Entre risas, insinuaciones y tocamientos nos bebemos casi toda la
botella de champán mientras estamos en la bonita y enorme terraza de la suite.
Madrid está a mis pies y me encanta mirar a mí alrededor. Todavía le doy
vueltas a la proposición que me hizo en el restaurante.
¿Debería aceptarla o rechazarla por lo que significa?
Me encuentro algo achispada. No estoy acostumbrada a beber y menos aún
champán. Pedro habla con alguien por el celular y lo observo. Vestido con ese
jean de cintura baja y la remera negra me pone a cien. Es fuerte y atlético. El
típico hombre de ojos marrones y pelo corto que, si lo ves, no puedes evitar
mirarlo. Me sorprendo al ver que no lleva ningún tatuaje. Hoy casi todos los
hombres de su edad tienen uno. Aunque casi que me alegro, porque, con lo que me
gustan a mí los tatuajes, se lo estaría chupando todo el día.
Recorro con lascivia su cuerpo. Me detengo en la parte superior de su
jean y entonces me doy cuenta de que tiene desabrochado el primer botón. Me
pone. Me excita. Me incita. Me provoca. Instantes después, suelta el celular y
se dirige hacia la cubitera. Me mira y sonríe. Calor. Tengo mucho calor. Sirve
unas últimas copas y deja la botella vacía boca abajo. Se acerca a mí, me
entrega mi copa y murmura besándome la frente:
-
Pasemos al dormitorio.
Los nervios de nuevo se apoderan de mí y siento que mi sexo se
contrae. Voy a ponerme los tacos pero él dice que no, así que le hago caso.
Ha llegado el momento que llevo deseando, anhelando e imaginando desde
que lo vi esperándome en la puerta de mi casa con el Ferrari.
Cuando entramos en uno de los preciosos y espaciosos dormitorios,
clavo mis ojos en la enorme cama. Una King
Size. Pedro se mueve por la habitación y, de repente, una sensual música
nos envuelve. Se sienta y apoya una mano en la cama. Con la otra sujeta la copa
y le da un trago.
-
¿Estás preparada para jugar, pequeña?
Mis partes bajas se contraen por la anticipación y siento cómo me
humedezco. Viéndolo así, tan sexy, tan varonil… Estoy dispuesta para todo lo
que él quiera y consigo responder:
-
Sí.
Lo veo asentir.
Se levanta. Abre un cajón.
Saca dos pañuelos de seda negros, una cámara de vídeo y unos guantes.
Eso me sorprende y me asusta al mismo tiempo. Pero, incapaz de moverme, me
quedo parada a la espera de que se acerque a mí. Lo hace. Pasa su lengua con
provocación por mi boca y me aprieta la cola con su mano.
-
Tienes un culo precioso. Estoy deseando
poseerlo.
Asustada, doy un paso atrás.
¡Nunca he practicado sexo anal!
Pedro entiende mi callada respuesta. Da un paso hacia mí. Me agarra de
nuevo de la cola y mientras vuelve a apretarme contra él murmura, excitándome:
-
Tranquila, pequeña. Hoy no penetrare tu bonito
culo. Me excita saber que seré el primero, pero quiero hacerte disfrutar y,
cuando lo hagamos, será poco a poco y estimulándote para que sientas placer, no
dolor. Confía en mí.
Trago el nudo de emociones que tengo atascadas en mi garganta con la
intención de decir algo.
-
Hoy jugaremos con los sentidos – prosigue –.
Pondré esta cámara sobre aquel mueble para grabarlo todo. Así luego podremos
ver juntos lo ocurrido, ¿te parece?
-
No me gustan las grabaciones… – consigo decir.
Esboza una cautivadora sonrisa. Los ojos le brillan y me mira desde su
altura.
-
Tranquila, Pau. El primer interesado en que no se
vea por ahí nada de lo que vos y yo hacemos soy yo, ¿no crees?
Lo pienso durante unos instantes y llego a la conclusión de que tiene
razón.
Él es rico y poderoso. Quien tiene más que perder de los dos. Acepto y
él deja la cámara sobre el mueble que había dicho y veo que pulsa un botón. Se
acerca de nuevo hacia mí.
-
Te taparé los ojos con este pañuelo. ¡Tócalo!
Lo obedezco sin rechistar y siento la suavidad de la tela. Seda.
-
Lo que vas a sentir cuando te tenga desnuda en
la cama es la misma suavidad que has sentido al tocar el pañuelo.
Escuchar eso me activa de nuevo. Asiento.
-
Me encantan tus ojos – murmuro, sin poder
contenerme –. Tu mirada.
