El viernes, cuando despierto en mi cama, miro el reloj digital de la
mesita. La una y siete. He dormido varias horas del tirón.
Como mi hermana no sabe que he vuelto, no se ha presentado en mi casa
y eso, por unos segundos, me hace feliz. No quiero dar explicaciones.
Cuando abandono mi habitación lo primero que busco es mi celular. Lo
tengo en silencio dentro de mi cartera. Dos llamadas perdidas de mi hermana,
dos de Fernando y doce de Pedro. ¡Vaya!
No respondo a ninguna. No quiero hablar con nadie.
Mi cólera regresa y decido hacer limpieza general. Cuando estoy
enojada limpio de lujo.
A las tres de la tarde tengo la casa como una cuadra.
Ropa por aquí, lavandina por allí, muebles fuera de su lugar… pero me
da igual. Soy la reina del lugar y ahí mando yo. De repente, siento que quiero
planchar. Increíble, pero es así. Saco la tabla, enciendo mi plancha y agarro
varias prendas. Mientras canturreo lo que sale por la radio, olvido lo que me
taladra la cabeza: Pedro.
Plancho un vestido, una pollera, dos remeras y, mientras plancho un
polo, mis ojos se paran en una pelota roja que hay en el piso. Rápidamente me
acuerdo de Curro, mi Curro, y los ojos se me llenan de
lágrimas hasta que suelto un chillido. Me acabo de hacer una tremenda quemadura
con la plancha en el antebrazo y duele muchísimo.
Lo miro, nerviosa.
Está rojo como la remera de la selección y veo hasta el dibujo y los
agujeritos que tiene la plancha en mi piel. Duele… duele… duele… ¡Duele mucho!
Pienso si echarme agua o pasta de dientes mientras camino dando saltitos por la
casa. Siempre he oído hablar de esos remedios, pero no sé si funcionan o no. Al
final, muerta de dolor, decido acercarme al hospital.
Por fin, a las siete de la tarde, me atienden.
¡Viva la celeridad del servicio de urgencias!
Veo las estrellas y los universos paralelos de los dolores que tengo.
Una doctora encantadora me echa un liquidito en la quemadura con mimo, me pone
un apósito en mi brazo y lo venda. Me receta unos calmantes para el dolor y me
manda para casita.
Con unos dolores de aúpa y el brazo vendado busco una farmacia de
guardia.
Como siempre en esos casos, la más cercana está en el quinto pino.
Tras comprar lo que necesito, regreso a mi casa. Estoy dolorida, agotada y
enojada. Pero cuando llego a la puerta del portal de mi casa, oigo una voz
detrás de mí.
-
No vuelvas a marcharte sin decírmelo.
Su voz me paraliza.
Me enoja pero me reconforta. Necesitaba oírla.
Me doy la vuelta y veo que el hombre que me tiene fuera de mis
casillas está a escaso metro de mí. Su gesto es serio y, sin saber por qué,
levanto el brazo y digo, mientras los ojos se me llenan de lágrimas:
-
Me he quemado con la plancha y me duele
horrores.
Su gesto se descompone.
Mira el vendaje de mi brazo. Después me mira a mí y noto que pierde toda
la seguridad. Iceman acaba de marcharse para dar paso a Pedro. El Pedro que a
mí me gusta.
-
Dios, pequeña, ven aquí.
Me acerco a él y siento que me abraza con cuidado de no rozar mi
brazo. Mi nariz se impregna de su olor y me siento la mujer más feliz del
mundo. Durante unos minutos, permanecemos en aquella posición hasta que yo me
muevo y entonces él acerca su boca a mis labios y me da un corto pero dulce y
tierno beso.
Nunca me ha besado así y mi cara debe ser un poema.
-
¿Qué te ocurre? – me pregunta.
Vuelvo en mí y sonrío.
¡Me ha besado con ternura!
Le entrego las llaves de mi casa para que abra.
-
El portal tiene rota la cerradura… tira de la
puerta y abre.
