzan
con la mirada fría y gélida de Pedro.
-
¿El señor Alfonso tenía más hijos?
-
Sí. Pero sólo Iceman vive.
-
¡¿Iceman?!
Carlos se ríe y, acercándose, cuchichea:
-
Pedro Alfonso es ¡Iceman! El hombre de hielo.
¿No has visto la cara de mala leche continua que tiene? – Eso me hace reír y
Carlos añade –: Por lo que me ha dicho la jefa, es duro de pelar. Peor que su
padre.
No me sorprende lo que me comenta. Se dice que la cara es el espejo
del alma y la cara de Pedro es de tormento continuo. Pero el nombrecito me hace
gracia. Aun así, replico:
-
¿Por qué dices que él es el único hijo que vive?
-
Tenía una hermana, pero murió hace un par de
años.
-
¿Qué le pasó?
-
No sé, Paula… El señor Alfonso nunca habló de
ello. Sólo sé que murió porque un día me dijo que se tenía que marchar a
Alemania al entierro de su hija.
Saber eso me apena. Dos muertes en tan poco espacio de tiempo tiene
que ser muy doloroso.
-
El señor Alfonso estaba separado de su mujer –
continúa Carlos –. Iceman y él no tenían buena relación; por eso él nunca venía
por España.
Saber aquellos datos de él me inquieta. Quiero saber más, así que
pregunto:
-
¿Y por qué no tenían buena relación?
-
No lo sé, preciosa – responde Carlos mientras
pone un mechón de pelo tras mi oreja –. El señor Alfonso era bastante hermético
con su vida privada. Por cierto, ¿Cuándo vas a querer tomar una copa conmigo?
Escuchar aquello me hace sonreír. Apoyo los codos sobre la mesa y, al
dejar caer mi cara en mis manos, respondo, mirándolo:
-
Creo que nunca. No me gusta mezclar el trabajo
con el placer.
Mi contestación cargada de una ironía que él no entiende me hace
gracia. Miguel se acerca un poco más a mí y murmura:
-
Cuando hablas de placer, ¿a qué clase de placer
te refieres?
Sin moverme un ápice respondo:
-
Vamos a ver, guaperas. Sos el caramelito que
todas las de la oficina se quieren comer y yo soy una mujer muy celosa y no
comparto. Por lo tanto… búscate a otra porque conmigo lo llevas crudo.
-
Mmmm… ¡Me gusta lo difícil!
Eso me hace soltar una carcajada y Carlos me sigue. De pronto, veo que
Pedro se levanta y sale de la cafetería y respiro. No tenerlo cerca es un
alivio para mí. Diez minutos después, mi compañero y yo regresamos a nuestros
puestos.
Cuando llego a mi mesa veo que la puerta del despacho del jefazo está
abierta. Maldigo. No quiero verlo. Me siento y de pronto el celular pita y leo:
“¿Ligando en horas de trabajo?”.
Eso me incomoda, pero termino por sonreír.
En el fondo, el humor de Pedro me hace gracia. No pienso responder
aunque, como siempre que me pongo nerviosa, me rasco el cuello. Mi celular
vuelve a pitar y leo: “No te rasques o el sarpullido irá a peor”.
Me observa. Miro hacia el despacho y lo veo sentado en la que fue la
mesa de su padre. Se siente poderoso. Me está provocando, pero no pienso caer
en su juego. Achino los ojos enojada. Con la mirada, le digo de todo menos
lindo y, sorprendentemente, curva sus labios mientras aguanta una sonrisa.
De pronto aparece mi jefa y dice, interponiéndose en nuestro campo de
visión:
-
Paula, si alguien me llama, pásame la llamada al
despacho del señor Alfonso.
Sin abrir la boca, asiento. Mi jefa, contoneando sus caderas, entra en
el despacho de Pedro y cierra la puerta. Comienzo a trabajar y, a media mañana,
la puerta del despacho se abre. Veo salir a mi jefa con una carpeta en las
manos.
-
Paula – dice –. Me voy a ausentar de la oficina
una hora. Si el señor Alfonso necesita lo que sea, soluciónaselo. – Luego se
vuelve hacia Carlos y añade –; Acompáñame.
Mi compañero sonríe y yo también. ¡Vaya dos!
¡Ay!, si ellos supieran lo que yo sé…
Cuando desaparecen del despacho, el teléfono interno suena. Maldigo al
saber que es él. Al final lo descuelgo.
-
Señorita Chaves, ¿puede pasar a mi despacho, por
favor?
Estoy tentada a decir que no. Pero eso no sería profesional y yo, ante
todo, soy una profesional.
-
En seguida, señor Alfonso.
Me levanto, entro en el despacho y pregunto:
-
¿Qué desea, señor Alfonso?