Pedro me mira unos segundos y, sin hacer referencia a lo que acabo de
decir, prosigue:
-
Además de taparte los ojos, como sé que te fías
de mí, te ataré las manos y las sujetaré al cabecero para que no puedas
tocarme. – Cuando voy a protestar me pone un dedo en la boca y añade –: Es su
castigo, señorita Chaves, por haber olvidado el vibrador.
Eso me hace sonreír y miro los guantes con curiosidad. Se los pone y
me toca los brazos. La suavidad que siento me encanta. No noto sus dedos. Sólo
noto la suavidad que aquellos guantes me proporcionan.
Sin hablar, se sienta sobre la cama y me mira. Rápidamente entiendo lo
quiere y lo hago. Me desnudo. Me quito el jean y la remera. Repito la misma
operación que el día anterior. Me acerco a él vestida con el corpiño y la
bombacha y siento cómo de nuevo apoya su frente en mi estómago y posa su boca
sobre mi bombacha. La sensación atiza mi clítoris y lo siento vibrar. Se quita
los guantes y los deja sobre la cama. Me agarra de la cintura con sus fuertes
manos y me sienta a horcajadas sobre él. Me mira y susurra mientras siento su
duro pene entre mis muslos y su aliento sobre mis pechos:
-
¿Estás preparada para jugar a lo que yo quiera?
-
Sí – respondo aguijoneada por el deseo.
-
¿De verdad?
-
De verdad.
-
¿Para lo que sea? – murmura acercándose a mi
boca.
Poso mis manos en su corto cabello y le masajeo la cabeza.
-
A todo excepto a…
-
Sado – puntualiza, y yo sonrío.
Me desabrocha el corpiño y mis turgentes pechos quedan libres ante él.
Con avidez, se los lleva a la boca. Primero uno y después otro. Me endurece los
pezones con su lengua y sus dedos y eso me impulsa a gemir.
-
Ofréceme tus pechos – pide con voz ronca.
Sentada a horcajadas sobre él, me los agarro con las manos y los
acerco a su boca. Cuando va a chuparlos se los alejo y él me da un chirlo en la
cola. Ambos nos miramos y las chispas que hay entre los dos parece que vayan a
provocar un cortocircuito. Pedro me da otro azote. Pica. Y, no dispuesta a
recibir un tercero, le acerco mis pechos a la boca y los toma. Los mordisquea y
los succiona mientras yo se los entrego.
Miro hacia la cámara.
Me parece increíble que yo esté haciendo eso, pero ni puedo ni quiero
parar. Esa sensación me gusta. Pedro y su arrolladora personalidad pueden
conmigo y en un momento así estoy dispuesta a hacer todo lo que él me pida.
De pronto, siento sus dedos hurgar por debajo de mi bombacha y eso
todavía me calienta más.
-
Ponte de pie – me ordena.
Le hago caso y veo que él se escurre y se sienta en el piso entre mis
piernas. Lentamente me quita la bombacha y, cuando me la saca por los pies, me
los separa, posa sus manos en mis caderas y me hace flexionar las rodillas. Mi
sexo. Mi chorreante vagina. Mi clítoris y toda yo quedo expuesta ante él.
Su exigente boca sonríe y me incita con la mirada para que pose mi
vagina en su boca. Lo hago y exploto y jadeo nada más notar su contacto. Pedro
me agarra por las caderas y me hace apretar mi vagina contra su boca. Me siento
extraña. Perversa en aquella postura.
Pedro está sentado en el piso y yo me encuentro sobre él, moviendo mi
sexo sobre su boca. Me gusta. Me enloquece. Me fustiga. Noto cómo el orgasmo
crece en mí mientras me agarra por la parte superior de mis muslos y me devora
con devoción. Su lengua entra y sale de mí para luego rodear mi clítoris y
conseguir que jadee mientras me lo mordisquea con los dientes. Mil sensaciones
toman mi cuerpo y me dejo hacer. Soy suya. Mi cuerpo es suyo. Me lo hace saber
con su posesión. Y cuando agarra mi clítoris con cuidado entre sus dientes y
noto que tira de él grito y enloquezco.
El calor de mi vagina se extiende por todo mi cuerpo. Entonces, siento
que ese ardor queda localizado en mi cara y creo que me voy a correr.
-
Túmbate sobre la cama, Pau – me dice, parándose.
Con la respiración entrecortada lo hago. Quiero que continúe.
-
Ponte más arriba… más. Abre las piernas para que
yo pueda ver lo que deseo. – Hago caso y jadea enloquecido –. Así, pequeña…
así… enséñamelo todo.