Deja de mirarme y hace lo que le pido. Después me agarra de la mano y
subimos juntos al ascensor. Al abrir la puerta de mi casa veo que mira
alrededor y murmura:
-
Pero ¿qué ha pasado aquí?
Sonrío. Sonrío como una tonta, como una imbécil.
-
Limpieza general – respondo mirando el caos que
nos rodea –. Cuando me enojo, esto me relaja.
Ríe por lo bajo y después oigo que la puerta se cierra. Cuando dejo la
cartera sobre el sofá, me olvido del dolor y me vuelvo hacia él.
-
¿Qué haces aquí?
-
Me tenías preocupado. Te marchaste sin avisar y…
-
Te dejé una nota y, sobre todo, en buena
compañía.
Pedro me mira. Siento que la tensión regresa a su mandíbula.
-
No quiero volver a oír eso tan humillante que
has dicho de que no sos mi puta. Pues claro que no lo sos, Pau, ¡por el amor de
Dios! Nunca lo has sido y nunca lo serás, ¿entendido? – Afirmo con la cabeza, y
él prosigue –: Pero vamos a ver, Pau, ¿todavía no has entendido que el sexo
para mí es un juego y que vos sos mi pieza más importante?
-
Vos lo has dicho: ¡tu pieza!
-
Cuando digo pieza… me refiero a que sos la mujer
que más me importa en este momento. Sin vos, ese juego pierde valor. Maldita
sea, creí habértelo dejado claro.
Durante unos minutos, ninguno de los dos dice nada. La tensión en el
ambiente se puede cortar con un cuchillo.
-
Mira, Pedro, esto no va a funcionar. Seamos sólo
amigos. Creo que en el plano laborar podemos trabajar juntos, pero…
-
Pau, nunca te he mentido en nada.
-
Lo sé – admito dándole la razón –. El problema
aquí soy yo, no vos. Es que no me reconozco. Yo no soy la chica que vos manejas
como una pieza. No… ¡me niego! No quiero. No quiero saber nada de tu mundo, ni
de tus juegos ni de nada de eso. Creo… creo que lo mejor es que cada uno
regrese a su vida y…
-
De acuerdo – asiente.
Su conformidad me bloquea.
De pronto quiero discutir aquello otra vez. No quiero que me haga
caso. ¿Me estoy volviendo loca?
Veo el dolor y la rabia en sus ojos pero intento refrendar lo que
acabo de decir y no abrazarlo. Mi voluntad desaparece cuando estoy cerca de él
y necesito mantenerme firme, aunque yo misma me contradiga.
Mi antebrazo me da un pinchazo que me descompone el rostro entero y
doy un salto. Me levanto.
-
¡Diossss! ¡Qué dolor! ¡Joderrrrrrrr!
¡Joderrrrrrr!
Su gesto se contrae y se levanta. No sabe qué hacer mientras yo
continúo con mi retahíla de quejidos y palabras malsonantes. El brazo me está
matando.
-
¿Te duele mucho?
-
Sí. Voy a tomarme un calmante para el dolor o te
juro que me va a dar algo.
Mi brazo palpita y el dolor se vuelve insoportable. Camino por el
salón como una loca hasta que Pedro me hace detenerme.
-
Siéntate – me ordena –. Llamaré a un amigo.
-
¿A quién vas a llamar?
-
A un amigo médico para que te vea el brazo.
-
Pero si ya me lo han visto en el hospital…
-
Da igual. Yo me quedo más tranquilo si te lo
mira Andrés.
Estoy tan dolorida que no me apetece hablar. Veinte minutos más tarde
suena el telefonillo de mi casa. Pedro lo atiende y un minuto después aparece
ante nosotros un hombre. Se saludan y el recién llegado se queda mirando el
estado de la casa. Entre risas, Pedro susurra:
-
Paula estaba haciendo limpieza general.