Veo que apoya la cabeza en el alto asiento de cuero negro.
-
Cierre la puerta, por favor – responde,
mirándome.
Resoplo y siento que mi piel comienza a arder. Mi maldito cuello me va
a delatar y eso me incomoda. Pero le hago caso y cierro la puerta.
-
Enhorabuena. Ganaron la Eurocopa.
-
Gracias, señor.
El silencio entre nosotros se hace insoportable.
-
¿Lo pasaste bien anoche? – añade.
No respondo.
-
¿Quién era el tipo al que besaste y con el que
estuviste diecisiete minutos en el baño de hombres? – me pregunta.
Boquiabierta, me lo quedo mirando.
-
Te he preguntado – insiste –. ¿Quién es?
Colérica por lo que escucho, deseo lanzarle el bolígrafo que llevo en
la mano y clavárselo en el cráneo, pero lo aprieto y respondo, mientras
contengo mis impulsos asesinos:
-
Eso no le incumbe, señor Alfonso.
Increíble. ¿Me ha estado espiando? Me siento molesta.
-
¿Qué hay entre vos y el ligue de tu jefa? –
prosigue.
¡Hasta aquí hemos llegado! Pestañeo y respondo:
-
Mire, señor Alfonso, no quiero ser desagradable
pero nada de lo que me pregunta es de su incumbencia. Por lo tanto, si no
quiere nada más, volveré a mi puesto de trabajo.
Enojada y sin darle tiempo a decir nada más, salgo del despacho y
cierro la puerta con ímpetu. ¿Quién se ha creído ése que es? Nada más sentarme
en mi silla, el teléfono interno vuelve a sonar. Maldigo pero descuelgo.
-
Señorita Chaves, venga a mi despacho. ¡Ya!
Su voz suena enfurecida, pero yo también lo estoy. Cuelgo el teléfono
y, enojada, entro de nuevo dispuesta a mandarlo a la mierda.
-
Tráigame un café, solo.
Salgo del despacho. Voy a la cafetería y, cuando regreso, se lo pongo
encima de la mesa.
-
No tomo azúcar. Tráigame sacarina.
Repito el camino, acordándome de todos sus antepasados y, cuando
regreso con la puñetera sacarina, se la entrego.
-
Eche medio sobrecito en el café y remuévalo.
¿Cómo? ¿Qué le remueva el puñetero café?
Aquel trato me indigna. No para de mirarme y la superioridad que
muestra en su gesto me reconcome las tripas. ¡Será idiota, el alemán! Deseo
tirarle el café a la cara, deseo mandarlo a freír espárragos, pero al final
hago lo que me pide sin rechistar. Cuando termino, dejo el café frente a él y
me doy la vuelta para salir del despacho.
-
No salga del despacho, señorita Chaves.
Oigo que se levanta. Me doy la vuelta para mirarlo.
Su ceño está fruncido. El mío también. Está enojado. Yo también.
Rodea la mesa. Se sienta ante ella con los brazos cruzados y las
piernas abiertas. Su actitud es intimidatoria. Nuestra distancia se ha
acortado. Eso me pone nerviosa.
-
Pau…
-
Para usted soy la señorita Chaves, si no le
importa.
Me mira con su típica cara de mala leche y siento que el aire se puede
cortar con un cuchillo. ¡Menuda tensión!
-
Señorita Chaves, acérquese.
-
No.
-
Acérquese.
-
¿Qué quiere? – exijo.
Sin cambiar su duro gesto, murmura entre dientes:
-
Acérquese, por favor.
Resoplo para que vea mi estado de ánimo y doy un paso adelante.
Su dura mirada exige que me acerque más pero no me dejo amedrentar.
-
Señor Alfonso, no me voy a acercar más.
Despídame si eso le hace seguir sintiéndose el Rey del Universo. Pero no pienso
acercarme más a usted. Y, como se pase un pelo, lo denuncio por acoso.
Se incorpora de la mesa. Da dos pasos hacia mí y yo doy un paso hacia
atrás. Lo oigo resoplar. Me toma del brazo, tira de mí y abre las puertas del
archivo. Me mete y, una vez en la intimidad que nos da ese lugar, me agarra con
sus manos la cabeza, me acerca a él y me besa con posesión.
Esta vez no se detiene a rozar su lengua contra mi labio superior. No
me pide permiso. Sólo me atrae hacia él y me besa. Me empuja contra los
archivos y, cuando siente que mi cuerpo no puede retroceder, abandona mis
labios.
-
Apenas he podido dormir pensando en vos y en lo
que hacías con el tipo de anoche.
Obnubilada por lo que dice, respondo con un hilo de voz:
-
No hice nada.
Pedro aprieta sus caderas contra mí y siento tu erección.