Se quita la remera negra y la tira en un lateral de la cama. Sus
bíceps son impresionantes. Después los pantalones y, mientras abro las piernas
y veo cómo observa la humedad que le enseño, me fijo en que los guantes están a
mi lado junto a una caja abierta de preservativos. Con seguridad, toma uno de
los pañuelos de seda y se sienta a horcajadas sobre mí.
-
Dame tus manos.
Se las doy.
Las une y las ata por las muñecas.
Me besa y después me estira las manos atadas por encima de la cabeza y
ata el pañuelo a una varilla del cabezal. Respiro con dificultad. Es la primera
vez que me dejo atar las manos y estoy nerviosa y excitada. Cuando ve que me
tiene bien sujeta acerca su cara a la mía y me besa primero un ojo y después el
otro. Instantes después, pone ante mí el otro pañuelo oscuro y me lo ata en la
cabeza. No veo nada. Sólo oigo la música swing e imagino lo que sucede.
Desnuda y expuesta totalmente a él, siento su boca en mi barbilla. La
besa. Quiero moverme pero no puedo. Las ataduras me impiden hacerlo. Su boca
baja por mis pechos. Se entretiene en mis pezones hasta endurecerlos de nuevo y
después utiliza sus dedos para excitarlos. Su recorrido sigue bajando hasta
llegar a mi ombligo y mi respiración vuelve a acelerarse. Noto cómo su boca
llega hasta mi vagina, la besa y me abre más las piernas. Sus dedos juegan en
mi hendidura y siento que resbalan por mi humedad. Su boca vuelve a posarse en
mí. Me chupa. Me succiona y yo jadeo mientras me abro de piernas totalmente
para que tome todo lo que quiera de mí.
-
Me encanta cómo sabes… – lo oigo decir tras
saquear durante unos pequeños segundos mi hinchado clítoris.
Tras decir aquello siento su respiración entre mis muslos hasta que un
reguero de dulces besos comienza a bajar hacia mis tobillos. La cama se mueve
lo oigo alejarse y escucho de repente que la música suena más alta. Respiro más
agitada. Deseo que siga, pero me asusta el hecho de no saber qué ocurrirá.
Instantes después, siento que la cama se mueve y, por los movimientos percibo
que se está poniendo los guantes. Acierto. Sus manos enfundadas en los guantes
comienzan a recorrer despacio mis piernas.
Jadeo… jadeo… jadeo…
¡Sólo puedo jadear!
Cuando me dobla las piernas y me separa las rodillas… ¡Oh, Dios! Su
boca, de nuevo exigente, se posa en mi sexo en busca de mi hinchado clítoris.
Lo mordisquea y yo grito. Lo estimula con la lengua y yo jadeo. Siento que de
nuevo lo toma entre sus dientes, le da toquecitos con la lengua y vuelvo a
gritar. La presión que sus manos ejercen sobre mí, acompañada de los
movimientos de su boca, me vuelve loca.
Jadeo… jadeo… jadeo e intento cerrar las piernas.
No me lo permite.
Sus dientes ahora me mordisquean uno de mis labios internos y yo creo
morir. Me arqueo, gimo enloquecida y abro más las piernas. Su juego me gusta y
me excita. Deseo más y él me lo da. De pronto, siento que en mi vagina
introduce algo. Es suave, frío y duro. Lo introduce con cuidado, lo rota y lo
saca y vuelve a repetir la operación. Me siento enloquecer de placer y mis
caderas se levantan en busca de más. Su boca vuelve a mi vagina mientras mete
una y otra vez aquello dentro de mí.
Durante unos minutos, mi cuerpo es su cuerpo. Soy su esclava sexual.
Deseo que no pare y, cuando saca de mi interior lo que me ha metido y su boca
vuelve a posarse en busca de mi hinchado clítoris, grito de satisfacción al
notar que tira de él. Me gusta. Su mano enfundada y suave paseo ahora por mi
cola. Me agarra de las nalgas y me aprieta contra su boca. Voy a explotar,
mientras unos de sus dedos juega en mi orificio anal. Hace circulitos sobre él
y yo pido más.
El objeto que antes me volvió loca se pase sobre el orificio de mi
ano. Me excita pero no lo mete. Sólo lo pasea, como si quisiera indicarme que
algún día ya no se limitará sólo a pasearlo por allí. De pronto, un orgasmo
toma todo mi cuerpo y me convulsiono por la satisfacción, mientras siento que
él me suelta las piernas.
-
Me encanta tu sabor, pequeña – repite mientras
aprieto mis muslos y oigo cómo rasga el preservativo.