Se miran y sonríen. Y en ese momento, enojada por cómo me duele el
brazo, murmuro:
-
Venga, no se corten. Si creen que está
desordenado, les doy permiso para que lo ordenen. La escoba y la fregona están
a su entera disposición.
Mi mala leche los hace sonreír.
¡Graciosillos!
Al final, el recién llegado se me acerca.
-
Hola, Paula, soy Andrés Villa. Vamos a ver, ¿qué
te ha pasado?
-
Me he quemado con la plancha y me duele
horrores.
Asiente y agarra unas tijeras.
-
Dame el brazo.
Pedro se sienta a mi lado.
Siento su mano protectora en mi espalda y eso me reconforta. El médico
corta mi vendaje con cuidado. Lo observa un rato, saca una especie de suero y
lo echa sobre mi herida. Un alivio momentáneo me hace suspirar. Luego coloca
unos apósitos mojado en ese líquido y vuelve a vendarme la herida.
-
Te duele mucho, ¿verdad?
Hago un gesto afirmativo con mi cabeza.
No lloro porque me da vergüenza y él lo nota. Pedro también.
-
Te inyectaré un calmante. Es lo más rápido para
el dolor. Pero este tipo de heridas es lo que tienen, que son molestas.
Tranquila, pasará pronto.
No rechisto.
Que me inyecte lo que le dé la gana pero que me quite ese horroroso
dolor.
Mientras lo hace, lo observo. Él me mira y me guiña un ojo con
complicidad. Tendrá unos treinta años. Alto, morocho y una bonita sonrisa.
Cuando acaba, cierra su maletín, saca una tarjeta y me la entrega mientras nos
levantamos.
-
Para cualquier cosa, sea la hora que sea,
llámame.
Miro la tarjeta y leo “Doctor Andrés Villa” y un número de celular.
Asiento como una tonta y meto la tarjeta en el aparador del comedor.
-
De acuerdo, lo haré.
En ese momento, Pedro me pasa la mano por la cintura en una actitud
que me resulta posesiva, pone una mano sobre el hombro de su amigo y dice:
-
Si ella te necesita, yo te llamaré.
Andrés sonríe, Pedro me suelta y se dirigen hacia la puerta. Durante
unos minutos, los oigo que murmuran algo pero no entiendo lo que dicen. Quiero
que el dolor me abandone y eso es lo único que me interesa.
Vuelvo a tirarme encima del sillón. El dolor de mi brazo comienza a
bajar de intensidad y siento que vuelvo a ser persona. Pedro regresa al salón y
habla con alguien por el celular mientras mira por la ventana. Cierro los ojos.
Necesito relajarme.
No sé cuánto tiempo permanezco así, hasta que oigo sonar la puerta de
mi casa. Veo a Tomás, el chófer de Pedro, entregarle un montón de bolsas.
Cuando la puerta se cierra, Pedro me mira.
-
He pedido algo de cena. No te muevas, yo me
encargo de todo.
Hago un gesto con la cabeza y sonrío. ¡Genial! Necesito que me mimen.
Sin levantarme del sofá, oigo a Pedro trastear en la cocina. Un par de
minutos después aparece con una bandeja donde lleva platos, tenedores,
cuchillos y vasos.
-
Le he pedido a Tomás que comprara comida china.
Si mal no recuerdo, te gusta.
-
Me encanta – sonrío.
-
¿El dolor ha disminuido? – pregunta con
seriedad.
-
Sí.
Mi respuesta parece aliviarlo.
Observo cómo Pedro coloca en la bandera todo lo que ha traído y no
puedo dejar de mirarlo. Parece mentira que aquel joven que coloca los platos y
los vasos sea el mismo Iceman implacable que aparece en ciertos momentos. Su
gesto ahora es relajado y me gusta. Me gusta verlo y sentirlo así.
