Después de un maravilloso sábado juntos, el domingo de madrugada me
despierto sobre las seis de la mañana y oigo unos extraños ruidos en el baño. Me
levanto y me sorprendo al ver a Pedro vomitando. Al verme aparecer, me pide
enojado que salga y que espere fuere. Le hago caso y cuando sale, con gesto
dolorido, se sienta en el sillón y cierra los ojos.
-
¿Qué te ocurre?
-
Algo me debió de sentar mal anoche.
-
¿Quieres una manzanilla para que te asiente el
estómago?
Pedro, con los ojos cerrados, niega con la cabeza y murmura:
-
Por favor… apaga la luz y vete a dormir.
-
Pero…
-
Pau – susurra, enojado.
-
Pero que gruñón que sos, ¡por Dios! – insisto.
-
Vale… soy gruñón. Ahora, por favor, haz lo que
te pido.
Sin decir nada más desaparezco y me tumbo en la cama. No quiero darle
muchas vueltas a lo ocurrido. Intento entender que, si está mal, lo que menos
le apetece es tenerme a mí al lado haciéndole preguntas. Me duermo y me
despierto sobre las diez. Nada más abrir los ojos, veo a Pedro a mi lado. Sonríe
y su apariencia es buena.
-
Buenos días.
-
Buenos días… ¿estás mejor?
-
Perfecto. Como te dije algo me debió sentar mal.
– Voy a hablar y dice –: Mira lo que he preparado para vos.
A mis pies hay una bandeja con el desayuno. Y, sobre ella, una flor de
papel. Como una tontorrona, la agarro y sonrío. Él me besa y murmura:
-
Déjame un hueco en la cama, luego desayunos, ¿te
parece?
-
Sí.
A las doce, tras hacer el amor, lo veo tan bien, tan repuesto, que le
propongo enseñarle el popular Rastro de Madrid. Lo arrastro hasta el metro, un
lugar en el que Pedro nunca ha estado.
-
En algo soy la primera – le murmuro, haciéndolo reír
–. La primerita que te ha llevado al metro de Madrid.
Cuando nos bajamos en la parada de metro de La Latina, su sorpresa es
mayúscula. Ver tanta cantidad de gente de toda índole lo sorprende.
Se empeña en comprarme unos pendientes de plata que he estado mirando
en un puestecito. Para mi gusto, cuarenta euros es carísimo. Para su gusto, una
baratija. Al final acepto. Pero a cambio, en otro puesto le compro una remera
de Madrid con el mensaje “Lo mejor de Madrid… vos”. Le hago quitarse su camisa
en medio del rastro y le insto a que se ponga la remera que yo le he comprado. Accede
y está guapísimo con ella puesta.
Nos hacemos unas fotos con mi celular y las guardo como mi mayor
tesoro.
Encantada, paseamos de la mano como una pareja más, hasta que, al
llegar frente a un puesto de lamparitas hippies, quiere comprar dos para
llevárselas a Alemania y acordarse de su visita al rastro. Me hace elegir y yo
elijo dos de color lila claro. Cuando las paga, me confiesa que una es para mí.
Eso me emociona. Cada uno tendrá una en su hogar y, siempre que las miremos,
nos acordaremos del otro.
Tras aquello, caminamos un rato más por el rastro hasta que Pedro se
niega en redondo a seguir. La gente me da sin querer en el brazo y no quiere
que nadie me haga daño. Lo horroriza que vuelva a sentir dolor. Al final, por
no escucharlo, accedo a marcharnos y tomamos un taxi. Lo llevo a comer al
Retiro.
Le propongo un par de restaurantes, pero él prefiere algo más íntimo.
Al final, compro unos sándwiches de tortilla y nos sentamos en el
mullido césped a comer, mientras reímos y revisamos las bonitas lamparitas.
-
Son preciosas, ¡me encantan!
-
Sí. Son muy bonitas.
Pedro sonríe.
-
¿Llevas pintalabios en la cartera?
Al escuchar aquello lo miro y achino los ojos.
-
¿A qué clase de pintalabios te refieres? Te recuerdo
que estamos en un parque y no quiero acabar en el calabozo por escándalo
público.
La carcajada que suelta me reaviva el alma y él responde a mi risa
dándome un impulsivo beso en la punta de la nariz.
-
No me refiero a lo que vos crees, viciosilla, me
refiero a un simple pintalabios, ¿llevas?
Abro mi bolso. Saco un pequeño neceser y, satisfecha, se lo enseño.
-
Píntate los labios – me pide.
Sorprendida, lo comienzo a hacer, pero me detengo a medio pintar.
-
¿Para qué es?
-
Hazlo.
-
No. Primero quiero saber para qué es.
Se encoge de hombros y suspira.
-
Quiero que tus labios estén en la pantalla de mi
lámpara, junto a tu nombre.