Avivada por el deseo más increíble que nunca pudiera imaginar, toda yo
ardo. Me quemo. Noto que la cama se hunde y siento su poderoso y musculoso
cuerpo a cuatro patas sobre el mío.
-
Abre las piernas para mí.
Su voz ordenándome aquello en aquel momento es música celestial para
mis oídos. Su cuerpo encaja con el mío. Siento su pene duro contra mi húmeda
vagina.
-
Pídeme lo que quieras – me dice.
¡Dios! ¡¡¡Qué frase!!! Me vuelve loca cuando la dice.
Mi impaciencia me hace moverme en la cama. No respondo y él exige:
-
Pídeme lo que quieras. Habla o no continuaré.
Parapetada tras el pañuelo, respiro con dificultad.
-
¡Penétrame! – consigo decir ante su orden.
Lo oigo sonreír. Noto sus manos sobre mi vagina. ¡Calor! Me toca y me
abre los labios vaginales para introducir la totalidad de su pene en mi
interior. Me arqueo. No se mueve, pero siento el latido de su corazón dentro de
mí cuando me susurra al oído:
-
¿Te gusta así?
Asiento. No puedo hablar. Tengo la boca tan seca que casi no puedo
articular palabras.
-
¿Te has corrido con lo ocurrido anteriormente?
-
Sí.
-
¿Has sentido placer?
-
Sí…
Lo oigo resoplar y me da un chirlito en la nalga.
-
Perfecto, pequeña… Ahora me toca a mí.
Contengo un gemido mientras siento que mi cuerpo vuelve a arder. Me
pellizca suavemente los pezones.
-
Estás húmeda y dispuesta… Me encanta.
Siento que la cama se mueve de nuevo. Y sin sacar su pene de mi
interior se pone de rodillas sobre la cama. Me sujeta las caderas con las manos
y comienza un bombeo infernal. Dentro… fuera… dentro… fuera.
Fuerte… fuerte…
Me da la sensación de que me va a partir en dos, pero por el placer.
-
¿Te gusta que te coja así? – me pregunta entre
susurros.
-
Sí… sí…
Dentro… fuera… dentro… fuera.
Mi cuerpo vuelve a ser suyo. No quiero que pare.
Oigo sus gruñidos, su respiración entrecortada a escasos metros de mí.
Su fuerza me puede y, a pesar de que sus manos, ahora sin guantes, me aprietan
las caderas, no me quejo y abro mis piernas para él. Me corro. Sin poder ver la
escena, me la imagino y eso me vuelve más loca todavía. Soy como una muñeca
entre sus manos y paladeo la plenitud de su posesión. Entonces se inclina sobre
mí y, tras una salvaje embestida final, oigo su gruñido de satisfacción.
Instantes después y aún con las respiraciones entrecortadas, me da un
beso fuerte y posesivo. Cuando se aparte de mí, me desata las manos. Después
las agarra con mimo y me besa las muñecas. Me retira el pañuelo de los ojos y
nos miramos.
-
¿Todo bien, pequeña?
Ensimismada y algo dolorida por la penetración tan profunda, asiento.
-
Sí.
Me doy cuenta que yo sólo digo sí… sí… sí… pero es que no puedo decir
otra cosa excepto “¡sí!”.
Él sonríe. Se levanta de la cama. Se quita el preservativo y se marcha
hacia el baño.
-
Me alegra saberlo.
Su rara frialdad en un momento como aquél me desconcierta. Lo veo
desaparecer y miro la habitación. Mis ojos se paran en la cámara de vídeo. Me muero
por ver lo grabado. Encojo las piernas y me levanto. Camino desnudo hacia el
baño. Escucho la ducha.
¡Quiero ducharme!
Pedro me ve entrar en el baño. Está junto a un neceser y, al verme
reflejada en el espejo, se molesta y lo cierra.
-
¿Qué haces aquí?
Su voz me paraliza. ¿Qué le pasa?
-
Tengo calor y quería ducharme.
Con el ceño fruncido responde:
-
¿Te he pedido que te duches conmigo?
Lo miro extrañada.
Pero ¿qué le ocurre?
Sin contestarle y enojada, me doy la vuelta. ¡Que le den! Pero entonces
siento su mano húmeda sujetando la mía. Me suelto y gruño:
-
¿Sabes? Odio cuando te pones tan borde. Ya sé
que lo nuestro es sólo sexo, pero no entiendo que estés bien conmigo y, de
pronto, en una fracción de segundo, todo cambie y te vuelvas un insensible. Pero,
bueno, ¿por qué me tienes que hablar así?
Pedro me mira. Veo que cierra los ojos y finalmente me acerca a él. Me
dejo abrazar.
-
Lo siento, Pau… Tienes razón. Disculpa mi todo
de voz.