En cuanto acaba lo que hace, regresa a la cocina y aparece con la
bandeja cargada de cajitas blancas. Se sienta a mi lado e indica:
-
Como no sabía qué era lo que te gustaba, le he
pedido a Tomás que trajera de todo un poco: arroz tres delicias, pan chino,
rollitos de primavera, tallarines con soja, ensalada china, ternera con brotes
de bambú, cerdo con champiñones, fideos chinos con verduras, langostinos
fritos, pollo al limón. Y de postre, trufas. Espero que algo te guste.
Sorprendida por todo lo que ha dicho, murmuro:
-
Madre mía, Pedro. ¡Aquí hay comida para un
regimiento! Podías haberle dicho a Andrés que se quedara a cenar.
Niega con la cabeza.
-
No.
-
¿Por qué? Parece simpático…
-
Lo es. Pero quería estar a solas con vos.
Tenemos que hablar muy seriamente.
Resoplo y susurro:
-
Tramposo. Estoy dopada y soy presa fácil.
Sonríe como respuesta.
-
Come.
Ojeo todos los paquetes y me sirvo en el plato lo que me apetece. Todo
tiene una pinta estupenda y, cuando lo degusto, aún sabe mejor.
-
¿Dónde ha comprado Tomás esto? ¿De qué chino es?
-
Lo ha preparado Xao-li. Uno de los cocineros del
hotel Villa Magna.
Me lo quedo mirando, incrédula.
-
Estas comiendo auténtica comida china. No lo que
en ocasiones creo imaginar que comes.
Le hago un gesto de asentimiento, divertida por lo que acaba de decir.
Él y su exclusividad.
Pedro está de buen humor y yo me alegro horrores. Estar con él así, de
buen rollo, es una maravilla. Cuando llega el momento del postre, va a la
cocina, trae unas trufas y las deja ante mí.
Agarra una cuchara, parte un trozo de trufa y la pone ante mi boca.
Sonrío, abro la boca y tras hacer un sinfín de gestos con los ojos y la boca,
murmuro:
-
¡Diosssssss! ¡Qué rico!
Pedro sonríe y vuelve a meterme otra trufa en la boca. La paladeo.
Disfruto y me dispongo a pedir más, cuando él se me adelanta.
-
¿Puedo probarla yo?
Asiento. Pasa la trufa por mis labios, se acerca a mi boca y la chupa
durante unos segundos con delicadeza hasta que dice, separándose de mí:
-
Deliciosa.
Lo miro. Me mira y sonreímos.
Ese tonteo idiota es tan sensual que no quiero ser su amiga, quiero
ser algo más. Y cuando voy a lanzarme sobre él, desesperada porque me bese, me
interrumpe:
-
Pau, hace un rato has dicho que…
-
Sé lo que he dicho, olvídalo.
Pedro me mira… Piensa… piensa y, finalmente, añade sin cambiar su
gesto:
-
No vuelvas a decir eso de que yo te considero mi
puta, por favor, Pau. Me destroza pensar que vos piensas eso de mí.
-
Vale… Se me fue la boca. Lo siento.
Sus dedos perfilan mis labios con delicadeza.
-
Pau… vos para mí sos especial, muy especial. –
Nos miramos fijamente durante unos segundos. Al final cambia el tono de su voz
y prosigue –: No puedes marcharte de mi lado sin darme una explicación y
esperar que yo no me vuelva loco de preocupación. Prefiero que llames a mi
puerta y me digas “¡Adiós!”, a creer que estás y que no estés. ¿De acuerdo?
-
Si no lo hice, fue porque no quería llamarte
gilipollas o algo peor.
-
Llámamelo, si lo necesitas.
-
No me des ideas – bromeo.
Sus labios se curvan.
-
Por favor, no vuelvas a marcharte sin decirme
nada.
-
¡Valeeeeeeee…! Pero que conste que pensaba
regresar para continuar con el trabajo.
-
No hace falta.
-
¡¿No?!
-
No.
-
¿Por qué?
-
Ha surgido algo.
-
¿Me has despedido? Pero ¡si todavía no te he
llamado gilipollas!
Pedro sonríe y me introduce otra trufa en la boca, para que me calle,
supongo.