-
Te agarraba por la cintura. Paseaba su mirada
por tu cuerpo. Dejaste que te besara y entraste con él al baño de hombres.
¿Cómo puedes decir que no hiciste nada?
Enloquecida por lo que me está haciendo sentir con sus palabras y con
su cercanía respondo:
-
Con mi vida y con mi cuerpo hago lo que quiero,
señor Alfonso.
Le doy un tremendo empujón y lo separo de mí.
-
Yo no soy una muñequita de esas a las que
supongo que está acostumbrado a dar órdenes. No vuelva a tocarme o…
-
¿¡O!? – pregunta con voz ronca.
-
O soy capaz de cualquier cosa – contesto.
Su mandíbula está tensa y, acercándose de nuevo a mí, susurra:
-
Pau, me deseas tanto como yo a vos. No lo
niegues – no respondo. No puedo. Su cercanía me provoca mil sensaciones.
Mis ojos chispean. No sé si es indignación, morbo o qué. El caso es
que chispean mientras aquel gigante con su cara de mala leche se cierne sobre
mí
-
No estoy dispuesta a…
-
¿Al sado? Eso ya lo sé, pequeña.
Su respuesta me pilla tan de sorpresa que no sé qué responder. Su
mirada me bloquea.
-
¿Te está entrando el nervio?
Vuelve a desconcertarme, ¿cómo puede recordar aquello que le expliqué
en el ascensor? Me toco el cuello. Voy a soltarle alguna de mis frescas, cuando
veo que hace una mueca.
-
No te rasques, Pau.
Sin darme tiempo a moverme, se agacha y me sopla en el cuello. Cierro
los ojos. Mi indignación baja de intensidad. Él se ha propuesto que sea así y
la ha conseguido.
-
Siento haberte puesto nerviosa – musita de
repente en mi oído –. Perdóname, pequeña.
Su poder es inmenso y ya me tiene donde quiere. ¡Soy una blanda!
Me besa. Esta vez con desesperación. Me sabotea y yo me dejo.
El hilo de mis pensamientos se bloquea y sólo pienso en besarlo y
dejar que me bese.
¿Qué me ocurre?
Quiero reprimirme, pero no puedo. Nunca he sido un juguete para ningún
hombre, pero él consigue controlarme. Lo deseo tanto como necesito el aire para
respirar y eso me asusta. Me quema la vagina, la piel y siento que mi bombacha
se humedece y que lo único que deseo es que me desnude y me posea.
Clavo mis ojos en él. Su cara seria y de perdonavidas me encanta. Me
vuelve loca. Es tan sexy y devastador que soy incapaz de negarme a nada de lo
que me exija. Por primera vez en mi vida me siento así y creo que no puedo
hacer nada por evitarlo. Me desabrocha el pantalón. Su mano se mete con rapidez
dentro de mi bombacha.
-
Estás húmeda para mí – me susurra.
¿Qué va a hacer? ¿Me va a desnudar en el archivo?
Pero no. Mete más la mano y siento que uno de sus dedos se introduce
en mi interior y, segundos después, otro más. Me agarra por el pelo, tira de él
y subo la cabeza. Me besa de nuevo con impaciencia, mientras me hace abrir las
piernas con su pierna y sus dedos entran y salen una y otra vez de mí. Con su
boca sobre la mía, reprimo mis gemidos y sé que el clímax está cerca.
-
Córrete para mí, Pau.
Mi cuerpo vuelve a reaccionar a sus palabras.
El placer que me está dando me hace querer más. El brillo sensual de
su mirada me vuelve loca y me hace desear que me desnude, me tire en el piso y
sea su pene el que juegue en mi interior. Me muerdo el labio. Si no lo hago,
gritaré y toda la oficina vendrá para ver qué pasa.
-
Vamos, Pau, déjate llevar.
Tenso la espalda y arqueo mis piernas mientras me dejo avasallar con
gusto por él. Quiero sus dedos más dentro de mí y, cuando creo que voy a
explotar, lo beso para ahogar de nuevo mi gemido en su boca, mientras siento
que mis músculo se contraen una y otra vez sobre sus caricias y percibo aún más
la humedad en mi entrepierna. Poco a poco él se detiene y, cuando saca sus dedos
de mi interior, quiero protestar. Él se da cuenta. Vuelve a tomar mi cabeza
entre sus manos.
-
Me debes un orgasmo, pequeña – murmura.
No puedo responder.
Sólo puedo abrir la boca y entrelazar su lengua con la mía. Disfruto
de su sabor excitante y peligroso, olvidándome de nuevo de todo lo que hay a
nuestro alrededor y de mi enojo. No quiero pensar que me utiliza como a un
juguete. No quiero pensar que es mi jefe. Simplemente no quiero pensar.