Estoy enojada.
Intento soltarme pero él no me deja. Me toma en volandas, me lleva
hasta el interior de la enorme ducha, me suelta y dice mientras el agua nos
moja:
-
Date la vuelta.
Veo sus intenciones y me niego, furiosa.
-
¡No!
Él sonríe. Tuerce la cabeza y murmura tomándome de nuevo entre sus
brazos:
-
De acuerdo.
Al estar en volandas sobre él siento su pene duro contra mis piernas. Lo
miro y él acerca su boca hasta la mía. Rápidamente me echo hacia atrás.
-
¿Qué haces?
-
La cobra.
-
¿La cobra? – repite, sorprendido.
Su cara de desconcierto me hace gracia. Mi mala leche se disipa.
-
Es España se llama “hacer la cobra” cuando
alguien te va a besar y te retiras – le aclaro.
Eso le hace reír y su risa de nuevo puede conmigo. Inconscientemente rodeo
su cintura con mis piernas.
-
Si te beso, ¿me harás la cobra de nuevo? – me pregunta,
sin acercarse a mí,
Pongo cara de pensar, pero cuando siento su duro pene murmuro:
-
No… si me follas.
¡Dios! ¿Qué he dicho?
¿He dicho follar? Si mi padre me escuchara, me lavaría la boca con
jabón durante un mes entero.
Según suelto la frase toda yo me siento mediocre, pero ese sentimiento
me lo quita de un plumazo Pedro cuando lo veo sonreír y, con una mano, toma su
pene y lo pasea por mi vagina. Perversa. En ese momento me siento perversa. Mala.
Malota. Me apoya contra la pared y yo me sujeto a una barra de metal.
-
¿Qué me has pedido, pequeña?
Mi pecho sube y baja de lo excitada que estoy con ver su mirada y
repito:
-
¡Fóllame!
Mis palabras le gustan. Lo atizan. Lo veo en su mirada.
Le gusta utilizar ese término y le pone más duro. Más bestia.
Sin preservativo y sin precauciones, bajo el chorro de la ducha siento
cómo mi carne se abre al introducir su maravilloso y mojado pene en mí. ¡Sí! Es
la primera vez que su piel y mi piel se restriegan sin preservativo y es
maravilloso. Alucinante.
Mi perversión aumenta. Y cuando siento que sus testículos se
restriegan contra mí, me agarro a sus hombros con la intención de marcar el
movimiento. Pero Pedro, como siempre, no me deja. Pone sus manos en mis nalgas,
las agarra con fuerza y, tras darme un leve chirlo que hace que lo mire a los
ojos, me mueve en busca de nuestro placer.
El sonido de nuestros cuerpos al chocar unido al del agua me consume. Cierro
los ojos y me dejo llevar mientras nuestros jadeos retumban en el precioso
baño.
-
Mírame – exige –. Si te gustan mis ojos, mírame.
Abro los ojos y los clavo en él.
Veo su mandíbula en tensión, pero su acaramelada mirada es la que me
hechiza. El esfuerzo que siento en su rostro y su boca entreabierta me excita
más. Entonces cambia el ritmo de las embestidas y yo grito y echo la cabeza
para atrás.
-
Mírame. Mírame siempre – vuelve a exigir.
Con los ojos vidriosos por el momento, me agarro con fuerza a sus
hombros y lo miro. Me dejo manejar mientras su mirada me habla. Me pide a
gritos que me corra. Me exige que se lo haga ver y, cuando no puedo más, le
clavo las uñas en los hombros y un grito agónico pero lleno de placer sale de
mi boca.
-
Sí… así… córrete para mí.
Mi vagina se contrae y mis espasmos internos consiguen lo que quiero. Darle
placer. Lo veo en sus ojos. Lo disfruta. Tras una embestida brutal, saca su
pene de mi interior y lo oigo soltar el aire entre los dientes, mientras me
muerde en el hombro por el esfuerzo hecho.
El agua recorre nuestros cuerpos mientras jadeamos por lo ocurrido. Lo
nuestro es sexo en estado puro. Y reconozco que me gusta tanto como a él. Pedro
abre un poco más el agua fría. Eso me hace gritar y, como dos tontos,
comenzamos a jugar bajo la ducha del hotel.
No voy a cansarme de pedirte que subas 2 caps x día x favor jaja
ResponderEliminarPor ahora no, cuando tenga las 3 partes adaptadas (casi no me falta nada), ahí subiré 2/3 al día jajaj
EliminarBuenísimo!!!!!!!!!!! Jajajajaja
Eliminarbuenísimo,seguí subiendo!!!
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