-
He anulado las reuniones de la semana que viene
y las he dejado para más adelante. Regreso a Alemania. Hay algo de lo que me
tengo que ocupar y no puede esperar.
La trufa y la noticia me revuelven el estómago.
¡Se va!
Pienso en Amanda. Él y ella juntos en Alemania. El aguijón de los
celos vuelve a picarme.
-
¿Regresarás con Amanda? – pregunto, incapaz de
mantener la boca cerrada.
-
No, imagino que ella habrá regresado hoy. Y, en
lo que concierne a Amanda, es una colega de trabajo y amiga. Sólo eso. Me
confesó esta mañana la visita a tu habitación y…
-
¿Has pasado la noche con ella?
-
No.
Su contestación no me convence.
-
¿Has jugado esta noche con ella?
Se recuesta en el sofá y asiente.
-
Eso sí.
Lo imito. Pero mi humor ha cambiado.
-
Me gusta jugar, no lo olvides. Y vos debes
hacerlo también.
¡Oh…! ¡Qué bonito escuchar aquello!
Me tenso, pero no me puedo quejar. Él siempre ha sido claro al
respecto y no lo puedo negar. Pero como soy una cotilla, insisto en
interrogarlo.
-
¿Lo pasaste bien?
-
Lo habría pasado mejor con vos.
-
Sí, clarooooo…
-
Vos me proporcionas un inmenso morbo y un
maravilloso placer. Actualmente, sos la mujer que más deseo. No lo dudes,
pequeña.
-
¿Actualmente?
-
Sí, Pau.
Eso me gusta, pero me disgusta al mismo tiempo. ¿Me estaré volviendo
loca o soy masoquista profunda además de atontada?
-
¿Entre todas las mujeres con las que juegas –
pregunto, deseosa de saber más –, existe alguna especial?
Pedro me mira.
Entiende perfectamente mi pregunta. Pone una mano sobre mi muslo y
añade:
-
No.
-
¿Nunca la ha habido?
-
La hubo.
-
¿Y?
Clava su intensa mirada en mí y me traspasa con ella.
-
Y ya no está en mi vida.
-
¿Por qué?
-
Pau… no quiero hablar de ello… Pero sí deseo que
sepa que sólo vos has conseguido que suba a un avión y te busque con
desesperación.
-
¿Eso debe alegrarme? – pregunto sarcástica.
-
No.
Su contestación vuelve a desconcertarme. ¿A qué estamos jugando?
-
¿Por qué no debe alegrarme?
Pedro piensa y medita bien su respuesta.
-
Porque no quiero hacerte sufrir.
Aquello me deja sin palabras. No sé qué contestarle.
-
Quizá sea yo la que te haga sufrir a vos –
contesto, con toda la chulería que hay en mí.
Me mira… lo miro…
Tras un incómodo silencio, suena mi celular. Es Miriam, mi amiga de
Barcelona. Me levanto y le digo que estoy en Madrid y que ya la llamaré. Pedro
no se ha movido. Se ha limitado a mirarme casi sin pestañear. Mi brazo está
mejor. No me duele, así que vuelvo al ataque.
-
¿Por qué crees que puedes hacerme sufrir?
-
No lo creo… lo sé.
-
No me vale esa contestación. ¿Por qué?
Pedro me observa en silencio. Tengo la sensación de que estoy a punto
de explotar, como una cafetera a presión.
-
Vos sos una buena chica que merece a alguien
mejor.
-
¿A alguien mejor?
-
Sí.
Me muevo inquieta. Sé de lo que habla, pero quiero que se exprese con
claridad.
-
Cuando te refieres a alguien es…
-
Me refiero a alguien que te cuide y te trate
como vos lo mereces. ¿Quizá ese tal Fernando?
Escuchar aquel nombre me deja sin palabras.
-
No metas a Fernando en esto, ¿entendido?
Pedro asiente. Volvemos a quedarnos en un más que incómodo silencio.