Dos minutos después y con las respiraciones más acompasadas, deja de
presionarme contra los archivadores y yo vuelvo a tomar el control sobre mi
cuerpo. Maldigo.
¿Qué he vuelto a hacer? ¿Cómo puedo ser tan idiota cada vez que lo
veo?
Él parece darse cuenta de lo que pienso y me dedica una de sus
habituales miradas gélidas.
-
¿Has vuelto a pensar en mi proposición? – me
pregunta.
Intento mirarlo. Me enfrento a Iceman y siento que pierdo toda
compostura.
-
Ayer ya te respondí y te dije que no aceptaba.
Aprieta los labios y yo resoplo.
Lo miro sorprendida.
-
¿Por qué sos tan cabeza dura? – añade –. Lo que
te propongo te reportaría unos beneficios monetarios.
-
¿Sólo monetarios?
Pedro deja de sonreír ante mi pregunta.
-
Todo depende de lo que quieras. Vos decides,
Pau. De momento necesito una secretaria. El sexo surgirá, si tiene que surgir.
-
¿Y si me niego a que vuelva a surgir? – replico,
intentando creerme mi propia mentira.
Pedro me mira. Baja sus manos hasta mi pantalón y lo abrocha.
-
Aceptaré tu negativa – añade con tranquilidad –.
Otra accederá.
¡Será imbécil, creído y chulo…!
Y entonces sale del archivador y me deja sola. Durante unos segundos
cierro los ojos y me regaño a mí misma. ¿Por qué soy tan facilona cuando estoy
con él? Finalmente, me coloco la remera y el pelo y lo sigo. Él ya está sentado
ante su mesa y mira con el ceño fruncido la pantalla del ordenador. Me dirijo
con calma hacia la puerta, dispuesta a salir.
-
Te dije que te daba hasta el martes para la
respuesta y así será – me dice antes de que abandone su despacho –. Ahora puedes
regresar a tu puesto de trabajo. Si vuelvo a necesitarte… te llamaré.
Me pongo roja como un tomate.
Salgo del despacho. Cierro la puerta, me apoyo en ella y miro a mi
alrededor durante unos segundos. Todos fuera de mi despacho están trabajando. Parece
que nadie se ha dado cuenta de lo que acaba de suceder. Tomo mi cartera y me
voy al baño. Necesito lavarme. Siento mi vagina empapada y eso me incomoda.
Veinte minutos después vuelvo a mi mesa y veo que Carlos y mi jefa han
regresado. Pedro y yo no volvemos a hablar ni a mirarnos. A las dos, la puerta
del despacho se abre y salen juntos. No me mira. Sólo mi jefa vuelve la cara
hacia mí.
-
Nos vamos a comer, Paula – me informa.
Asiento y respiro aliviada. Veo a Carlos recoger sus cosas cuando mi
teléfono suena. Es mi hermana.
-
Pau… tienes que venir a casa. ¡Ya!
Al escuchar aquello cierro los ojos y me siento. Las piernas me
tiemblan. No hace falta que siga hablando. Sé lo que pasa.
Cuando cuelgo el teléfono, reprimo el llanto y me trago las lágrimas. No
quiero llorar en la oficina. Soy una mujer dura y los numeritos no van conmigo.
Busco a Carlos y lo encuentro hablando con Eva. Parece que están ligando. Me acerco
a él y le informo de que me ha surgido un problema urgente y que aquella tarde
no regresaré a trabajar. Él asiente sin prestarme mucha atención y regreso a mi
mesa. Vuelvo a sentarme. Bebo agua de la botellita y, finalmente recojo mis
cosas.
Las manos me tiemblan y las mejillas me arden. Necesito llorar. Hago un
esfuerzo por apagar mi ordenador, contengo mi pena y voy hacia el ascensor. Cuando
salgo de él, corro hacia el parking y entonces me permito llorar. Antes no.
Cuando llego a casa mi hermana está con los ojos encharcados por las
lágrimas. Curro respira con mucha
dificultad y, sin perder un segundo, llamo a mi veterinario. El veterinario,
que me conoce desde hace años, me indica que me espera en la clínica.
A las cuatro y media de la tarde, tras una inyección que el
veterinario le pone para facilitarle el viaje, Curro me deja. Me deja para siempre, con el corazón destrozado y
con la sensación de una pérdida irreparable. Me agacho sobre la mesa donde su
cuerpo sin vida descansa. Lo beso, acaricio su peluda cabeza por última vez y
cientos de lágrimas me nublan por completo la vista.
-
Adiós, cariño – murmuro.
Ayyyyy, qué hermoso cap!!!!
ResponderEliminarwow que intenso, buenísimo el capítulo.
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