-
¡Vaya! ¡Me encanta la idea! Pero entonces yo
quiero lo mismo en la mía.
-
¿Quieres que me pinte los labios?
-
Sí – respondo divertida.
-
¡Ni hablar!
-
Venga, hombre – protesto –. Yo también quiero
tus labios en mi lámpara junto a tu nombre.
Durante unos minutos bromeamos. Nos reímos. Pero al final los dos nos
pintamos los labios y los plantamos en las lámparas. Nos limpiamos el carmín con
un pañuelo de papel y Pedro me entrega un bolígrafo. Bajo mis labios pongo: “Paula”,
y él bajo los suyos: “Pedro”.
-
Ahora es más bonita – indica, divertido –. Tus labios
revalorizan la lámpara y siempre que los vea en Alemania me acordaré de vos.
Eso me entristece. Regresa a Alemania en su jet privado y se aleja de
mí. Ya lo añoro y todavía no se ha ido.
Cuando acabo el sándwich, me tumbo en el césped y él me imita.
-
Volverás, ¿verdad? – le pregunto, incapaz de
mantenerme callada.
Como siempre, lo piensa antes de contestar.
-
Claro que sí, pequeña. Parte de mi empresa está
en España.
Respiro aliviada.
-
¿Qué es eso tan importante que te hace
interrumpir tu viaje? – sigo preguntando.
No responde. Sólo me mira.
-
Es una mujer – gruño –, ¿verdad?
-
No.
-
¿Entonces?
-
Tengo obligaciones que no puedo desatender y he
de regresar.
Su contestación es tan cortante que decido callar.
¡Me estoy pasando!
Miro la copa de los árboles. Hace aire y me encanta ver cómo se
mueven. Eso me relaja. Pedro pone su cabeza en mi campo de visión y me besa.
-
Pau… – comienza a decir, mientras se separa de
mí.
-
Tranquilo. Me he pasado. Soy una preguntona.
-
Pau…
-
Que sí… que me he enterado. Que no soy nadie
para preguntar.
-
Pau, escúchame, por favor.
Su tono de voz hace que lo mire.
-
Prométeme que vas a continuar con tu vida tal y
como era antes de que yo irrumpiera en ella.
Voy a contestar, pero él me pone la mano en la boca para continuar:
-
Necesito que me prometas que saldrás con tus
amigos y lo pasarás bien. Incluso que volverás a quedar con el tipo ese con el
que te metiste en los baños de aquel bar y con ese tal Fernando, de Jerez. Quiero
que lo que ha pasado entre nosotros quede como algo que ocurrió y nada más. No quiero
que le des importancia y…
-
Vamos a ver. – Quito con brusquedad su mano de
mi boca –. ¿A qué viene ahora esto?
-
Viene a colación de lo que hablamos en tu casa.
Al recordar la conversación, me enfurezco.
Me voy a levantar del piso, pero él se sienta a horcajadas sobre mí,
me sujeta los brazos por encima de mi cabeza y me inmoviliza.
-
Necesito que me prometas lo que te he pedido.
-
Pero, Pedro, yo…
-
¡Prométemelo!
No entiendo qué pasa.
No entiendo por qué quiere que le prometa lo que pide. Pero la determinación
en sus ojos me hace decirle:
-
Vale, te lo prometo.
Su gesto se relaja, baja hacia mi boca e intenta besarme. Yo retiro la
cara.
-
¿Me acaba de hacer la cobra, señorita Chaves?
-
Sí.
-
¿Por qué?
-
Sencillamente porque no quiero besarte.
Divertido, curva sus labios.
-
¿En este momento para vos soy un gilipollas?
-
Pues sí. En toda su extensión, señor Alfonso.
Pedro me suelta y se tumba a mi lado. Los dos miramos las copas de los
árboles y no hablamos. Minutos después siento que me agarra la mano. La aprieta
y yo la acepto.
Una hora después, su celular suena. Es Tomás. Nos espera a la salida
del Retiro que está enfrente de la Puerta de Alcalá. En silencio, agarrados de
la mano, caminamos por el parque hasta llegar al auto. Tomás, al vernos, nos
abre la puerta y montamos. Una vez en el interior, noto la mirada pensativa de Pedro.
Quiero saber qué piensa. Pero no quiero preguntar. Y cuando llegamos a mi casa,
saca mi lamparita de la bolsa, me la entrega y me da un suave beso en los
labios, mientras me retira el pelo de la cara.
-
Siempre que la mire, me acordaré de vos, pequeña
– murmura.
Asiento. No puedo hablar. Esto es una despedida.
Si hablo, lloro y no quiero que me vea llorar. Finalmente, sonrío, él
cierra la puerta y se va.
buenísimo el capítulo!!!
ResponderEliminarojala pronto se vuelvan a encontrar.
Ayyyyyy, qué lindo cap!!!!
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