-
Mereces a alguien que te diga lindas palabras de
amor. Te las mereces.
-
Vos ya lo haces, Pedro.
-
No, Pau, no mientras. Eso no lo hago.
Intento relajar el ambiente, se está volviendo espeso.
-
Vale… nunca me dices cosas cariñosas pero me
tratas bien y veo que te preocupas por mí. ¿Por qué me dices todo esto?
-
Pau… sé realista – endurece su voz –. ¿La
palabra “sexo” te da alguna pista?
Sonrío con amargura. Él se da cuenta.
-
Sí, claro que me da pistas – digo,
interrumpiendo lo que estaba a punto de decir él –. Me indica que entre vos y
yo el sexo es lo que nos unió. Pero cuando dos personas se conoces y se atraen,
lo primero que tiene que surgir entre ellos es química. Y vos y yo tenemos
química.
-
¿Con ese tal Fernando también existe química?
De nuevo lo menciona. Eso me molesta. Me enfurece. ¿Qué le pasa con
Fernando?
-
Espero tu respuesta, Pau – insiste, al ver que
no contesto.
-
Vamos a ver, ¿quieres olvidarte de Fernando de
una vez? Eso pertenece a mi vida privada. ¿Te pregunto yo por tu vida privada?
– Él niega con la cabeza y yo añado –: No entiendo dónde quieres ir a parar, no
creo haberte pedido nada y…
-
Y yo no te daré nada que no sea sexo.
Su tajante respuesta me corta la respiración. No entiendo sus cambios
de humor. Tan pronto me mira con devoción como me dice que entre nosotros sólo
hay y habrá sexo.
-
Me parece muy bien tu respuesta, Pedro. Soy lo
suficiente mayorcita como para poder elegir con quién quiero acostarme y con
quién no.
-
Por supuesto, y espero que lo hagas. Pero yo no
te he dado opción.
-
¿Ah, no?
-
No, Pau. Simplemente me gustaste y fui a por
vos. Algo que hago siempre que alguien me atrae.
Aquella respuesta me toca la fibra sensible.
-
¡Gilipollas! – le grito, enfurecida –. En este
momento te estás comportando como un auténtico gilipollas.
No se mueve. No contesta.
Pedro se limita a mirarme y a aceptar mis insultos.
-
Pau… insúltame si quieres, pero sabes que es la
verdad. Fui yo quien desde el primer día que te vi provoqué todo lo ocurrido.
En el archivo. En el restaurante donde te llevé. En la habitación de mi hotel
cuando miré cómo otra mujer te poseía. En el bar de intercambio de Barcelona.
Vos nunca hubieras hecho nada de eso. Pero yo te he llevado a mi terreno.
Acéptalo, pequeña.
-
Pero, Pedro…
-
Hace un rato que me has dicho que no quieres
entrar en mis juegos, ¿lo has olvidado?
Tiene razón… vuelve a tener razón.
-
Me gusta todo lo que hago con vos – respondo,
perdiendo toda la razón que él dice que tengo –. Tu juego me atrae y…
-
Lo sé, pequeña, lo sé – dice mientras me toca la
pierna –. Pero eso no quita que yo piense que no soy el hombre que te mereces y
que quizá otro te haga más feliz. – Está claro en quién está pensando, pero
esta vez no dice su nombre –. Mira, Pau, me gusta el sexo, el morbo y adoro ver
disfrutar a una mujer. En este momento, esa mujer sos vos, pero hay algo en mí
que me dice que pare, que vos no deberías entrar en mi juego o…
-
No soy la santa que vos crees. He tenido varias
relaciones y…
Eso lo hace sonreír y me interrumpe:
-
Pau… créeme que para mí sos una santa. Lo que
vos has hecho con tus anteriores relaciones, nada tiene que ver con lo que yo
quiero que hagas conmigo.
El estómago se me contrae.
Pensar en lo que él quiere hacer conmigo me reseca el paladar.
-
¿Qué quieres hacer conmigo?
-
De todo, Pau, con vos quiero hacer de todo.
-
¿Hablamos sólo de sexo?
Esa pregunta lo pilla por sorpresa.
Sus ojos no me engañan. Sé que hay algo que se guarda para él y
necesito saber qué es.
-
No. Y ése es el problema. No debo permitir que
te encariñes conmigo.
-
Pero ¿por qué?
No responde. Se limita a acercar su frente a la mía y a cerrar los
ojos. No quiere mirarme. No quiere responder. Sé que le pasa como a mí. Siente algo
más, pero no quiere aceptarlo.
¿Qué ocurre? ¿Qué le pasa?
Así permanecemos durante unos minutos, hasta que yo acerco mi boca a
la suya y susurro:
-
Te deseo.
Pedro sigue con los ojos cerrados. De pronto, parece muy cansado. No entiendo
qué le ocurre.
-
Hoy no, pequeña. Un mal movimiento y te puedo hacer
daño en el brazo.
-
Pero si ahora no me duelo… – me quejo.
-
Pau…
-
Te deseo y quiero hacer el amor con vos, ¿es
tanto pedir? Pronto te irás y, por tus palabras, no sé si cuando regreses
volveremos a estar juntos.
Mis palabras lo conmueven.
Se lo veo en la cara. Finalmente acerca su boca a mi boca y me da un
dulce beso lleno de cariño.
-
¿Puedo quedarme con vos esta noche?
Asiento. Quiero que se quede siempre.
Pero sus palabras y en especial su mirada me suenan a despedida e, inexplicablemente,
los ojos se me llenan de lágrimas. Pedro me las seca, pero no habla. Después se
levanta y me tiende la mano. Se la tomo y juntos vamos hasta mi habitación.
Una vez allí se desnuda mientras lo observo.
Pedro es grande, fuerte y sensual.
Su porte es soberbio y varonil y eso me humedece no sólo la boca.
En cuanto está desnudo, saca de debajo de mi almohada mi pijama del
Demonio de Tasmania, se sienta en la cama y yo me acerco a él. Dejo que me
desnude. Lo hace lentamente y con mimo, sin apartar sus ojos de los míos. Cuando
me tiene desnuda, se levanta y me abraza. Me abraza y me aprieta con delicadeza
contra él y siento que, a pesar de todo lo grande que es, se refugia en mí.
Estamos desnudos. Piel con piel. Latido con latido.
Agacha su cabeza en busca de mi boca. Se la doy. Se la ofrezco. Soy suya
sin que me lo pida.
Sus labios se posan sobre los míos con una exquisitez y una delicadeza
que me pone toda la piel de gallina y después hace eso que tanto me gusta. Me pasa
su lengua por el labio superior y después por el inferior, y cuando espero el
ataque a mi boca hace algo que me sorprende. Me agarra con las dos manos la
cabeza y me besa con sutileza.
Su húmeda lengua pasea con deleite por el interior de mi boca y yo le
dejo hacer mientras siento entre mis piernas mi humedad y su erección. Cuando su
dulce y pausado beso me ha robado el aliento, se separa de mí y se sienta de
nuevo en la cama. No deja de mirarme y, atraída como un imán, me siento a
horcajadas sobre él.
-
Pequeña… – me dice con su voz ronca –. Cuidado con
tu brazo.
Asiento hipnotizada, mientras noto las yemas de sus dedos subir por mi
columna y dibujar circulitos sobre mi piel. Cierro los ojos y disfruto del
contacto y la finura de sus dibujos. Cuando los abro, su boca busca la mía y me
besa con dulzura mientras me aprieta contra él. Tranquilos y pausados,
permanecemos durante más de diez minutos prodigándonos mil caricias, hasta que
mi impaciencia hace que me levante sobre sus piernas y yo misma introduzca su
duro y excitado pene en mi interior.
Mi carne se abre para recibirlo y jadeo al sentir su invasión. Pedro cierra
los ojos con fuerza y siento que se contrae para mantener su autocontrol. Lentamente
muevo mis caderas de adelante hacia atrás en busca de nuestro placer. Espero un
chirlo, un fuerte empellón que me traspase, pero no. Pedro sólo me mira y se
deja llevar como una ola en calma por mis movimientos.
-
¿Qué te ocurre? – suspiro, inquieta –. ¿Qué te
pasa?
-
Estoy cansado, cariño.
Su erótica voz al llamarme cariño, sus palabras y la suavidad de sus
dedos al pasar por mi cuerpo me avivan.
¡Ahora lo entiendo!
Intenta hacer lo que le acabo de pedir. Me hace el amor. Nada de
chirlos. Nada de fuertes penetraciones. Nada de exigencias. Pero en ese
momento, hundida dentro de él, yo no quiero eso. Yo quiero acceder a sus
caprichos, a sus reclamaciones. Quiero que su placer sea mi placer. Quiero…
quiero… quiero.
Conmovida por el control que veo en su mirada, me dejo llevar por mi
placer, decido aprovechar lo que hace por mí y hacerlo cambiar de idea para que
me posea como yo deseo que lo haga. Acerco su boca a mis pechos. Pedro los
acepta y los lame con docilidad, con mimo. El calor se apodera de mí, mientras
siento que él ha dejado en mis manos el momento. Me muevo en círculos en busca
de mi propio placer y lo consigo. Jadeo. Me aprieto contra él. Chillo y vuelvo
a jadear. Su cuerpo tiembla mientras el mío vibra enloquecido porque su lado
rudo y salvaje tome los mandos de la situación y me penetre con avidez.
¡Lo necesito!
¡Lo anhelo!
Quiero que mis demandas sean las suyas, pero Pedro se niega. No quiere
entrar en mi juego y, finalmente, cuando el calor inunda mi atizado deseo,
apoyo mis brazos en sus muslos y soy yo la que me muevo con brusquedad. Busco mi
placer, me muero por encontrarlo. Cuando el orgasmo me llega, grito y me arqueo
sobre él y, entonces, sólo entonces, Pedro me agarra de la cintura. Siento la tensión
de sus manos, cómo me aprieta una sola vez hacia él y luego se deja llevar en
silencio.
Permanezco abrazada a él unos minutos.
No entiendo por qué se ha comportado así.
-
Pau… a esto me refiero. Para que yo disfrute en
el sexo, necesito mucho más.
Me niego a mirarlo.
Me niego a dejar de abrazarlo.
No quiero que esto acabe y, menos aún, perderlo.
Pero, finalmente, Pedro se levanta de la cama y me arrastra con él. Agarra
un pañuelo de papel de mi mesita y me limpia. Después se limpia él. Sin hablar,
toma el pijama del Demonio de Tasmania. Me pone el culotte y después la remera
de tirantes. Él se pone los boxers. Apaga la luz y me obliga a tumbarme junto a
él. Esta vez me da la vuelta y me agarra por detrás. Teme hacerme daño en el
brazo. No hablamos. No decimos nada. Sólo intentamos descansar mientras los dos
oímos el sonido de nuestras respiraciones en nuestra despedida.
Re tierno este cap!!! Ojalá encuentres algún ratito libre el finde y subas los siguientes jaja.
ResponderEliminarTrataré, no prometo nada
EliminarAy! cada vez entiendo menos a este hombre y ella menos aun! pero las mujeres somos muy débiles y más cuando hay hombres q saben usar sus armas con nosotras :/ Gracias x subir 2 hoy!
ResponderEliminarDe nada. Y si, al principio muy bien no se entiende porque actuan así, pero ya vas a ir comprendiendo la postura de Pedro
EliminarGracias por este tierno capítulo ¡ que tengas un lindo finde y atiende a tu chico jajajajjaja¡¡¡
ResponderEliminarIgualmente! Igual, no tengo novio jajaj
Eliminarme encanto,ojala esta no sea una despedida definitiva!!!
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